Lo que la detención del párroco de Tetuán nos cuenta sobre los inicios de la radio en España
En noviembre de 2024 aparecía en distintos periódicos la siguiente noticia: “El cura párroco de Tetuán de las Victorias, en prisiones militares”. Con un antetítulo que rezaba “Demasiado radioescucha”. O, en otros periódicos, “El furor por la radiotelefonía”.
La noticia incluía una declaración de la Dirección de Comunicaciones en relación con el suceso: “se venían advirtiendo desde hace algún tiempo perturbaciones en determinada línea”. Después de una inspección de la autoridad, se verificó que había problemas en el espectro radiotelefónico entre Aranda del Duero y Madrid.
La guardia civil verificó que un hilo salía de la línea a la altura de un poste en Tetuán de las Victorias y entraba por la ventana de una casa de cierto porte para la barriada, que resultó ser la del párroco del entonces barrio de Chamartín de la Rosa, a las afueras de Madrid.
El religioso, que fue llevado a una prisión militar, declaró que solamente quería escuchar los conciertos de música de Londres y para ello se procuró una antena con el hilo en el poste. Finalmente, y según la poca información que se puede concluir de la noticia, al cura le dejaron en libertad con la condición de que pagara los desperfectos ocasionados por su pinchazo en la central de comunicaciones.
No faltó alguna crónica amable con el sacerdote (“víctima de la afición radiotelefónica”, se decía) que narraba cómo las autoridades esperaban haber encontrado a un vecino tipo de lo que denominaban “un centro peligrosísimo”. No sin cierto sentido del humor y con ánimo de dar interés al relato, preguntaban: “¿Quién viviría en la casa misteriosa? ¿Un revolucionario? ¿un anarquista?”.
La anecdótica noticia nos habla de la curiosidad que la radio, que había llegado a nuestro país a principio de la década de los veinte, había despertado ya entre una parte de la población.
La radiocomunicación en España se encontraba al principio bajo un estricto régimen de monopolio estatal de carácter militar y telegráfico. La legislación decimonónica y de principios de siglo limitaba el uso de la telegrafía sin hilos (T.S.H.) a las fuerzas armadas y a los servicios oficiales del Cuerpo de Telégrafos, lo que impedía legalmente el desarrollo de iniciativas privadas de difusión masiva o de experimentación de carácter civil.
No obstante, el interés por la radio permeó entre las personas más curiosas y comenzaron a aparecer en prensa instrucciones para aprender a manejar, e incluso construir, aparatos receptores de radio. Encontramos un hito en la aventura de los hermanos de la Riva, tres jóvenes estudiantes de ingeniería que llegaron a retransmitir en Madrid las campanadas de la Torre Eiffel en la Nochevieja de 1922.
La Ley de Radio de 1923, publicada en el Real Decreto de 27 de febrero, supuso el mayor impulso a la radiodifusión en nuestro país. Pero en junio de 2024 nacía un reglamento para regular las estaciones radiotelefónicas que incluía que las estaciones particulares debían estar supervisadas por el Ministerio de la Gobernación. Se trataba de un reglamento parido durante la dictadura de Primo de Rivera orientado a quitarle el monopolio al Estado y a reconocer el derecho de las empresas a establecer emisoras (lo que también llegó a los particulares).
En dicho reglamento, las emisoras se dividían en transmisoras y receptoras. Las primeras se clasificaban como “de enseñanza”, “de ensayo”, “de difusión” y “de aficionados”. Las dos primeras estaban sujetas a concesiones de la Dirección General de Comunicaciones con cánones (20 pesetas por cada 250 voltios de energía medidos en el generador).
La regulación dejaba vía libre a las estaciones de particulares, pero estas estaban sujetas a unas condiciones. En primer lugar, el peticionario debía demostrar ser “radiotelegrafista de primera o titular de alguna profesión que le capacite”. La zona de longitud de onda estaba limitada a 120 metros. Las estaciones receptoras, por su parte, debían recibir la concesión del jefe de Telégrafos de la localidad y el permiso estaba sujeto al pago de un canon de cinco pesetas para las casas y cincuenta cuando se trataba de lugares públicos como hoteles o cafeterías.
El interés por captar la señal de emisoras lejanas, como las que ya proliferaban de manera importante en Francia o Gran Bretaña, llegó a la prensa, donde empezó a hablarse de la radiomanía. Muchos aficionados tempranos como el cura de Tetuán pusieron su empeño clandestino en ello, si bien los precios de los aparatos de marcas como Marconi o Phillips estaban muy lejos de las posibilidades de la clase trabajadora todavía.
Frente a los carísimos receptores de válvulas empezaron a aparecer los de galena, frecuentemente autoconstruidos en talleres domésticos y que no se declaraban ante la administración para saltarse el canon. La radio de galena fue el receptor más simple y económico de la época. No requería alimentación eléctrica externa y utilizaba un cristal de sulfuro de plomo (galena) para sintonizar las emisoras, requiriendo el uso de auriculares para escuchar las emisiones
Junto a estos radioescuchas, apareció también una élite de radiopitas, que iban un paso más allá e intentaban instalar transmisores particulares para emitir su propia señal en el éter. Entre los radiopitas cabe mencionar al ingeniero de minas Miguel Moya –con calle en el barrio de Malasaña– que justo antes de la regulación de junio de 1924 puso en el aire su estación experimental clandestina utilizando el indicativo 1-RA y el seudónimo G. Rid. La Dirección General de Comunicaciones otorgaría a Moya la licencia oficial con el indicativo EAR-1 en julio de 1924, exactamente el mismo día que se asignaba la frecuencia a Radio Barcelona.
La de Radio Barcelona es la historia de la primera concesión de emisora regular, que se concedió a nombre de José Guillén García. En Madrid, nació Radio Ibérica y ambas fueron pronto absorbidas por Unión Radio, que a partir de junio de 1924 hizo realidad la radio moderna en nuestro país, con emisoras en diferentes provincias y una programación.
La anécdota del párroco de Tetuán de las Victorias, desde las afueras del Madrid que se desbordaba, nos habla de como el crecimiento de las ciudades fue determinante para alcanzar una masa crítica que permitió un crecimiento vertiginoso de la radio en nuestro país. Estaba naciendo la audiencia y un fenómeno de comunicación de masas que sería determinante durante los años treinta, la guerra y la posguerra española.