Las acampadas del 0,7 Sintel, o la lucha por Gaza: un repertorio de protesta que cambia la ciudad y va más allá del 15M
Una de las grandes diferencias entre el 15M y la nueva acampada de la Puerta del Sol por la vivienda es que, mientras que la primera se explicaba de forma excesivamente adanista (como un huevo aparecido eclosionando), a la segunda se le mide constantemente como reflejo de la revuelta de las plazas. Ni una estaba desconectada de los hilos de la movilización social de años precedentes ni la otra cabe juzgarla como una repetición sin esperar para ver cómo se desarrolla.
Cualquiera que pasara unas pocas horas en la acampada de Sol de hace unos años sabe que allí se sucedía un concentrado de saberes procedentes de diversos sitios, que también incluyeron el soporte de los hacklabs o el almacenaje de los centros sociales okupados del centro de Madrid. Y una cultura asamblearia compartida con buena parte de los movimientos sociales apartidistas.
Ni siquiera la acampada era un repertorio protesta completamente nuevo. En el contexto internacional encontramos antecedentes en el orbe de la lucha antinuclear en Estados Unidos, contra la construcción de carreteras británicas en los noventa (y el plan Roads for Prosperity) o en las Zone À Defendre (Zona A Defender) francesas.
Y aquí también. En 1994 se acampó durante más de dos meses en el Paseo del Prado, frente a los ministerios de Economía e Industria. Se trataba del movimiento por el 0,7, que pedía el cumplimiento del acuerdo de la ONU por el que los países desarrollados debían aportar el 0,7% de su PIB a programas de cooperación al desarrollo. En el campamento por el 0,7 se ensayó algo que después ha sucedido en el resto de acampadas resistentes: además de las personas que pasaban allí la noche, eran muchos quienes pasaban en distintos momentos, constituyéndose en un centro de reunión de movimientos sociales.
Aquello del 0,7 sobrevivió a la propia acampada y se popularizó extraordinariamente –quienes tienen edad recordarán el guarismo impreso en pines–. La Plataforma por el 0,7 influyó en la redacción de la Ley de Cooperación en 1998 y muchos de sus militantes pusieron en marcha la campaña conocida como Referéndum por la abolición de la deuda externa, que tuvo lugar durante las elecciones generales de marzo de 2000 y recogió más de un millón de votos.
El movimiento del 0,7 y por la abolición de la deuda antecedieron a una serie de causas populares que hicieron de la toma de la calle su vehículo de difusión en los siguientes años, aunque fuera sin tiendas de campaña. Los muy diversos Nunca Mais, el No a la Guerra o la movilización del 13-M, que tuvieron en común estar motivados por un gran acontecimiento y espolearon una enorme respuesta colectiva en la calle.
En 2001, trabajadores de Sintel (Sistemas de Instalaciones de Telecomunicaciones, S.A) de muchas partes del país acamparon a la altura del 142 del Paseo de la Castellana durante 183 días. El conflicto sindical –la empresa, antes subsidiaria de Telefónica, vendió y dejó en la calle a sus 1800 empleados– se instaló en una de las arterias principales de la ciudad y recabó la atención y el apoyo de toda la sociedad. La pequeña ciudad improvisada se llamó Campamento Esperanza.
Como sucedió en la Puerta del Sol hace quince años –y está volviendo a pasar– el campamento reprodujo las formas de una pequeña ciudad utópica. Con nombres en las calles, espacios para actuaciones y hasta una piscina hinchable. Por el Campamento Esperanza, como mucho después por Sol, pasaron numerosos rostros conocidos del mundo de la cultura.
La movilización de Sintel empujó al gobierno de José María Aznar a aprobar una proposición parlamentaria de Izquierda Unida para que los despedidos tuvieran indemnizaciones, prejubilaciones y la recolocación de parte de la plantilla.
De aquella acampada a esta pasando por la de Ciudad Universitaria: los porqués de la tienda de campaña
Uno de los nexos de unión más evidentes entre esta acampada y la que tuvo lugar hace tres lustros es el del problema de la vivienda. Las energías difusas del 15M consiguieron canalizarse en pos de un incipiente movimiento por la vivienda digna, centrado entonces en el problema de los lanzamientos hipotecarios. Del verde PAH al naranja del Sindicato de Inquilinas, pasando por un abanico cromático menos conocido de asambleas y sindicatos de barrio, el tema de la vivienda ya estuvo allí.
Dos de los muchos lemas que quedaron del 15M –que fue un movimiento muy dado a la palabra– son “Sabemos el camino de vuelta” (que rezaba una pancarta de la asamblea) y “Lo que pasa no despasa” (que he visto atribuido a la hacker Marga Padilla pero que, en todo caso, se hizo acervo común). Parece que sí.
Sin embargo, aunque la tentación territorial de hilvanar Sol con Sol es muy grande, cabe pararse a pensar que el antecedente inmediato, probablemente vivido en primera persona por una parte de los protagonistas de la revuelta en marcha, son las acampadas universitarias contra el genocidio en Gaza.
Entre los meses de mayo y junio de 2024 miles de alumnos de todas las universidades madrileñas pasaron por el campamento que se instaló en Ciudad Universitaria para exigir a la universidad la ruptura total de relaciones con instituciones y empresas de Israel, y pedir un alto el fuego en Gaza. Un año después, las tiendas de campaña volvieron a la Universidad Complutense.
La aparición de tiendas de la marca de una conocida tienda de deportes forma ya parte de un repertorio de protesta caracterizado por mostrarse en público, interrumpir el continuo movimiento de la urbe contemporánea e inventar un polo de poder allí donde antes sus protagonistas no pintaban nada.
Ser muchos y rotundos permite que pasen por el nuevo lugar, además de los curiosos, los políticos y los medios de comunicación. Los tantas veces ridiculizados programas con yoga o cuentacuentos esconden el hecho de una cotidianidad –son muchas horas de estar– en permanente estado de contagio político. De asamblea, intercambio y reagrupación repentina de la rabia, necesarias antes de alir desde el campamento base a manifestarse en otras partes de la ciudad.
Las cosas suelen tener un porqué, sobre todo cuando se convierten en un patrón. El campamento es, por su propia naturaleza, efímero, portátil y permite el contagio territorial, como sucedió durante el 15M o con las acampadas universitarias por Gaza. Y en su ir y venir deja marcas en la tierra, memorias, que permean luchas sucesivas sin que esto niegue que cada vez sea todo lo original que podemos llegar a ser.