Clara Peya: “Estoy sacrificando mi carrera por quitar mi música de Spotify”
Es un movimiento simple, casi rutinario: girar la cabeza, mover el cuello y mirar a la persona que tienes justo al lado. Sin embargo, en una sociedad acostumbrada a vivir aislada y pegada a las pantallas, un gesto así se torna todavía más relevante. Para la pianista Clara Peya (Palafrugell, 1986), una de las artistas más inconformistas de nuestra música, la nuca es el “músculo de la empatía”. Se trata de una zona del cuerpo que nos obliga a dejar de mirarnos a nosotros mismos para fijarnos en quien tenemos alrededor, vertebrando también el concepto de su último disco.
La forma que tiene Clara Peya de entender la vida no se queda en su discurso, sino que define la manera en que crea y se relaciona con el arte. Es lo que lleva a la compositora a apostar por el trabajo colectivo, cediendo en esta ocasión sus canciones a dieciséis voces diferentes que dan vida al álbum Nuca, como las de Niño de Elche, Rita Payés, Judit Neddermann, Sharim Aresté, Mar Pujol, Juan Quintero o Anna Andreu. Acompañada por un piano de pared interpretado con sordina, su propuesta deja atrás la rabia en la búsqueda de un espacio de refugio y sanación.
De hecho, su necesidad de coherencia la lleva a posicionarse siempre por aquello en lo que cree. La artista se embarcó en la flotilla de Gaza para denunciar el bloqueo humanitario y participa activamente en iniciativas solidarias como las de Comando Señoras para apoyar al pueblo palestino. Sobre el escenario, Peya prioriza el mensaje por encima de cualquier pirotecnia o decorado. Tanto es así que su reciente trabajo la lleva a reflexionar sobre la importancia de frenar el ritmo, el peligro de los algoritmos, las consecuencias de los discursos de odio o la falta de más música como altavoz político.
¿Por qué la nuca es tan importante?
La nuca es un lugar de fortaleza y de sensibilidad a la vez. Nuca es ver al otro, reunirse con el otro, hacerlo desde el genuino deseo de cambio y no desde el miedo, mirar a la otredad desde el 'sí' en vez de desde el 'no'. Es algo que nos cuesta mucho hacer: han entrado 40.000 personas por Ceuta y los discursos que escucho tienen muy poco que ver con la empatía. El contexto sociopolítico es tan histriónico que elegimos por protección no conmovernos por nada. He estado unos años sintiéndome muy sola y lo que he entendido es que intentar no sentirnos solas es muy complicado, pero sentirnos acompañadas en nuestra soledad es muy posible.
¿Es compatible sentirse solo con tener odio hacia el otro?
Lo es porque vivimos en la cultura del miedo y los discursos son absolutamente separatistas. En Barcelona, hay bancos separados en vez de juntos para que la gente se reúna. Toda la arquitectura urbanística está hecha para que la gente que no tiene casa no pueda dormir bien en la calle, todo está hecho para que sigamos preservando lo nuestro sin perder nuestros privilegios. Mirar al otro nos obliga a compartirnos y a ser generosos, y eso está muy poco entrenado actualmente. La generosidad pasa por compartir lo que tienes, pero también pasa por compartir quién eres, por dejarte conocer y por querer conocer a quien tienes delante.
El álbum reivindica la calma. ¿Se puede sentir calma y estar enfadada a la vez con lo que pasa en el mundo?
No, pero lo más político que podemos hacer ahora es reivindicar la presencia, la lentitud, la profundidad y la celebración. Son cuatro cosas que ahora mismo son muy necesarias porque van en contra de todo lo que nos pide este sistema, de toda la inercia mundial, que es abrumadora. Vivimos en una era digital en la que compartes memes de gatitos, recetas de pastel de zanahoria o la muerte [de niños] en una escuela porque han puesto una bomba. La capacidad de poner cada cosa en su lugar se pierde, así que es momento de dar espacio a las cosas.
¿Está más calmada o más enfadada?
Estoy enfadadísima, pero he aprendido a gestionarlo de otra manera. Me duele el mundo una barbaridad, aunque actualmente estoy casi más triste que enfadada. El enfado me genera mucha barrera, pero es muy necesario. Me destroza ver cómo está el mundo y me enfada, pero por el hecho de ser blanca, europea, por estar donde estoy y de la forma en la que estoy, intento hacer la música de una manera que pueda llegar. Digo música, pero en realidad hablo de política porque no lo separo. Son lo mismo y me permiten llegar a las personas que me escuchan.
Pero ha retirado su música de Spotify.
Lo he hecho por la estructura fascista de la plataforma. Tiene el monopolio del streaming, pero es que ha colaborado con el ministerio de Trump, ha invertido 600 millones de euros en desarrollo de tecnología militar, es decir, en matar gente en Palestina, también en anuncios y canciones de inteligencia artificial, que ponen en todas las listas y son beneficios para la plataforma. Pagan muy mal a los músicos, la calidad sonora es horrible, los músicos pequeños no cobran nada y lo que generan se va para músicos grandes... Es todo lo que yo no quiero, así que por eso no quiero estar ahí.
No solo pido a la gente que retire su música de Spotify, pido a los usuarios que cancelen sus suscripciones
Si su estructura es fascista según usted, ¿quién se queda contribuye al fascismo?
