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El drama del solapamiento de conciertos en los festivales: pagar por grupos que no podrás ver

La tercera jornada del festival Primavera Sound en Barcelona este 2026.

Francisco Gámiz

28 de junio de 2026 22:09 h

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Llevas meses ahorrando, pagas los más de 150 euros que cuesta el abono de ese festival de verano al que tantas ganas tenías de ir y por fin sostienes la entrada en tu mano. El cartel promete a varios de tus artistas preferidos en un solo fin de semana y todo parece idílico. Sin embargo, unas semanas después, llega el jarrón de agua fría: la organización publica los horarios y las dos bandas por las que decidiste gastar el dinero tocan exactamente a la misma hora en dos escenarios situados en puntas opuestas del recinto. Se trata del temido solapamiento de conciertos, un drama frecuente en eventos de gran envergadura.

La música en directo ha pasado a encontrar su principal plataforma en los macrofestivales. Los más importantes de nuestro país llegan a incluir a más de 100 cantantes en su cartel, una cifra astronómica para únicamente tres o cuatro días de actuaciones que solo se logra llevar a cabo con la incorporación de varios escenarios, donde los intérpretes actúan a la vez. No obstante, hay quien lo considera incluso una “publicidad engañosa”. Entre ellos, Fran Checa, profesor de la Universidad de Almería, quien ha investigado el fenómeno de los festivales como reflejo de los nuevos paradigmas de ocio: “Te hacen la promesa de que podrás ver a tus 20 artistas favoritos y luego es imposible materializarla”.

“Es como si te vendiesen una entrada para un partido de fútbol en el que solo puedes ver una portería”, alega el experto a elDiario.es, declarando que un cartel de nombres infinitos supone que no exista la “posibilidad real” de que puedas disfrutar de todos ellos. Aun así, el comprador solo tendría derecho a reclamar la devolución del dinero en el caso de que el festival no hubiese informado de que ofrece shows simultáneos. Rubén Sánchez, secretario general y portavoz de Facua-Consumidores en Acción, advierte que “lo que ocurre es que, muy habitualmente, no te aclaran desde el principio quién va a actuar un día o quién va a actuar el siguiente”, siendo esta la clave del descontento.

Numerosas personas en uno de los escenarios del Arenal Sound.

De hecho, muchos festivales utilizan la táctica de poner a la venta las entradas sin anunciar a todos los artistas, empleando la supuesta baza de que quedan nombres fuertes por anunciar. “Crean hype y provocan que la gente compre con la expectativa de que puede que venga gente muy potente, pero igual no la acaba habiendo y se han gastado una pasta en una entrada”, dice Sánchez. “No han sido objeto de ningún fraude porque no les han dicho quiénes iban a ser los artistas, por lo que no están incumpliendo ninguna promesa, pero el consumidor tiene que poner pie en pared y frenar tomaduras de pelo de este tipo”, añade el principal responsable de Facua a este periódico.

El solapamiento en los conciertos se ha normalizado tanto que ha pasado a ser “parte de la experiencia”, como indica David Saavedra, periodista musical y escritor del libro Festivales de España (2022). Y no es reciente: ya en 1998, recuerda que le coincidieron la banda James y Sinead O'Connor en el Guinness Fleadh, que fue un importante festival de música irlandesa. “Ves el cartel con un mogollón de letras y te vuelves loco asimilando todo lo que hay. Es evidente que sabes que no lo vas a poder ver todo”, comenta. “Cuando iba al Primavera Sound, parte de la experiencia previa sucedía cuando se publicaban los horarios y alguien hacía un excel en el que se veía quién coincidía con quién”, afirma, reconociendo que ver los solapamientos que iba a haber ese año era casi como algo consustancial al festival.

Sin embargo, detalla que ese ritual era algo propio de los “frikis de la música”, que han pasado a ser una minoría en estos eventos. Ahora, los macrofestivales también triunfan por la experiencia que venden y no solo por los cantantes que componen su programación. No todo el público decide estar atento a los conciertos, ya que hay gente que se monta en las atracciones, se toma algún cóctel en las numerosas casetas del recinto u opta por disfrutar del ambiente. “Ha cambiado la mentalidad del público en ese sentido”, apunta Saavedra, pues hay quien “ya no se deprime tanto por el hecho de que coincidan dos de sus artistas favoritos”.

