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El calor asfixia a la ganadería andaluza: menos producción, más costes y un reto creciente para el sector

Rebaño de ganado caprino con escasos recursos de pastos ante la sequía, en una imagen de archivo.

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El calor extremo ha dejado de ser un episodio puntual del verano para convertirse en uno de los principales factores que condicionan el presente y el futuro de la ganadería andaluza. Las altas temperaturas, cada vez más frecuentes, intensas y prolongadas, están modificando el funcionamiento de las explotaciones, reduciendo la productividad de los animales y aumentando considerablemente los costes de producción.

Lejos de tratarse de una simple incomodidad, el denominado estrés térmico constituye un problema que afecta al bienestar animal, a la economía de las explotaciones y, en última instancia, a la estabilidad del conjunto de la cadena alimentaria. Vacas, ovejas, cabras, cerdos, abejas y aves responden de forma similar cuando las temperaturas superan los límites que su organismo puede soportar: comen menos, producen menos y son más vulnerables a enfermedades.

En una comunidad como Andalucía, donde la ganadería constituye uno de los pilares del desarrollo rural, el impacto del calor preocupa cada vez más a productores, veterinarios, investigadores y organizaciones agrarias.

La ubicación geográfica de Andalucía hace que sea una de las regiones europeas más expuestas a los episodios de calor extremo. En numerosas comarcas del valle del Guadalquivir y del interior oriental se registran temperaturas superiores a los 40 grados durante varios días consecutivos.

A esta situación se suma la reducción de las precipitaciones, la mayor frecuencia de sequías y el incremento de las noches tropicales, en las que la temperatura apenas desciende. Todo ello dificulta que los animales puedan recuperarse del calor acumulado durante el día.

El problema afecta tanto a explotaciones intensivas como extensivas. Mientras las primeras deben invertir en sistemas de refrigeración, ventilación y climatización, las segundas sufren además la pérdida de pastos naturales, la escasez de agua y la disminución de la calidad del alimento disponible en el campo.

La energía que normalmente se destinaría a producir leche, desarrollar masa muscular o mantener la actividad reproductiva pasa a emplearse en conservar estable la temperatura corporal. El resultado es una disminución progresiva del rendimiento que puede prolongarse incluso semanas después de finalizar una ola de calor

Cada especie dispone de un rango de temperatura en el que desarrolla su máxima capacidad productiva. Cuando ese límite se supera, el organismo activa mecanismos para intentar eliminar el exceso de calor. Los animales aumentan la frecuencia respiratoria, sudan en aquellas especies que pueden hacerlo, permanecen inmóviles durante las horas centrales del día, buscan la sombra y multiplican el consumo de agua. Sin embargo, mantener esa respuesta fisiológica exige un elevado gasto energético.

La energía que normalmente se destinaría a producir leche, desarrollar masa muscular o mantener la actividad reproductiva pasa a emplearse en conservar estable la temperatura corporal. El resultado es una disminución progresiva del rendimiento que puede prolongarse incluso semanas después de finalizar una ola de calor.

El vacuno lechero es uno de los sectores más sensibles al estrés térmico. Cuando las temperaturas aumentan, las vacas reducen el consumo de materia seca y disminuye la producción diaria de leche. Además, se altera su composición, reduciéndose el porcentaje de grasa y proteína, dos parámetros fundamentales para determinar la calidad y el valor comercial del producto.

Las explotaciones con animales de alta producción son especialmente vulnerables, ya que generan una mayor cantidad de calor metabólico y necesitan realizar un esfuerzo adicional para refrigerarse. En muchas granjas andaluzas, los ventiladores industriales, los sistemas de aspersión y los nebulizadores funcionan durante buena parte del día para mantener unas condiciones ambientales aceptables.

En el ganado destinado a la producción de carne también aparecen importantes pérdidas. Los animales reducen el consumo de pienso y el crecimiento se ralentiza. La consecuencia inmediata es una menor ganancia media diaria de peso y un retraso en la comercialización. Cada día adicional que un animal permanece en la explotación supone un incremento de los costes de alimentación, mano de obra, energía y mantenimiento.

En sistemas extensivos, el problema se agrava cuando los pastos se secan antes de tiempo y los ganaderos deben recurrir a la compra de forrajes y piensos para compensar la falta de alimento natural.

