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El éxtasis de Nick Cave y la alegría de Pulp revientan el corazón del fan en la noche final de Mad Cool

Nick Cave arengando a los fieles en Mad Cool

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Termina el festival más multitudinario de Madrid —48.000 personas este sábado con el reto pendiente de solucionar algunos problemas de movilidad— con una jornada diseñada, como expresó un joven crítico musical, “para conocedores”. Mad Cool ha conseguido armar una personalidad para cada día: miércoles para rockeros soft, jueves para jóvenes fans del pop mainstream, viernes para indies futboleros y sábado para, efectivamente, conocedores de los nombres a los que hay que rendir tributo si uno siente que la música es la manifestación cultural más importante de los últimos cincuenta años.

Parece un sueño hecho realidad ver en un mismo día a Nick Cave, Kasabian, Pulp y David Byrne. Y es tan onírico que en realidad es imposible. Los dos primeros tocan a la vez, en diferentes escenarios; y lo mismo sucede con los otros dos. Para los que no puedan soportar el FOMO, existen varias zonas del macrorrecinto de Villaverde donde se pueden ver dos conciertos a la vez. También se escuchan los dos a la vez, pero ese es el precio a pagar por estar a todo.

En un encuentro con medios poco antes de iniciarse el festival, el director del festival dio explicaciones sobre el drama de los solapamientos: hay grupos que exigen tocar de noche, por lo que al final la franja prime time queda reducida a tres horas al día; no queda más remedio que poner a los grupos a competir por la audiencia.

The Black Crowes en Mad Cool 2026

A quien no parece que le importe mucho tocar bajo la solana, más propia de grupos principiantes, es a The Black Crowes, que fueron gigantes con su rock stoniano en los 90 y que, tras reagruparse en 2019 están tocando intensivamente. El atardecer se refleja en las gafas de sol de Chris Robinson, que aguanta el tipo con actitud y afirma, antes de acometer su versión de Hard to Handle, que Otis Redding fue el mejor cantante de todos los tiempos. Los hermanos Robinson llegaron al Mad Cool tras pasar por Alicante y el Cruïlla, que se celebra simultáneamente en Barcelona, y por el que también pasó David Byrne el día anterior. Después de cierta polémica por dejar de lado al batería original, al que llamaron “manipulador”, el nuevo se ha ganado el favor de algún sector del público vistiendo camiseta de los piradísimos Butthole Surfers.

A pesar de que estos bluseros sureños tienen un nuevo disco manufacturado este año, el grupo pasa olímpicamente de él, para centrar su repertorio en Shake Your Money Maker y The Southern Harmony and Musical Companion. Vamos, que saben a lo que vienen.

Otro al que no le importa mucho tocar de día —también con gafas de sol y atuendo de elegante negro— es a Matt Berninger, quien además parece que lo pide en el título de su último single, Who Loves The Sun, un cándido tema de indie pop junto a una cantante de country ochentero. El cantante de The National se está tomando un respiro del grupo que comparte con dos parejas de hermanos para cultivar un rato su carrera en solitario, con un sonido chamber no muy diferente del de la banda. Un camino que le ha llevado hasta la pista, para mezclarse con sus fans.

Matt Berninger en Mad Cool 2026

Con el eco del concierto de 2024 presentando Wild God en el Palacio de los Deportes, cómo no se iban a arrojar los madrileños con los ojos vendados hasta el límite de la ciudad en un julio ardiente para adorar a un dios de nombre Nick Cave.

Qué arrebatador inicio de concierto, de dos horas de duración —estamos en un festival pero Nick Cave respeta a su público— en el que primero te pide que te prepares para el amor, luego que te llevará a la eternidad y, en tercer lugar, que llegaremos ahí en una noche trepidante montados en un tren de larga distancia al que te has subido para sufrir, oh Lord! In the name of pain!

