Decibelios a la baja y limitadores de castigo: ¿qué está pasando con el volumen de los conciertos?
Este año ya se han cancelado en España más de cuarenta festivales. La mayoría, por motivos económicos. Pero la historia del Festival de les Arts es otra: se suspendió tras incumplir las normativas de sonido. El Ayuntamiento de Valencia instó a todos los festivales a abandonar la Ciutat de les Arts porque una sentencia judicial impedía celebrar conciertos debido a las quejas del vecindario.
Todos cambiaron de recinto excepto el Festival de les Arts que se comprometió así a respetar las muy estrictas normas de sonido. El viernes el público se quejó por el escaso volumen de los conciertos. Ya de noche, el festival rebasó el límite de sonido y el consistorio hizo efectiva la amenaza. La promotora no tuvo más remedio que cancelar la segunda jornada.
La semana anterior todos los artistas habían recibido un comunicado, a través de sus respectivas agencias de contratación, advirtiendo de la problemática acústica: los conciertos no podrían rebasar los 85 dBAs. El dBA o decibelio ponderado es una medida de sonido que filtra las frecuencias muy agudas y muy graves (algunos de los cuales no percibe el oído humano) y se centra en las medias.
El comunicado también especificaba que en las actuaciones nocturnas el límite bajaría a 80 dBAs y que los escenarios tendrían un limitador de sonido para evitar riesgos. Carlos Hernández, técnico de sonido con tres décadas de experiencia recibió la información y califica aquellos niveles “de chiste”, puesto que “los aplausos del público ya superan los 80 dBAs”. Actuar en aquellas condiciones no tenía sentido.
Diecisiete horas de furgoneta para nada
Triángulo de Amor Bizarro tocaban el sábado en el Festival de les Arts. Es una de las bandas con un directo más abrasivo y atronador. Carlos Hernández sonoriza su directo desde hace veinte años y tras estudiar las condiciones advirtió al grupo que aquel concierto era “irrealizable”. El trío gallego exige en su rider un mínimo de 98 dBAs. Lo ideal, sin embargo, es llegar a los 104, pero asumieron hace años que las condiciones ideales no existen y que cada concierto será una pelea con el equipo local para rascar algunos decibelios más y ofrecer un directo mínimamente fiel a su desafío sónico.
Ya el viernes técnico y grupo vieron imágenes de las quejas del público durante la actuación de Leire Martínez en el festival. Aquello pintaba mal. “Siempre confías en que habrá cierta profesionalidad. Un festival de pago no puede permitir que los grupos no se oigan”, explica Rodrigo Caamaño, cantante y guitarrista del grupo. “Al ser la primera vez en veinte años que nos pasaba algo así, no sabes cómo reaccionar. Y tampoco puedes cancelar un concierto de antemano. Has firmado un contrato”, añade. “Desde la distancia era complicado decidir. Teníamos que llegar allí, hacer las pruebas y ver si el concierto era realizable. Tocábamos en una carpa y pensamos que si ponían el sonómetro un poco fuera igual lo salvábamos”.
Además de los dBAs, hay otro baremo para medir el volumen. Es el LEQ o nivel de sonido continuo que hace una media en franjas de 30 o 60 minutos. “En la mesa de sonido tienes una pantallita que marca en todo momento los dBAs y el LEQ”, explica Hernández. Si el grupo rebase puntualmente el máximo de dBAs, pero el técnico mantiene el LEQ por debajo del límite con distintas maniobras en canciones de menor intensidad, el concierto se puede salvar. Otro asunto es que con bandas de tanto caudal eléctrico como Triángulo de Amor Bizarro exista tal margen de maniobra.
El sábado, con muchísimas dudas, Rodrigo e Isa Cea salieron en furgoneta de su pueblo coruñés, a las seis de la madrugada. En Ourense recogieron al batería Rafa Mallo que venía de Lugo y condujeron hasta Madrid. Allí comieron, quedaron con su stage manager y siguieron los cuatro de ruta hasta Valencia. Hernández, llegaría en tren desde Barcelona. “A 250 kilómetros de Valencia recibimos una llamada: se había suspendido el festival”, relata Caamaño. “Yo ya estaba sentado en el vagón para salir de Barcelona. Me llamó Rafa, lo cogí todo y bajé zumbando”, recuerda Carlos. El técnico cambió el billete y regresó a Madrid. El grupo dio la vuelta y llegaron a casa pasada la medianoche. “Fueron diecisiete horas en furgoneta: nuestro récord total. Nunca nos había pasado algo así, pero lo más preocupante es que aquello se juntó con lo de Madrid”, lamenta Rodrigo.
Dos desastres consecutivos
El del Festival de les Arts era el segundo concierto de la gira de presentación del nuevo disco, Mi catedral. El primero, en opinión de Rodrigo, fue “una debacle”. Estaba enmarcado en las Fiestas de San Isidro y también tuvo restricción de sonido. Tantas, que en días anteriores se quejaron grupos y asistentes. Esta vez el límite establecido por el Ayuntamiento de Madrid era de 90 dBAs, pero, a diferencia del Festival de les Arts, donde las mediciones se hacían desde el FoH o Front of House (la zona de delante de la mesa de control de sonido), en el Jardín de las Vistillas se mediría el volumen a un metro y medio del equipo de sonido instalado en el escenario.
