Océanos

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El mundo está lleno de buenas intenciones y de agua salada. Quizá por eso hemos ido sembrando el calendario de jornadas internacionales dedicadas al mar, como quien lanza unos cuantos salvavidas en el océano de nuestra conciencia colectiva. Me he tomado la molestia de contarlas, y he contabilizado varias celebraciones marinas repartidas a lo largo del año. Están distribuidas al azar pero, ordenadas, tocarían a un día internacional con esta temática cada dos meses, recordándonos que los océanos existen y que, en teoría, nos importan.

Dicho así, el hecho podría sugerir un exceso de solemnidades mundiales sobre el mismo asunto. Pero tampoco parecen estorbarnos. Después de todo, las bolsas de plástico de usar y tirar siguen gozando de excelente salud comercial; los macrocruceros continúan desembarcando multitudes; las primeras líneas de playa mantienen intacto su atractivo urbanístico; y el pulpo a feira conserva su lugar privilegiado en las mesas. Todo ello, a sabiendas de que tanto exceso no es bueno para la mar. Así que una efeméride mundial más o menos no molesta a nadie.

La ONU impulsa el Día Mundial de los Océanos el 8 de junio. La OMI, Organización Marítima Internacional, promueve el Día Internacional de la Mujer en el Sector Marítimo todos los 18 de mayo, el Día de la Gente del Mar cada 25 de junio y los días Marítimo Mundial y Mundial de los Mares en septiembre. La FAO estableció el Día Mundial de la Pesca el 21 de noviembre. Y en España, la Iglesia celebra el 16 de julio la Virgen del Carmen, patrona de marinos y pescadores.

En total, media docena de recordatorios globales (más una tradición local) que se interesan -o intentan interesarnos- por la vida en los océanos en casi todos sus aspectos. Celebraciones que convergen en la imperiosa necesidad de hacer sostenibles las labores marineras y conservar los ecosistemas marítimos. Algo tan obvio que parece casi ridículo tener que recordarlo tan a menudo. Pero no está claro hasta qué punto somos conscientes de que el trato que los humanos dispensamos con demasiada frecuencia a los mares y océanos es insostenible, extractivista y, a menudo, trágicamente destructivo.

Los usamos más como un recurso infinito y un vertedero sin límites, cuando en realidad es un sistema ecológico complejo y vulnerable que requiere un aprovechamiento respetuoso porque, a pesar de su colosal extensión, varios miles de millones de habitantes humanos nos hemos empeñado en degradarlo. Cada año arrojamos a los océanos más de medio millón de toneladas de plástico. Hay ya tal número de micropláticos flotando y acumulándose en los fondos marinos que uno sospecha que rivalizan con los granos de arena de playa.

A esta avalancha hay que añadir el resto de nuestra contribución cotidiana de contaminantes: productos químicos, fármacos, cosméticos, aguas residuales, fertilizantes y plaguicidas agrícolas, petróleo y otros muchos compuestos venenosos que viajan con la misma discreción que las corrientes marinas. Tampoco la pesca sale mejor parada en este balance. Capturamos peces a una velocidad mayor de la que pueden reproducirse. Hemos decidido maximizar las ganancias pesqueras a corto plazo aunque agotemos los recursos. La pesca industrial de arrastre maneja redes gigantescas que a su paso dejan fondos y comunidades submarinas totalmente devastados, para acto seguido “devolver” al mar toneladas y toneladas de seres muertos considerados comercialmente irrelevantes. Los océanos reciben el golpe; las cuentas de resultados, los beneficios. A ello se suma el cambio climático.

El calentamiento global ha elevado la temperatura del medio marino y también lo ha acidificado modificando la vida acuática y su capacidad de tampón atmosférico. Las barreras de coral se están muriendo. Con el turismo masivo y la abrumadora y desordenada urbanización costera hemos destruido hábitats litorales vitales como los manglares, las dunas o las praderas de posidonia. El masivo transporte marítimo tampoco es inocuo. A través del agua de lastre, estamos trasladando especies de un hemisferio al otro, desequilibrando los ecosistemas nativos. Y la acuicultura marina de especies carnívoras, como el salmón o la lubina, consume más pescado transformado en harinas y aceites del que finalmente produce, ejerciendo una extraordinaria presión adicional sobre las otras especies silvestres menos apreciadas por el mercado...

Ante semejante panorama, uno se pregunta si realmente necesitamos más días mundiales o más sentido común. Las estadísticas no invitan precisamente al optimismo. Los países que más practican la pesca industrial extractiva (China, Indonesia, Perú, Rusia, Estados Unidos, India, Vietnam, Japón, Chile y Noruega) siguen liderando el escandaloso ranking de capturas. Europa, por su parte, tampoco se comporta adecuadamente: una vez agotados los caladeros más cercanos, sus flotas (España ocupa la vigésima posición en la escala mundial) se desplazan a otros más lejanos, como los de África Occidental por ejemplo.

El biólogo marino Daniel Pauly, uno de los referentes mundiales en la materia, resume el problema con una frase que debería figurar en todas esas jornadas conmemorativas: “Tenemos que pescar menos para capturar más” a largo plazo. Algunos confían en iniciativas como el Tratado Global de los Océanos, que pretende proteger y regular las actividades en el 30% de la alta mar para 2030. Tal vez marque un punto de inflexión. O tal vez quede archivado o prácticamente inservible, junto a otras nobles declaraciones internacionales sobre el clima y la biodiversidad cuya eficacia práctica ha resultado muy decepcionante.

Personalmente, me temo un fracaso más. Sin ir más lejos, ahí está el ejemplo cercano de la anguila europea, catalogada por la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza (UICN) en Peligro Crítico de Extinción porque su población ha disminuido más del 90% en las últimas décadas. Y que, sin embargo, la seguimos pescando en estado adulto y consumiendo las últimas angulas con un descaro admirable. Los diagnósticos científicos parecen literatura fantástica para las administraciones. Y la conclusión final resulta difícil de esquivar. A pesar de las llamadas de atención de las ONU, OMI y FAO, es obvio que los océanos están protegidos sólo en el calendario, no por decisiones reales. Por eso, con un punto de ironía no disimulado, acabo pensando que quizá la Virgen del Carmen debería implicarse más el resto del año: con un solitario día festivo no es suficiente si pretende salvar los mares y océanos de nosotros mismos.