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(a)phònica, el festival donde la música es lo más importante y el dinero público persigue un impacto cultural

Quim Carandell actuando a bordo de la barca La Tirona, en el lago de Banyoles.

Nando Cruz

3 de julio de 2026 21:34 h

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¿Es posible salir de un festival con la sensación de que, por una vez, todas las piezas encajan? ¿Es normal que, de entre una treintena de actuaciones, y habiendo visto solo una decena, cuatro de ellas, como mínimo, merezcan el calificativo de excepcional e inolvidable? ¿Quién recuerda un festival donde cada concierto estuviera programado en espacios elegidos para realzar la propuesta artística, para que los intérpretes pudiesen dar lo mejor de sí y para el público los disfrutase en las mejores condiciones imaginables?

Hemos asumido que un festival de música sea un contenedor de conciertos a granel ubicados en un mismo escenario para así recortar costes de producción donde contemplar versiones defectuosas, rácanas o descafeinadas de nuestros grupos favoritos en condiciones de visibilidad y acústica deficientes. Por eso, cuando asistes a uno en el que parece que los artistas están ofreciendo su mejor actuación del año piensas, ¿tan difícil era planificar un festival con sentido? Todo esto, a raíz del (a)phònica, un festival especializado en propuestas artísticas con la voz como protagonista y que la semana pasada celebró su vigesimosegunda edición. El milagro ocurrió en Banyoles, municipio famoso por su lago; el más grande de Catalunya.

Es este un festival distinto por muchas razones. De entrada, porque no se celebra en un recinto vallado a las afueras del pueblo, sino que se disemina por una veintena de espacios del municipio. Asistir al (a)phònica implica recorrer las calles de Banyoles. Para ver sus conciertos habrá que visitar el claustro del monasterio, la muralla del siglo XV, la plaza mayor, el teatro municipal, el auditorio y hasta navegar por el lago. La cantautora Raquel Lúa y Quim Carandell, líder de La Ludwig Band, ofrecieron cada uno dos pases a bordo de La Tirona, el barco que surca sus tranquilas aguas.

La cantante y violinista Antía Ameixeiras, en un momento de su actuación con el dúo Caamaño & Ameixeiras

Otra anomalía. Es imposible adquirir el abono del festival porque no existe. Y no existe porque se asume que nadie puede, quiere ni necesita ver todas las actuaciones. En (a)phònica no se solapan los conciertos, pero la idea nunca fue vender al público algo que luego no podrá digerir. Además, la mitad de conciertos son gratis y solo la otra mitad son de pago. Cada asistente compra entradas para los conciertos que decide ver. ¿La cantante portuguesa Lina junto al pianista Marco Mezquida en el Auditorio? 18 euros. ¿Kiko Veneno en el club náutico? 28. ¿Anna Andreu en el Teatro Municipal? 14. Eso sí, quien tenga claro que quiere asistir a muchos conciertos, puede adquirir un pack más económico para tres, cinco u ocho pases.

Mediante esta fórmula, cada actuación se convierte en la más importante del festival en cada momento. No se percibe estrés entre el público. Ni se detectan prisas por parte del artista. El tiempo se detiene. El público no huirá a otro escenario. Apenas hay gente filmando con el móvil. Y ese ambiente de máxima atención aporta la confianza necesaria para que el artista se tome su tiempo para dar expresarse. Así ocurrió en el pase de la asturiana Lorena Álvarez. Su actual repertorio exige paciencia y dedicación, pero cuando te atrapa ya no te suelta. Su imaginativo trío de músicos y su consabido don de gentes apuntalaron un recital de psicodelia honda. Como si Ibon Errazkin produjese a Lole Montoya. “Este es el concierto donde he estado más a gusto de los últimos cinco años”, aseguró. El público acabó cantándole la canción más famosa del pueblo: El monstre de Banyoles.

Impacto económico, social y cultural

“El festival nació hace veintidós años fruto de la larga trayectoria coral de Banyoles y con la intención de tener en cuenta a las entidades locales y los grupos musicales. No queríamos pensar solo en el retorno económico”, recuerda el director del (a)phònica Francesc Viladiu. “La idea era mostrar la ciudad y no programar lo que programa todo el mundo”, añade. Así es. El festival está fuertemente vinculado al tejido cultural local, pero también al social y económico. Los grupos emergentes actúan delante de restaurantes y comercios emblemáticos para fomentar el consumo local. Cada año llaman al festival empresas de food trucks que quieren montar sus caravanas, pero siempre las rechazan. Hasta un 36% de los gastos de producción del festival revierten en proveedores, empresas y trabajadores de la comarca.

El impacto estrictamente cultural del (a)phònica va más allá de programar espectáculos de riesgo económico y artístico como los de Magalí Sare, con la participación de veintitrés voces del Cor Bruckner; L’Arannà, el dúo que recupera y actualiza los cants redoblats de Ibiza y Formentera; o Vocal Vircan, un coro de polifonías georgianas, género de gran belleza y riqueza expresiva declarado Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. Son propuestas en las antípodas del típico festival que caza a golpe de talonario al grupo de moda. Propuestas que enriquecen y amplían el imaginario cultural y que sin el apoyo de este evento, verían tambalear su futuro.

