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Dansàneu, un festival modélico en la cuerda floja: “Estamos fundidos. No podemos más”

Salvador Sobral y Lucía Fumero en la edición de 2025

Nando Cruz

22 de julio de 2026 21:27 h

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La oferta festivalera de cada verano sigue siendo abrumadora. Y, a menudo, sospechosamente parecida. No solo por el perfil de artistas sino por el planteamiento formal: terreno cercado, varios escenarios, maratón de actuaciones, abrevaderos en los laterales y sálvese quien pueda. Hay excepciones honrosas, sí. Pero algunas hay que buscarlas en los confines del país. Por ejemplo, en el Pirineo de Lleida, a apenas veinte kilómetros de la frontera con Francia. Allí se inicia este fin de semana la 35ª edición del festival Dansàneu. Casualmente, en el mismo lugar donde nació hace tres décadas la madre de todos los macrofestivales: el Doctor Music Festival.

La música es solo uno de los ingredientes de este certamen que también programa danza y teatro, conferencias y exposiciones. Sus ejes son el territorio, la tradición, la memoria histórica y la experimentación. Todo, en diálogo con el territorio. Quienes se acerquen a Esterri d’Àneu, población de mil habitantes y campo base del festival, verán la calle mayor cubierta por un cielo de cencerros. Buena parte de la oferta se diseña pensando en el lugar donde será exhibida. A partir de este jueves, actúan referentes del teatro, la literatura, la danza y la música catalana como La Veronal, El Petit de Cal Eril, Magalí Sare, Àngels Gonyalons, la Dharma Pol Guasch y Obeses.

Al lado de Lou Reed, David Bowie, Portishead y demás ídolos programados en el Doctor Music Festival, lo del Dansàneu suena poco llamativo. Sin embargo, el festival de la vaca solo duró tres años: 30.000 personas aún eran pocas para hacer viable aquel proyecto y el macrofestival se esfumó en busca de pastos más lucrativos y mejor comunicados. El Dansàneu, en cambio, sigue allí. Ajeno a lógicas resultadistas, buscando un diálogo con el entorno, garantizando los derechos culturales de sus habitantes.

Territorio, memoria y experimentación

Dansàneu nació en 1992 como una escuela de verano de danza tradicional impulsado por el Consell Cultural de les Valls d’Àneu, entidad sin ánimo de lucro que aglutina cuatro ayuntamientos de este valle. En 2015 la muestra adquirió su formato actual de festival incorporando música y teatro, realzando el patrimonio arquitectónico y paisajístico y trazando ejes ecologistas, feministas y de memoria. En cada decisión ha primado la mirada a largo plazo, el deseo de fertilizar el territorio y ser campo de experimentación artística y preservación de tradiciones. El impacto turístico y económico es la consecuencia; no, el objetivo. El objetivo siempre es cultural.

El actor Carlos Cuevas en la edición del festival en 2025

Durante diez días, el festival programa tres actividades por jornada. El 50% son gratuitas. Solo un espectáculo cuesta más de 20 euros. Muchos incluyen cata de productos de la zona. Los aforos oscilan entre los cien espectadores de la iglesia románica de Sant Joan d’Isil y los 350 del lago de la Torrassa. Las 38 actividades de este año están repartidas en 27 enclaves de 13 pueblos. El propósito es claro: interpelar a los habitantes de todo el valle e invitar al visitante a diseminarse por la zona. Lo contrario es hacinar a la gente en único espacio, lo más grande posible, y que pase todo allí.

El Dansàneu ha renunciado a su espacio de mayor aforo: el recinto ferial. Demasiado grande y difícil de adaptar. Además, el río baja muy cerca y caudaloso y alteraba las actuaciones silenciosas. Otra decisión que no antepone el lucro económico, sino garantizar las condiciones para que artistas y asistentes conecten. Tal vez por ello el público responde masivamente. Dos semanas atrás ya se habían vendido el 90% de las entradas.

Una inspiración para el sector

No son estas las medallas que busca el Dansàneu. Ni siquiera el Premi Nacional de Cultura que obtuvo en 2021. En el sector musical, este festival se ha ganado una merecida fama. Agencias y artistas lo resaltan entre los que ofrece tratos económicos más dignos. “El artista tiene que cobrar bien. ¡Y el técnico! Tenemos un sector totalmente precarizado”, denuncia su directora Rut Martínez. “Yo no quiero contribuir a precarizarlo más. Los festivales tienen que ser espacios seguros para los profesionales”, reinvidica.

En Dansàneu no hay voluntarios. “No estamos contra el voluntariado, pero hay que dar trabajo a la gente de aquí”, añade. Los jóvenes que montan la fiesta mayor son parte del equipo. La empresa de sonido es del valle. La copistería de Esterri imprime programas, carteles y lonas. Del diseño escénico se encargan estudiantes de un postgrado de escultura aplicada al espectáculo de la escuela de arte de Tàrrega que reciben mil euros y diez días de alojamiento. Ni siquiera los quesos y embutidos de las catas son aportación a fondo perdido de productores locales; el festival los paga.