Un festival sin solapamientos

El problema se agrava porque la oferta de grandes artistas nacionales e internacionales se ha concentrado en estos eventos, por lo que los fans se ven obligados a asistir a los festivales para verlos y a compartir espacio con personas que no están realmente interesadas en muchas de las actuaciones, algo que antaño era lo fundamental de la cita. David Saavedra apunta que, en la actualidad, “a la mayoría de los grupos importantes solo los puedes ver en un festival”: “No vienen a España a tocar en salas o pabellones porque, desde hace muchos años, los festivales los contratan en exclusiva y la única opción es verlos allí”.

Asistentes del Mad Cool en 2025.

Aunque los solapamientos se han convertido en la base de los grandes festivales, lo cierto es que sí podría ser posible un evento de esta índole sin que haya diversas actuaciones a la vez. El quid del asunto reside en que no siempre existe interés comercial en llevarlo a cabo, ya que la burbuja de eventos obliga a las promotoras a competir mediante la acumulación masiva de artistas. En las dos primeras ediciones del Festival Internacional de Benicàssim (FIB), por ejemplo, no hubo coincidencias porque solo se montó un escenario. Por su parte, el Visor Fest, un festival de música de los años 80 y 90, está diseñado para quienes desean disfrutar sin solapamientos y sin correr de un escenario a otro.

Asimismo, hay otros modelos que demuestran que es perfectamente viable programar sin coincidencias con dos escenarios. Así lo ha hecho el Vodafone Paredes de Coura, en Portugal, desde su edición de 2024. El festival ha alternado el escenario principal y el secundario de manera que, cuando un concierto termina, el del otro escenario empieza de inmediato. Esto no solo permite al espectador ver todo el cartel sin perderse nada, sino que da a los técnicos el tiempo necesario para montar y probar los instrumentos de la siguiente banda mientras la otra está tocando.

En el caso de que sí se quieran utilizar más de dos escenarios, lo ideal sería que el festival mostrase la programación en el momento en que los abonos se ponen a la venta. Pese a que a nivel de producción sea difícil saber los nombres y fechas completas demasiado tiempo antes, David Saavedra valora que, “por contrato, es factible que se pueda saber con muchos meses de antelación la hora en la que va a tocar cada grupo”. No obstante, el experto alega que “probablemente se guarde el secreto para que no haya quejas y la gente no quiera devolver las entradas”.

Los nuevos “consumidores de bufé”

La masificación de los festivales ha transformado radicalmente el consumo cultural, haciendo que se asemeje al estilo de un bufé: estás 15 minutos en un concierto y corres al siguiente para no perderte nada. “Tener más posibilidades de elección genera la paradoja del consumidor de no saber si has elegido la mejor o la peor opción, ocasionando más estrés y ansiedad y quedando siempre insatisfecho”, cuenta Checa, que sostiene que esto se debe a la “factorización de la cultura”. “Habla muy mal de los tiempos en los que vivimos y de cómo consumimos cultura de forma voraz. Es como pasar de un reel a otro y otro. He visto a gente ir a un festival, grabar un vídeo e irse”, dice.

El público que huye de la masificación puede buscar refugio en el circuito de las salas de conciertos, que son las que realmente han sostenido a los artistas locales, pero estos recintos viven una situación de extrema debilidad económica. Saavedra explica que “las salas están en una situación de tal precariedad que no pueden competir con los festivales”, en tanto que “los costes de una gira de este tipo son tan grandes que van a salir perdiendo porque no dan los números”. Esto desencadena que los promotores tampoco se atrevan a llevar a sus cantantes de gira por salas, apostando en su lugar por los macrofestivales.

La verdadera salida, según comenta Fran Checa, está en la resistencia del público exigiendo “espacios más amables”. “La solución es intentar ser lo más sostenible posible y generar espacios verdaderamente respetuosos para todos: para los trabajadores, para los artistas y para nosotros como público”, afirma el experto, que recalca que se debe seguir apostando por “espacios en los que no prime la lógica capitalista y mercantilista”. Para él, “la esperanza es generar iniciativas interesantes que, aparte de cuidar el medio ambiente, cuiden también los espacios comunitarios y tengan transparencia económica”.

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