Concierto del dúo L'arannà en el Auditorio del Ateneu de Banyoles

Pero en su objetivo de plantear un festival para la gente del pueblo y que deje una huella cultural, (a)phònica hace algo más. Vincular algunos artistas de cada edición con alumnos de bachillerato artístico de la comarca, prolonga la estancia de grupos de música infantil durante el curso escolar y sirve de escaparate para estudiantes de la escuela municipal de música estrechando así sus lazos con las entidades culturales y visibilizando su progresión creativa durante el año. “Todo se complica más cuando hablas con una entidad, pero el resultado es mil veces mejor”, estima Viladiu. Plantear un festival como un espacio de conversación con las entidades ha contribuido a que la gente de Banyoles sienta el (a)phònica como algo muy suyo. “Y todo esto justifica el dinero público que recibimos”, añade.

Dinero público y cerveza

Otra peculiaridad del (a)phònica: si llamas al teléfono de información te responderá el director. Sin embargo, este no es un certamen casero. Maneja un presupuesto de en torno a 260.000 euros de los que 100.000 son aportación del ayuntamiento. La diputación de Girona le otorga 40.000 más y la Generalitat de Catalunya, otros 70.000 desde que la muestra fue declarada Festival de Interés Cultural. El resto de recursos económicos llegan a través de patrocinios (20.000 euros) y venta de entradas (40.000). La aportación pública es abundante, sí, pero también son abundantes los beneficios que aporta. Porque son principalmente culturales y eso es muy inusual en un circuito festivalero que cada vez se mide más por el impacto turístico, el falso sold out y la foto del grupo de moda fichado mediante caché astronómico.

Los ingresos en barras, tan imprescindibles para tantísimos festivales, son insignificantes en (a)phònica. Sea cual fuera ese importe, el dinero es para las entidades locales que las gestionan; nunca para el festival. Es un mecanismo automático de redistribución del impacto económico. Cada año la única barra está ubicada lo más lejos posible del escenario principal; el gratuito. Este año la cerveza costaba 2,5 euros y el euro del vaso reutilizable se devolvía a quien lo quisiera y sin hacer cola. No, en el (a)phònica no hay colas. Ni pantallas, porque difícilmente se juntan más de mil personas por concierto. El dinero público que recibe el festival permite que las finanzas del festival no dependan del consumo en barras. Ese consumo de alcohol es tan discreto y razonable que no afecta a los conciertos ni obliga al ayuntamiento a desplegar efectivos policiales para evitar altercados.

Lorena Álvarez en directo en el Teatro Municipal de Banyoles

“El gran problema del dinero público es que se está destinando para contratar a grupos que no dejan ninguna huella en el municipio”, denuncia Viladiu. La huella del festival es, sobre todo, cultural. Por lo tanto, no puede calibrarse a corto plazo. Y, aún menos, en ocupación hotelera, cifras de asistencia o visualizaciones de reels. De hecho, el gran éxito de (a)phònica es no ser una fecha excepcional en el calendario de Banyoles, sino algo así como la fiesta de fin de curso de una actividad cultural sostenida durante todo el año. La partida de cultura de este municipio de 21.000 habitantes es de 3,39 millones de euros, casi el 11% del presupuesto del consistorio.

Penúltima peculiaridad: este año, (a)phònica ha superado con creces la paridad de género sin alardear de ello y gracias a la presencia de las gallegas Filles de Cassandra, la catalana Anna Andreu, la argentina Carmen Aciar y las también gallegas Caamaño & Amexeiras, protagonistas de una actuación destacada en el claustro del monasterio. Acordeonista y violinista culminaron su recital colándose en la iglesia para regalar allí un bis. Cabe señalar también el pase de Minibús Intergalàctic, quinteto gerundense de psicodelia entre cuyo público no se avistó a su más ilustre seguidor.

Los públicos ausentes

La cultura juega un papel tan central en Banyoles que el edificio de la Escuela Municipal de Música está en la plaza mayor. Aun así, en el debe de (a)phònica sigue pesando el escasísimo interés que despierta el festival entre la población migrada. Cerca de un 20% de sus habitantes es extranjero. Y de esos 4.000 habitantes, a los que cabría añadir los jóvenes catalanes de padres extranjeros, la mitad proviene del continente africano. Todos viven de espaldas al festival. Y viceversa. “Uno de nuestros grandes retos es llegar a esos públicos de orígenes diversos. Es algo que hay que abordar urgentemente, no hay excusa”, reconoce Viladiu, tras veintidós ediciones. En este aspecto, (a)phònica no es un caso único. Interpelar a las comunidades migradas es la asignatura pendiente de la mayoría de festivales de España.

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