“Lo de Madrid parecía una cosa de chulería o de incompetencia”, especula Rodrigo, que ya en la prueba de sonido oyó a gente quejarse porque no se oía. “Ladeamos los amplis para que no fueran directos al micro de medición y pedí a Rafa que tocara más tranquilo”, explica Hernández. Llegaron a 93 dBAs. Rodrigo pensó: “Si viene poca gente, igual basta con eso y salvamos el concierto”. ¡Un músico deseando que acuda poco público a su concierto! ¿Por qué no plantarse ante la organización y cancelar? “Leiva, Dani Martín o gente que gana mucho dinero puede hacerlo. Para un grupo medio, supone una ruina porque dejas de trabajar”, advierte Carlos.
“Los que más ganas tenemos de que se hagan los conciertos somos los grupos”, añade Caamaño. “Ya estás allí y siempre hay alguien que te dice que ha venido desde lejos para verte y ha reservado una habitación de hotel. Hasta el último momento intentas no cancelar. A veces prefieres tocar aunque no cobres. Hacer trece horas de furgoneta sin haber tocado es fatal”, sabe. Flaquean los ánimos en la banda y surgen discusiones. “Cuando hay tantos problemas en un concierto, intentas pasar el trago como sea y pensar en el siguiente. Si no, ese rollo te va minando la moral”, advierte.
Las peores ciudades donde actuar
Ninguna de las dos situaciones vividas por Triángulo de Amor Bizarro cogió por sorpresa a Carlos Hernández. “Valencia es una de las peores ciudades para tocar al aire libre: un infierno”, afirma. “Y Madrid es parecido”, remata. En el lado opuesto destaca Andalucía, donde “cada pueblo tiene la zona para la feria lejos de la ciudad. Allí montan los escenarios y no molestan a nadie”, explica. En Galicia también hay más permisividad, apunta Caamaño, debido a la tradición de las orquestas. Ambos lamentan que las normativas de sonido no solo cambien de un Ayuntamiento a otro, sino que también cambien de un día a otro, cuando el grupo ya ha firmado el trato.
Tocar en España es “una pelea continua”, coinciden. Y hay situaciones aún peores: probar sonido sin mayor problema y que antes del concierto un técnico del Ayuntamiento conecte el limitador. Las desventuras del trío gallego con el volumen de los conciertos vienen de lejos y destapan un drama recurrente. Así recuerda Caamaño su paso por las Fiestas de la Mercè de Barcelona en 2016. “Tocamos en la fábrica de Estrella Damm y había un limitador de castigo de esos que cuando te pasas de volumen te corta durante cinco segundos. Con los aplausos de la gente ya superaba ese límite. Ese concierto fueron cortes de volumen continuos”, relata indignado.
“Un grupo tiene que poder ofrecer su espectáculo en condiciones y para eso necesita unos mínimos”, remarca Hernández, antes de denunciar que estas restricciones de sonido extendidas por toda la geografía “se están cepillando la cultura y jugando con el trabajo de mucha gente”. Caamaño percibe, además, que estas normativas están sospechosamente centradas en la música y no en otras manifestaciones: “Fuegos artificiales, procesiones, partidos de fútbol...”, enumera. Por cierto, de haber actuado en el Festival de les Arts, el trío habría tenido delante un limitador de castigo. “Son de la marca Cesva. A veces te dan ganas de coger una lata de Coca-Cola y echarla por encima al maldito limitador”, confiesa el técnico madrileño.
¿Son conciertos o sucedáneos?
Empezar una gira con dos fechas fallidas es un drama. “Debes tener fortaleza moral porque si enlazas tres o cuatro conciertos así, puedes entrar en una espiral emocional y venirte abajo”, intuye Rodrigo. Afortunadamente, la semana pasada actuaron en el Primavera Sound de Oporto. “Fue un reinicio”, celebra. Allí tocaron al volumen ideal: 104 dBAs. La fecha en Portugal les ha cargado las pilas hasta convertirse en su festival favorito. “¡Y manda cojones que tu festival favorito no esté en tu país!”, lamenta Carlos.
Caamaño ya asume que “la mayoría de gente no escuchará el disco en las condiciones que requiere, sino en el móvil”, “pero con los conciertos está pasando un poco igual”. Hernández, desde su puesto en el control de sonido comprueba cada noche que “cuando el concierto no tiene volumen, la gente está quieta mirando. Sin embargo, con un volumen óptimo, se mueve”. A menudo emerge el debate sobre la pasividad del público en los conciertos. Tal vez tenga algo que ver la escasez de volumen. ¿Cómo va a atraparte un directo si ni siquiera suena como es debido? ¿Habrá que viajar al extranjero para escuchar en condiciones idóneas a grupos españoles? ¿Estamos asistiendo a conciertos o a sucedáneos de conciertos?
Triángulo de Amor Bizarro ya están revisando con lupa todas las fechas que tienen por delante. “En los festivales no creo que haya problema, pero en la gira de salas habrá problemas serios en dos o tres y he marcado en rojo varias más”, predice Carlos. Caamaño asume que habrá que seguir toreando la realidad, pero alerta de una “situación insostenible a largo plazo porque nadie va a comprar entradas para conciertos si no se oyen”. Esta problemática no afecta solo a festivales y bolos al aire libre, sino también a salas. “Y en España no hay ni diez que suenen bien”, sentencia el técnico.
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