El comercio de proximidad
En los tiempos que corren es muy común comprar a través de internet, de manera compulsiva, a golpe de clic, con un teléfono móvil con el que podemos hacer casi todo. No sabemos de dónde viene el producto que adquirimos, ni quién lo ha elaborado, de qué forma, y con qué consecuencias para el entorno, la sociedad o el medio ambiente de la región del mundo de la que procede, muy habitualmente, a miles de kilómetros del lugar de destino.
Tampoco nos ponemos a pensar en los salarios, los derechos o la dignidad de las personas que nos traen esos pedidos a nuestras casas, en muchos casos jugándose la vida, cerrando el circulo que se inició con aquel clic en el móvil.
Al mismo tiempo que una parte de la sociedad consume sin parar, en muchas ocasiones sin necesidad, hay muchos seres humanos que sufren para poder acceder a los alimentos cada día. En muchos rincones del mundo, pero también aquí, muy cerca de nosotros.
El consumo responsable, sostenible y solidario, es una asignatura pendiente de este mundo de contrastes, y de grandes, lamentablemente cada vez más grandes, diferencias entre los que más tienen y los que no poseen casi nada.
Ojalá cada uno de nosotros podamos hacer por mejorar la vida de los que nos rodean. Una forma pequeña de hacerlo es fomentar el comercio de proximidad, las tiendas de barrio o de nuestros pueblos, apostando por la atención personalizada, producciones más artesanales o garantía de calidad en lo que compramos. Generar economía cerca de dónde vivimos es una buena manera de contribuir al desarrollo de nuestra comunidad y dar vida a nuestros entornos; hacerlos más humanos.
Siempre he defendido la importancia del relato en el sector agroalimentario para que aquellos que no los conocen sepan apreciar los productos de calidad. Disfrutar de un aceite procedente de olivos milenarios de la comarca del Matarraña en Teruel, un queso manchego artesanal o un vino de las empinadas laderas de la viticultura heroica de la Ribeira Sacra, por citar algunos ejemplos maravillosos, es uno de los placeres de la vida. Pensar en los agricultores y ganaderos que lo hacen posible, en las materias primas diferenciales, en el territorio rural donde se han elaborado; construir un relato, en definitiva, nos permite apreciar más de los sabores, los aromas o las texturas de un mundo que todavía está vivo.
Y si, además, somos capaces de hacerlo, comprándolos en una tienda de nuestro barrio o de nuestro pueblo, sin tantos “embalajes” superfluos -en toda la extensión de la metáfora que supone la palabra-, habremos cerrado un circulo virtuoso, sostenible; el del consumo de proximidad, el de los productos de excelencia; los nuestros.
¡Ojalá!
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