Una actuación en el interior de una iglesia en la pasada edición del Dansàneu

A diferencia de tanto festival depredador, Dansàneu busca una redistribución real de los recursos que nutra al sector cultural y al territorio. Tal vez por ello, cuando en junio presentó su cartel en Barcelona la asistencia fue masiva. ¡Casi trescientas personas en la presentación de un festival que se celebra a 250 kilómetros de Barcelona! ¡El auditorio quedó desbordado y hubo que habilitar otra sala con pantalla! A diferencia de tanta rueda de prensa de festival llena de periodistas y políticos, allí quien no faltó fue su mejor aliado: su público. Buena parte eran habitantes del valle que condujeron tres horas y media y barceloneses que cada verano asisten al festival.

Recital de cencerros, recitar en el bosque

En la presentación, Ferran Rella, presidente del Consell Cultural de les Valls d’Àneu, rescató un proverbio catalán del siglo XIV: “De poca brasa se enciende un gran fuego”. Qué mejor forma de resumir el quehacer discreto y constante del Dansàneu. Al extremo cuidado a la hora de seleccionar los espectáculos, varios de ellos producciones especiales o coproducciones con festivales aliados, se suma una obsesión por encontrar el lugar adecuado donde exhibirlos. Para ello hay que recorrer los valles, conversar con lugareños e imaginar cómo sonaría aquel monólogo en este prado o qué tal luciría esa coreografía en la plaza de aquel pueblo de apenas 25 habitantes.

Dansàneu es una pieza artística en sí misma que encaja piezas de un puzzle infinito. En la iglesia de Santa Maria d’Àneu ha cantado Maria del Mar Bonet. La compañía de Berta Baliu ha presentado su espectáculo de danza vertical en la pared de la central hidroeléctrica. En la plaza de Sorpe recitó sus versos reptiles el poeta Enric Casasses. En la iglesia de Gavàs, la percusionista Núria Andorrà ofreció un conmovedor recital con vasijas de cerámica y cencerros. Música contemporánea experimental, de riesgo pero arraigada a una geografía, la del Pirineo de Lérida, de sólida tradición ganadera. Varias personas salieron de esa actuación con lágrimas en los ojos.

Para ilustrar el cariño con que se programa todo, no hay mejor ejemplo que la actuación del actor Carlos Cuevas de 2025. El Parque Nacional de Aiguestortes cumplía medio siglo y el festival se adentró en ese espacio natural. Se fletó un autocar. Quien no reservase plaza tendría que subir en coche y caminar dos kilómetros. En un claro del bosque, junto a una cabaña de troncos, Cuevas brindó una lectura dramatizada de ‘Walden’, obra de Henry David Thoreau que narra su vivencia lejos de la civilización. El público hipnotizado, escuchaba sentado en el suelo sobre cojines de goma reciclada con forma de hoja diseñados por los estudiantes. El 9 de agosto se reprogramará la lectura para clausurar del festival. En el mismo bosque.

“Estamos fundidos. No podemos más”

A pesar de todo, este pudiera ser el último Dansàneu. “Estamos fundidos”, resume la directora, ampliando el sentimiento al Consell Comarcal. “Esta es una edición de fin de etapa. Seremos los aliados más fieles para que continúe, pero ya no podemos más”, avanza. Los motivos de esta inesperada renuncia vienen de lejos. Gestionar un festival que se sostiene en buena medida con subvenciones implica depender de los tiempos de la administración y eso les sitúa económicamente contra las cuerdas. Año tras año.

Una actuación en pleno campo en la edición del Dansàneu de 2025

“Cuando acabe el festival, en mi correo electrónico tendré facturas por valor de 400.000 euros”, desvela Martínez. Y menos de la mitad de dinero para pagar. “Las líneas de subvención se convocan tarde, se resuelven muy tarde y se pagan exageradamente tarde. Eso nos ahoga, nos obliga a endeudarnos y nos angustia muchísimo. No podemos soportar más la presión de pagar tarde”, ilustra Rut. Al no disponer de un convenio que garantice aportación fija, cada año hay que volver a partir de cero, visitando despachos y portales digitales para intuir dónde conviene más aplicar. Este año, con los presupuestos generales paralizados, las líneas acordes se convocaron a finales de junio. El Dansàneu y otros festivales están rellenando formularios y redactando justificaciones mientras ultiman sus preparativos.

El festival es viable, pero solo si la entidad que lo impulsa acepta endeudarse. Y solicitar un préstamo genera intereses que adelgazan el presupuesto. Si todo va bien, la mayoría de proveedores y trabajadores cobrarán en octubre. O casi todos. “Los que estamos al frente, al cabo de año y medio, y según cómo haya ido, cobramos algo”, desvela Martínez. Pero si fallase una línea de subvención, el festival quebraría y los organizadores deberían responder con su patrimonio. “Hemos trampeado así doce años y no podemos más. Celebremos que hemos llegado hasta aquí”, concluye Rut.

Un futuro muy incierto

El tiempo dirá si el público reclama el festival, si los ayuntamientos lo rescatan, si una empresa toma el relevo o si en 2027 se abre un inmenso cráter donde durante décadas hubo un cultivo cultural persistente y respetuoso. Si muere el Dansàneu, no solo queda huérfano de oferta artística un territorio: muere también un ejemplo de cómo hacer bien las cosas y un punto de apoyo para creadores que exploran sendas poco transitadas. Todo el entramado cultural del país será más frágil. Y aun así, otra duda de mayor calado resuena más allá del valle: ¿cuántos pequeños festivales de esos que cada verano salen adelante gracias a asociaciones y entidades sin ánimo de lucro que regalan su tiempo y dinero, están estos días a punto de rendirse?

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