Yo no solo pido a la gente que retire su música, pido a los usuarios que cancelen sus suscripciones. Es evidente que si eres una persona que depende de Spotify para sobrevivir es muy diferente que si eres una estrella internacional. Yo sí que pensaba que habría una horda de músicos sacando el catálogo y no ha ocurrido, pero tarde o temprano esta plataforma caerá. No sé si porque nacerán plataformas mucho peores o porque habrá más conciencia, pero esto no va a existir toda la vida. La manera de escuchar música se ha ido transformando siempre. Yo ya tomé la decisión y no quiero estar en guerra con compañeras que han decidido mantener la música allí porque me quedaría sola.
¿Se arrepiente al ver que no la han seguido?
Si pienso en el ego, sí: pienso que soy tonta porque no lo ha hecho nadie y yo estoy sacrificando mi carrera. Pero [la decisión] es un pensamiento coherente y para mí tiene sentido haber quitado mi música de Spotify. Es una lucha que puedo hacer y es la lucha que me toca por ser músico, así que estoy tranquila.
¿Su decisión la ha hecho perder mucho dinero?
Aún no te lo puedo decir del todo, lo que te aseguro es que mi disco no se lo ha escuchado ni una décima parte de la gente que lo hubiera escuchado si estuviera en Spotify. Aun así, sigo teniendo conciertos y vamos a ver qué va pasando. Es verdad que en los conciertos la gente no se sabe las canciones como antes y ahí lo noto mucho. Antes las cantaban y ahora no pueden porque no se las saben, pero de momento creo que puedo seguir viviendo de la música, que es algo que no se me hubiera ocurrido nunca.
¿Ha perdido la fe en la industria musical?
Nunca confié mucho en la industria musical, nunca fue un lugar de confianza para mí. La industria musical es un desastre, pero como cualquier industria. Es que el mundo es un desastre, así que la música se consume como se consume el mundo, como se consumen las personas, como se consume todo.
¿No es triste hablar de música y consumo a la vez?
Pues mucho, la verdad, pero ya hace años que la palabra 'consumo' se añadió en el vocabulario de las entrevistas. Puedes acceder a toda la música del mundo cuando quieras, por lo que no le das oportunidad a nada. Escuchas diez segundos como mucho de una canción y, si no te gusta, la pasas. Tengo por política, cuando me pongo un disco, escuchar mínimo cuatro temas. Si al cuarto no me gusta, vale, ya no le doy más oportunidades, pero entendiendo que es el trabajo de alguien y que hay que mirarlo con amor, darle tiempo y espacio, darle generosidad.
Decidió ir a la flotilla en Gaza.
Nunca pensé que lo haría, pero al final lo hice y me pasó factura porque soy un ser que no está preparada para estas cosas. Fue un shock muy fuerte, físico y emocional. Una experiencia así te cambia la vida para siempre, es una experiencia que aún no he podido ni ordenar ni narrar porque ocurren muchas cosas. No estás por lo importante, estás por lo urgente. El 31 de agosto hará un año desde que fui y pronto podré mirarlo con más perspectiva.
¿Sintió miedo?
Estuvo la idea, pero no lo sentí realmente. Ni cuando estaban los drones. Allí nos disociamos. Cada barco era diferente, a mí me tocó un barco con unas condiciones muy malas. Éramos 19 en un barco de diez. Dormíamos por turnos en el suelo y no teníamos lavabo, así que nuestras necesidades las hacíamos en un cubo y las tirábamos al mar. Era un barco que no estaba preparado para cruzar el Mediterráneo, así que se movía muchísimo, había muchísimos vómitos y no se podía cocinar. Era una situación bastante insalubre.
Al volver de la flotilla de Gaza no entendía que la gente siguiera haciendo vida con normalidad
¿Cómo fue regresar?
Estar en la flotilla es duro, pero es mucho más duro volver. Vuelves y no entiendes nada. Es imposible volver a tu vida porque nada de lo que haces tiene sentido. No podía entender cómo la gente iba al gimnasio con normalidad. Ya he vuelto a mis rutinas, ahora voy al gimnasio, pero al principio era rarísimo. La flotilla ha cambiado muchas cosas, pero el mundo sigue siendo el que es.
¿Qué responsabilidad tienen los músicos a la hora de dar voz a causas políticas?
Toda. Somos un altavoz, la gente nos escucha. Yo soy una artista mediana, pero los artistas grandes no están dispuestos a perder nada. También es de suma responsabilidad saber a quién consumimos y a quién seguimos. Yo he decidido no seguir a gente tibia, así que no escucho ni su música ni sus espectáculos. No me interesa, solo me interesa la gente que se compromete no solo con su arte, sino con entender que necesitamos que el mundo sea un lugar más amable.
¿Le da miedo el futuro?
Mucho, lo que pasa es que me polarizo: o soy muy negativa o soy muy positiva. Me cuesta el camino del medio, que es lo que tengo que trabajar. Hay veces que pienso que todo es un desastre y hay días que pienso que podremos arreglarlo, pero el camino del medio es el más real. Es que estamos en un momento muy difícil, hay gente que dice que ya lo importante es organizarse para ver cómo quieres que te pille el fin del mundo. Pues quiero que el fin del mundo me pille siendo coherente con la gente a la que amo, bailando, celebrando, creyendo que las cosas pueden ser distintas. No creo en la gente, pero sí creo en las personas.
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