Un equipo logístico con chalecos reflectantes que llevaban las palabras Nick Cave and the Bad Seeds estampadas en la espalda, montaron y desmontaron una barricada transitable a lo largo de la valla que separa al público con el foso, lo que permitía al cantante pasearse una y otra vez por delante y por encima de su público. Primero echaba un ojo, como valorando qué lugar le producía mayor seguridad, y luego se adentraba en el mar de cuerpos que le sostenían las rodillas y las pantorrillas, a veces incluso el micrófono, para que pudiera entregarse no solo en alma sino también en cuerpo.

Nick Cave en Mad Cool 2026

Cave fija sus ojos claros en su público. Un chico de dos metros de altura con aspecto de haber entrado hace poco en la veintena fue ungido por la mano del cantante, que la apoyó con firmeza sobre su frente y cantó para él. El término arrobado se inventó para definir este momento, un acto que jamás podrá olvidar.

Es un set largo pero Nick Cave y sus Bad Seeds conceden a sus fans una selección de clásicos y no tanto una presentación —que ya no necesita ser presentado— de su último disco Wild God. La canción homónima cae, por supuesto, dando un primer respiro desfibrilador. Es importante que llegue este momento valle en la selección de canciones, porque sería el éxtasis sería insoportable. Pero es breve, porque sin verlo venir estalla una tormenta de verano y el relato se vuelve sucio, tabernero, a lo que uno se imagina que debe sonar el borde de un pantano en Misisipi, a la medianoche y con mucho calor. Durante más de cinco minutos, Elvis no nació en Tupelo sino en Villaverde, linde con Getafe, y miles de personas asisten al parto y descubren, con horror, cómo su hermano gemelo nace muerto. De eso va Tupelo, uno de los grandes momentos del concierto. El público aúlla.

El escenario principal de Mad Cool durante el concierto de Nick Cave and The Bad Seeds

El concierto sube y baja en intensidad, sobresaliendo una hermosa Joy o la Carnage firmada por el canoso bad seed Warren Ellis. Tras un segundo acto de cierta tranquilidad, en la que una de las coristas sustituye a PJ Harvey cantando la parte de ella, quizá no con mucho acierto, en Henry Lee, otra vez Cave se acelera de manera demoniaca para The Mercy Seat y una desbordante Papa Won’t Leave you, Henry y estalla con Red Right Hand, un favorito del público.

Después de muchos “fucking Spain” y “fucking Madrid” —entiendo que como halagos—, este concierto tan intenso, perturbador y arrebatador, inolvidable, terminó con la bellísima Into My Arms.

Para saltar de Nick Cave a Pulp, es mejor desintoxicarse con algo. Si no, es muy difícil. Para ello, hay dos opciones: resetear el cerebro bailando techno durante media hora con Richie Hawtin —una de las pocas presencias electrónicas del festival—, una leyenda a cuyos pies todo el mundo debería ponerse al menos una vez en la vida, o presentar respetos a otro grande, como es el cantante de Talking Heads, David Byrne.

David Byrne en Mad Cool 2026

Hawtin, el padre de Plastikman, el rey de los abstractos, el acelerador de partículas, el reventador de los BPM, no parece que afloje nunca. Los extraños especímenes que pasaron por la carpa de Loop a sudar junto a él, sintieron el corazón asomar por la boca.

Byrne, por su parte, vestido de naranja junto a sus músicos, en realidad se hace un concierto de Talking Heads sin Talking Heads. Se toca todos los clásicos, del Psycho Killer al Once In a Life Time, pasando por el Burning Down The House. Y ahora, hay que correr para ver a Pulp, a los que tristemente parece que en España solo conseguimos atisbar en festivales.

Pulp en Mad Cool 2026

En las pantallas del escenario más grande, pasada la medianoche, apareció un mensaje en español: “Buenas noches. Os vais a acordar de esta noche para el resto de vuestras vidas”. Y seguía: “Estáis a punto de ver a Pulp. Este concierto entero es un encore. Un encore significa que el público quiere más. Así que…”. Los miembros de Pulp comienzan a aparecer en el escenario. El mensaje de la pantalla insiste: “He dicho ¡HACED RUIDO!”. las mayúsculas causan efecto y Jarvis Cocker entra a escena envuelto en chillidos.