Uno de los efectos menos visibles, pero con mayor repercusión económica, es el deterioro de la capacidad reproductiva. Las hembras presentan celos más cortos y menos evidentes, disminuyendo las posibilidades de inseminación o cubrición en el momento adecuado. También aumenta la mortalidad embrionaria temprana y disminuye el porcentaje de gestaciones viables. En los machos, el incremento de la temperatura afecta directamente a la producción espermática y reduce la calidad del semen durante varias semanas. Todo ello retrasa los ciclos productivos y reduce la eficiencia global de las explotaciones.

Garantizar el bienestar animal no solo responde a una obligación ética y normativa; constituye también una herramienta para mejorar la productividad. Los animales que permanecen en condiciones térmicas adecuadas presentan mejores índices de crecimiento, mayor fertilidad, menor incidencia de enfermedades y una producción más estable.

Por ello, muchas explotaciones están modificando sus instalaciones incorporando cubiertas aislantes, sistemas automáticos de ventilación, ventiladores de gran caudal, nebulizadores, aspersores y zonas de sombra. En las explotaciones extensivas también se recuperan prácticas tradicionales como la plantación de arbolado, la conservación de dehesas y el aprovechamiento de refugios naturales.

Durante los meses de verano el agua adquiere un valor estratégico. El consumo puede incrementarse de forma muy importante dependiendo de la especie y de las condiciones ambientales. Por ello, los bebederos deben proporcionar agua limpia, fresca y suficiente durante todo el día. La escasez de agua o el aumento de su temperatura incrementan rápidamente el estrés térmico y pueden desencadenar graves problemas sanitarios.

Andalucía cuenta con una larga tradición ganadera y con profesionales altamente cualificados, pero mantener ese liderazgo exigirá inversiones, investigación y políticas que acompañen al sector en esta transición. Porque el calor ya no representa únicamente una amenaza estacional. Se ha convertido en uno de los principales retos estructurales para la ganadería del siglo XXI

En un contexto marcado por la sequía, garantizar este suministro constituye uno de los mayores desafíos para muchas explotaciones andaluzas. La innovación se ha convertido en una aliada del sector. Cada vez es más frecuente encontrar sensores ambientales que controlan temperatura y humedad en tiempo real, collares inteligentes que monitorizan la actividad de los animales o sistemas automáticos capaces de activar ventiladores y aspersores cuando se superan determinados umbrales térmicos.

La alimentación también evoluciona. Los nutricionistas ajustan las dietas durante el verano para reducir el calor generado por la digestión, incrementar la densidad energética y compensar las pérdidas minerales ocasionadas por el estrés térmico.

Todas estas medidas tienen un coste. El incremento del consumo eléctrico, el mayor gasto en agua, las inversiones en climatización y el aumento del precio de los alimentos para el ganado reducen considerablemente los márgenes de rentabilidad. A ello se suma la incertidumbre derivada de la evolución de los mercados y de la variabilidad climática, que dificulta la planificación de las explotaciones. Las organizaciones profesionales agrarias reclaman ayudas específicas para modernizar las instalaciones, mejorar la eficiencia energética y facilitar la adaptación de la ganadería a las nuevas condiciones climáticas.

Los expertos coinciden en que el cambio climático obligará a transformar buena parte de los sistemas de producción ganadera. Las explotaciones deberán combinar innovación tecnológica, mejora genética, eficiencia en el uso del agua y nuevas estrategias de manejo para seguir siendo competitivas.

Andalucía cuenta con una larga tradición ganadera y con profesionales altamente cualificados, pero mantener ese liderazgo exigirá inversiones, investigación y políticas que acompañen al sector en esta transición. Porque el calor ya no representa únicamente una amenaza estacional. Se ha convertido en uno de los principales retos estructurales para la ganadería del siglo XXI.

La capacidad para adaptarse marcará la diferencia entre las explotaciones que logren mantener su rentabilidad y aquellas que tendrán serias dificultades para afrontar un clima cada vez más extremo, veranos más largos y olas de calor cada vez más tempranas. Proteger a los animales frente al calor no solo significa mejorar su bienestar; supone garantizar el futuro de una actividad esencial para la economía andaluza, el empleo rural y la producción de alimentos de calidad.

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