La ciencia venció al virus, pero no al prejuicio
Hay prejuicios que creíamos superados y que, sin embargo, siguen ahí, agazapados, esperando cualquier oportunidad para volver a ocupar el espacio que nunca debieron tener. El estigma asociado al VIH es uno de ellos.
La primera iniciativa que presenté y defendí como diputado ante el Parlamento de La Rioja en 1991 proponía combatir la estigmatización de quienes viven con el VIH. Y me indigna comprobar que, 35 años después, mientras la ciencia ha conseguido avances extraordinarios, nuestra sociedad siga siendo incapaz de desprenderse de esos miedos injustificados, estereotipos y comportamientos discriminatorios.
Cada 17 de octubre, la celebración del Pride+ nos ofrece una nueva oportunidad para reivindicar esa dignidad. Pero, sobre todo, nos obliga a preguntarnos por qué sigue siendo necesario hacerlo. No creo que sea una cuestión secundaria, ni una causa que deba defenderse únicamente en determinadas fechas. Es una cuestión de derechos humanos, de justicia y de decencia democrática.
Vivimos tiempos preocupantes. El odio al diferente, la homofobia, el racismo y los discursos autoritarios y postfascistas que cuestionan derechos conquistados con mucho esfuerzo están ganando presencia en el debate público. Y no podemos ignorar que ese clima alimenta también viejos prejuicios contra las personas con VIH; prejuicios que vuelven a vincular el virus, de manera injusta y profundamente equivocada, con una determinada orientación sexual o con supuestos comportamientos moralmente reprobables para algunos sectores.
Digámoslo con claridad: el VIH no tiene orientación sexual, no entiende de ideologías y no es un juicio moral sobre nadie. Puede afectar a cualquier persona. Asociarlo a una identidad concreta no solo demuestra desconocimiento sino que perpetúa una discriminación que causa sufrimiento, alimenta el miedo y empuja a muchas personas a ocultar su situación por temor al rechazo.
Y lo más indignante es que ese estigma persiste cuando los avances científicos han cambiado radicalmente la realidad del VIH. Hoy, gracias a los tratamientos, las personas que viven con el virus pueden desarrollar una vida larga y plena. Sabemos, además, que una persona con carga viral indetectable gracias al tratamiento no transmite sexualmente el VIH. Sin embargo, la desinformación sigue alimentando el rechazo y nos demuestra que la ciencia ha avanzado mucho más deprisa que determinados prejuicios sociales.
Por eso, no basta con disponer de buenos tratamientos. Necesitamos educación, información rigurosa y una sociedad que deje de señalar a quienes viven con el VIH. Necesitamos combatir la discriminación en el ámbito laboral, sanitario, afectivo y social. Y necesitamos que las instituciones asuman su responsabilidad, porque el silencio y la indiferencia también contribuyen a perpetuar el estigma.
La visibilidad es una herramienta poderosa para romper ese silencio, pero nunca puede convertirse en una obligación. Nadie debe sentirse forzado a revelar una circunstancia personal para demostrar nada a los demás. La responsabilidad no corresponde a quien teme ser rechazado, sino a quienes alimentan el rechazo y a quienes, pudiendo combatirlo, prefieren mirar hacia otro lado.
El Pride+, conocido también como “Orgullo positivo” que se celebra cada 17 de octubre debe ser una celebración de la dignidad, pero también una llamada de atención. Porque una sociedad verdaderamente libre no es aquella en la que algunas personas pueden mostrarse sin miedo, sino aquella en la que nadie tiene que esconderse para evitar la discriminación.
No podemos permitir que el odio normalice de nuevo lo que tanto esfuerzo nos ha costado combatir. Ni aceptar que el diagnóstico de una persona se convierta en motivo de sospecha, aislamiento o exclusión. Convivir con el VIH no resta dignidad, no limita derechos y no hace a nadie menos merecedor de respeto.
Porque la lucha contra el estigma del VIH no pertenece únicamente a quienes conviven con el virus. Nos corresponde a todos. Y quienes creemos en una sociedad más justa, más libre y más igualitaria tenemos la obligación de seguir dando la cara por quienes siguen sufriendo el estigma y el rechazo de manera tan injusta.