Te voy a contar una historia. Ella vino de Grecia a estudiar arte en Saint Martin’s, más que de conocimiento, estaba sedienta de experiencias. Su padre estaba forrado, así que no tenía ni idea de qué hace la gente normal con su vida. ¿Qué comen? ¿Cómo duermen? Un año en Londres, haciendo cosas vulgares, como cortarse el pelo, buscar un trabajo, mirando las cucarachas subir por la pared de tu piso barato. Esta historia la contábamos y la cantábamos cada noche de viernes entre el 95 y el 2000. Así era nuestra vida en los 90.

El primer concierto de Pulp en Madrid tuvo lugar el 18 de noviembre de 1995. Lo recordó el propio Jarvis. “En un club llamado Revolver. ¿Sigue existiendo?”. “Nooo”, le gritamos. “¿Qué es ahora, un parking?”, pregunta. Y pide que levanten la mano los que estuvieron. Alguna aparece.

Pulp fue el grupo que ya estaba ahí cuando empezó el britpop —su protohistoria comienza, es increíble, en 1978— y que sigue estando ahora que se ha formalizado su retorno. Y Jarvis Cocker no es solo un cantante, es un cronista; y sus canciones no dicen cosas, sino que las cuentan. Por eso, un concierto de Pulp es un drama, en el mejor de los sentidos.

Jarvis Cocker, cantante de Pulp, durante su concierto en Mad Cool 2026

Different Class, su disco de 1995 en el que se inscribe Common People, Sorted for E's & Wizz o Disco 2000, entre las muchas que han sonado esta noche de ese álbum, está lleno de ellas. Normalmente son las cosas que le pasan a chicas que Jarvis conoce, a las que quiere conocer o con las que se ha acostado o se quiere acostar. La vida romántica en Sheffield. Pulp es la manera en la que la gente corriente nos creímos británicos durante tres minutos y medio en los noventa.

Pulp ha sufrido oleadas de incomprensión a lo largo de su carrera. Y se le ha intentado matar varias veces. Mismamente, cuando publicó la continuación de Different Class, This Is Hardcore, muchos de sus seguidores le dieron la espalda, porque era raro. Visto hoy, su larga canción homónima es una obra maestra que supone uno de los momentos de mayor intensidad en el concierto. El escenario se tiñe de rojo, Jarvis se recuesta en un sillón, una lámpara de araña aparece mágicamente sobre él.

Jarvis Cocker, a sus 62 años, parece el mismo tipo escuálido, miope, desubicado, demasiado abrigado, tímido —pero desatado sobre un escenario— que ha sido siempre. Como una anguila erecta, su cadera rompe su figura primero a un lado, luego al otro, un hombro sube, el otro baja, golpea un bombo gigante como si la baqueta fuera un varita mágica, trepa a los monitores y se detiene por tres segundos como un chaval británico que quiere ser Tony Manero, se quiebra las muñecas, camina bailando, baila caminando. Es Jarvis Cocker, el chico raro que demostró que la gente como él también puede ser una estrella del pop.

Common People, la historia de la chica que vino de Grecia a estudiar arte en Saint Martin’s, cierra el concierto, con un largo protagonismo del público cantando que quiere vivir como la gente corriente. Jarvis golpea un bombo gigante y unos tubos enormes se hinchan de aire. Es la traca final. Cuando ya se había despedido, Jarvis parece recordar algo y se acerca de nuevo el micrófono a la boca: “Disfrutad del resto del festival”, pero ya no queda nada, salvo buscar la manera de llegar a casa. En eso consiste el pop: darlo todo, sin preocuparse por qué pasará mañana.

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