Los buitres que nos roban el techo y la tierra
El estallido social por la vivienda era necesario. Cuando trabajar no garantiza tener un techo, cuando una generación entera no puede emanciparse y hay familias obligadas a elegir entre pagar el alquiler o llenar la nevera, algo termina por romperse. La gente sale a la calle porque ha comprendido que no estamos ante un problema individual, sino ante un modelo económico que convierte los derechos básicos en un negocio para unos pocos.
Lo que ocurre con la vivienda tiene un paralelismo inquietante con lo que sucede con nuestras tierras agrarias. Los fondos de inversión que compran viviendas para especular están poniendo también sus ojos en las tierras agrarias y en el agua. Han descubierto que controlar lo imprescindible para vivir es un negocio extraordinariamente rentable.
Cuando la vivienda se convierte en un activo financiero, la gente se queda sin casa. Cuando la tierra y el agua se convierten en activos financieros, ponemos en riesgo nuestra soberanía y nuestra seguridad alimentaria.
En Extremadura sabemos bien lo que significa la lucha por la tierra. El 25 de marzo de 1936, unos 80.000 yunteros se movilizaron para reclamarla en una de las mayores movilizaciones jornaleras de nuestra historia. No pedían privilegios, exigían el derecho a trabajar y vivir dignamente, reivindicaban que la tierra fuera para quien la trabajaba.
Hay una paradoja terrible, la tierra extremeña está hoy más concentrada en menos manos que en los años treinta. Mientras desaparecen explotaciones familiares y nuestros pueblos pierden población, cada vez queda menos gente para defender el territorio frente a quienes quieren convertirlo en un negocio.
La lucha por la vivienda y la lucha por la tierra son, en el fondo, la misma lucha: la de la mayoría social frente a quienes acumulan propiedades y recursos a costa de nuestras necesidades.
Por eso preocupa tanto el regadío de Tierra de Barros. Vox ha abierto la puerta a la financiación privada de un proyecto que afecta a un recurso estratégico como el agua. No es una cuestión meramente técnica, importa quién financia, quién controla los recursos y quién decide el futuro de nuestros agricultores.
Si los inversores privados adquieren capacidad de control sobre el agua, podrán condicionar quién cultiva la tierra y en qué condiciones. Y el endeudamiento o las dificultades económicas pueden favorecer la concentración de la propiedad agraria. Primero pueden hacerse con el control del agua y después encontrar la oportunidad de hacerse con la tierra. No es inevitable, pero es un riesgo que exige garantías públicas.
Extremadura no puede permitir que sus recursos estratégicos queden subordinados a los fondos de inversión. Nuestra tierra no es un solar en venta, ni nuestra agua una mercancía cualquiera. Nuestros agricultores y ganaderos no pueden convertirse en meros figurantes de un negocio diseñado desde los despachos financieros.
Quienes se envuelven en la bandera de España mientras abren las puertas a grandes capitales, también extranjeros, deberían explicar qué entienden por patriotismo. Defender nuestro país es defender su soberanía alimentaria, sus recursos y el derecho de sus pueblos a decidir sobre su territorio. Los vendepatrias no son quienes cuestionan sus políticas, sino quienes ponen en riesgo lo que nos pertenece a todos.
El derecho a la vivienda y el derecho a la alimentación son derechos básicos, no oportunidades de negocio. Necesitamos proteger la vivienda, la agricultura familiar y a quienes quieren vivir de su trabajo.
El estallido social por la vivienda demuestra que la gente puede organizarse y hacerse escuchar. Ojalá recuperemos también la conciencia colectiva que nunca debimos perder en el campo porque la tierra debe estar al servicio de quienes la trabajan.
En Extremadura no queremos ni buitres, ni sanguijuelas. Los buitres, los de Monfragüe y las sanguijuelas, las del Guadiana. Queremos agricultores con futuro, pueblos vivos y jóvenes que puedan quedarse.
En estas elecciones se enfrentan dos modelos, por un lado, el de quienes abren las puertas a los fondos de inversión para que hagan negocio con nuestros derechos y recursos, y por otro, el de quienes defendemos que la vivienda, la tierra y el agua estén al servicio del pueblo.
El 25 de marzo de 1936, miles de extremeños se levantaron para reclamar la tierra. Hoy nos toca volver a defenderla. La tierra para quien la trabaja. La vivienda para quien la necesita. El agua para la vida y para nuestros pueblos.
Frente a los buitres que especulan, el pueblo que se organiza.