La salud ya no se mide en años, sino en la lucha contra la soledad
En el marco de la V Jornada de Salud de elDiario.es Marta Villanueva, directora general de la Fundación Idis, ha tomado la palabra para departir sobre Longevidad, cuidados y soledad y como bien ha indicado desde el principio la salud es un bien que requiere un seguimiento continuo desde el nacimiento hasta que somos mayores: “El ecosistema está cambiando. Nuestra esperanza de vida está cambiando y con ella, a la par, nuestro concepto de la sanidad, pero sobre todo el concepto de salud... Algo transversal que nos debe acompañar toda la vida”. En este escenario, Villanueva ha apuntado que la esperanza de vida media alcanza ya los 84 años en España, un dato que reconfigura el ciclo vital. Ahora, quien entra en los sesenta años tiene por delante más de dos décadas de vida; un horizonte que fuerza a anticipar las decisiones sobre el propio envejecimiento.
La gestión de esta longevidad requiere elaborar una ruta de salud común que garantice el buen funcionamiento de la medicina independientemente de la zona geográfica o de que hablemos de sanidad pública o privada. Rebasar la barrera de los cincuenta implica tener que asumir una planificación activa en el bienestar físico, mental y emocional. “Hoy se dispone de datos sobre nutrición, ejercicio y vínculos comunitarios que permiten mejorar esa etapa, garantizando que los años ganados no queden lastrados por la dependencia”, asegura.
Posteriormente, Villanueva ha continuado hablando de la dependencia de los mayores y la presión sobre el ecosistema de cuidados. Cumplir años no equivale a disfrutar de una buena vida. Los avances en medicina preventiva y personalizada han retasado la mortalidad, pero han elevado los diagnósticos de cronicidad y pluripatología. Este escenario sitúa al sector sociosanitario como un pilar indispensable para sostener a una población que pierde autonomía y movilidad, recordando que “la longevidad no consiste por tanto solo en vivir más años. Consiste en disfrutar de bienestar durante los años vividos”.
La respuesta social ante esta vulnerabilidad refleja una clara división entre la responsabilidad familiar y los servicios profesionales. El 100% de la población libre de cargas asume con total certeza que requerirá apoyos sociosanitarios al envejecer, mientras que el 75,4% de las personas que tienen gente a su cargo está directamente implicada en la atención a sus familiares. Asimismo, el 75% de los hogares acude a servicios complementarios como teleasistencia o centros de día, y un 30% dispone de asistencia personal en el domicilio.
La opinión de la población sobre los servicios sociosanitarios es muy positiva lo que lleva a que opten por acudir a una residencia para sus mayores sin miedo, algo que, generalmente, suele desencadenarse cuando las alternativas en el hogar se agotan y se precisa un control médico especializado.
Diferentes soledades y realidades
Otro de los temas más destacados de la charla ha recaído en la tan temida soledad. Sin embargo, Marta ha destacado que existe una frontera entre la soledad habitada —opción elegida por la persona de forma voluntaria y consciente— y la soledad no deseada. Esta última opera como un sentir subjetivo devastador: nace del contraste entre las expectativas de afecto y la falta de respuesta del entorno. En palabras de Villanueva: “La soledad no deseada es un sentir subjetivo. Tiene la objetividad de que estás solo, pero es subjetiva desde la perspectiva de que no se cumple tu sueño. Tú quieres algo que no te dan”. Se trata de un desamparo que despoja al individuo de su propósito vital, derivando en ansiedad, depresión y alteraciones del sueño. Cuando la desconexión se prolonga, el sufrimiento psíquico somatiza en el cuerpo. La falta de propósito altera el organismo, desencadenando o agravando patologías crónicas como cardiopatías, diabetes o dificultades respiratorias. Esta dinámica no afecta solo a los mayores; los jóvenes la padecen a través de los teléfonos móviles, quedando recluidos en entornos virtuales que enmascaran su desconexión.
Frente a la creencia de que el hogar familiar es el lugar más seguro, los datos revelan otra realidad: el 58,35% de los mayores de 65 años afirma vivir en soledad de forma habitual en su casa. En cambio, entre los residentes de centros de mayores la cifra cae al 46%, una bajada de más de 12 puntos propiciada por la convivencia diaria con otros residentes que permite la socialización.
Marta Villanueva ha apuntado que “aunque pueda sorprender, el traslado a una residencia intensifica los lazos familiares respecto a la vivienda particular. Las visitas de hijos y nietos aumentan significativamente al estar en estos centros, además de liberar de las tensiones del cuidado doméstico”
Para finalizar, la ponente ha querido dibujar el camino correcto hacia el futuro que pasa por el reconocimiento precoz. “Afrontar la longevidad exige hablar abiertamente de la soledad, desestigmatizarla y medirla con parámetros clínicos para actuar antes de que desemboque en deterioro físico”, concluye la experta.