Centinelas de piedra: un viaje por los castillos y fortalezas de La Rioja
Contemplar el paisaje riojano es adentrarse en una geografía esculpida por el recorrido del Ebro y el esfuerzo de sus gentes, pero también por el paso ininterrumpido de la historia. Mucho antes de que los viñedos definieran la identidad visual de la región, sus colinas y cerros estratégicos albergaron murallas, almenas y torres del homenaje. La Rioja fue durante siglos una tierra de fricción, encrucijada y frontera entre reinos disputados. Hoy, esas fortalezas erigidas sobre la roca o integradas en el trazado urbano se han transformado en miradores excepcionales y en guardianes silenciosos de un rico patrimonio cultural. En este recorrido hacemos parada en algunos de los muchos castillos y fortalezas que salpican de historia el paisaje riojano.
En el reino de la Sonsierra: baluartes sobre un mar de cepas
Para comprender la magnitud defensiva de esta región hay que poner rumbo al noroccidente, donde el Ebro serpentea y dibuja fronteras naturales. En San Vicente de la Sonsierra, la fortaleza no es un simple monumento colgado en el paisaje sino un recinto amurallado de origen navarro que abraza a la propia población y domina el paso sobre el río. Sus torres, vigilantes sobre la Sonsierra, regalan una de las estampas más fotografiadas de la comarca, vinculando de forma indisoluble la arquitectura militar con la cultura del vino.
A pocos kilómetros, casi aislado como un barco varado en un mar de vegetación, se alza el Castillo de Davalillo. Construido en el siglo XIII para frenar las acometidas navarras, su silueta redondeada con la torre del homenaje roba la mirada de todo aquel que recorre el valle. Hoy, el entorno de Davalillo se ha consolidado como un hito imprescindible para senderistas y amantes del enoturismo que buscan una postal romántica y casi intacta del pasado riojano.
Siguiendo el curso hacia el oeste por el valle del río Tirón, el Castillo-Palacio de los Condes de Baños destaca por ser una de las señoriales fortificaciones de llano mejor conservadas de la región. Erigido entre los siglos XIV y XV con un claro carácter defensivo y residencial, sus cuatro airosas torres esquineras y su gran torre del homenaje testimonian el esplendor nobiliario bajomedieval en la Rioja Alta.
Un poco más al sur, dominando desde lo alto del cerro de La Mota la que fuera capital del Reino de Nájera-Pamplona, la fortaleza najerina fue testigo de la corte regia medieval y del paso constante de peregrinos. Aunque el tiempo redujo sus estructuras a vestigios arqueológicos, los trabajos de recuperación de este recinto fortificado permiten poner en valor el enclave estratégico desde el que se divisaba la comarca del Najerilla y el Camino de Santiago.
La leyenda desde el abismo: Clavijo y la vigilia del Camero
Si existe una estampa capaz de resumir la arquitectura defensiva riojana, es sin duda el Castillo de Clavijo. Suspendido de forma inverosímil sobre una gran cresta de roca a escasos quince kilómetros de Logroño, este bastión del siglo IX parece una prolongación natural de la propia montaña.
Famoso por ser el escenario legendario de la batalla que unió para siempre la historia medieval con el mito de Santiago, Clavijo ha experimentado recientemente una importante fase de consolidación y mejora en sus accesos e iluminación. Las obras han permitido afianzar la torre del homenaje y sus lienzos de muralla, devolviendo al viajero la posibilidad de ascender con seguridad hasta la cima para contemplar una de las panorámicas más impresionantes sobre el valle del Iregua.
En el cercano valle del Iregua, el contraste lo pone el Castillo de Aguas Mansas en Agoncillo. A diferencia de los nidos de águila de la sierra, esta fortaleza del siglo XIV destaca por sus cuatro torres cuadradas y su estructura señorial de llano. Perfectamente integrado en el día a día del municipio, es un claro ejemplo de patrimonio vivo: sus estancias acogen la sede del propio Ayuntamiento local, demostrando que las gruesas paredes de piedra pueden seguir sirviendo a la comunidad siglos después de su construcción.
A la entrada del Camero Nuevo, el Castillo del Señorío de Cameros en Nalda ha renacido tras intensas campañas arqueológicas que han sacado a la luz sus aljibes, murallas y dependencias señoriales. Tras haber sido el centro político del poderoso condado riojano, hoy se ha transformado en un destacado mirador cultural con vistas al valle del Iregua.
Unos kilómetros más arriba, colgado sobre los imponentes cortados calizos que encajonan el río, el enclave defensivo de Viguera hunde sus raíces en la alta Edad Media, cuando constituyó el corazón del efímero Reino de Viguera. Aunque apenas perviven vestigios adosados a las peñas, su integración en un paisaje escarpado lo convierte en una parada legendaria de la frontera serrana.
El sur indómito: fortalezas roqueras en cuencas arcillosas
Enclavado de forma espectacular sobre un vertiginoso peñasco del valle que le da nombre, el castillo de Jubera es un bastión de origen hispanomusulmán y posterior reconstrucción cristiana; el prototipo de fortaleza roquera. Sus ruinas, mimetizadas con la roca madre sobre el desfiladero, ofrecen una parada obligatoria para quienes buscan rastrear la antigua línea defensiva que articulaba las sierras del Leza y Jubera.
Rumbo al sur, donde los valles del Cidacos y del Alhama modelan un paisaje más abrupto y de tonalidades cálidas, la arquitectura militar cambia de registro y se mimetiza con la tierra arcillosa.
En Cornago, el conocido históricamente como el castillo de la familia Luna se alza imponente sobre el pueblo. Sus cuatro torres de formas asimétricas custodian un recinto que ha sido musealizado para que el visitante pueda entender cómo funcionaba la vida en la frontera con Aragón.
Por su parte, en Arnedo, la fortaleza de origen hispanomusulmán excavada y erigida sobre el cerro de la arcilla preside la comarca del calzado. Tras diversos trabajos de excavación y consolidación de sus paramentos, los restos del castillo de Arnedo complementan la visita a la célebre Cueva de los Cien Pilares, tejiendo una ruta subterránea y en altura por la memoria medieval del Cidacos.
Recorrer las fortalezas de La Rioja es mucho más que un viaje al pasado medieval; es una invitación a redescubrir el territorio a otro ritmo. Entre caminos de senderismo recuperados, pequeñas bodegas familiares que salpican los accesos a los castillos y miradores accesibles, las viejas piedras de la frontera riojana han dejado de ser testigos silenciosos para convertirse en los grandes narradores de una tierra inolvidable.