Triángulo de Amor Bizarro: “Tenemos redes sociales porque sin ellas no existiríamos, pero las odiamos”
Mi catedral, el nuevo disco de Triángulo de Amor Bizarro, es una cápsula de emociones que se expanden una vez lo escuchas. Hay crítica sobre las jerarquías establecidas y cómo ejercen el poder quienes lo ostentan. Hay letras que inoculan ganas de salir a las calles a protestar y a la vez hacer autocrítica para mejorar –o al menos no entorpecer– el día a día de quienes nos rodean. También hay sensación de refugio, abrazo y empujes a la diversión, a valorar lo que sí está. El álbum reivindica los logros generacionales sin eludir las decadencias; y propone reflexiones incómodas o menos complacientes en torno a cuestiones como si deberíamos matar a los reyes o CEO de las grandes compañías.
“La idea de banda se está perdiendo porque la industria discográfica está potenciando más a los artistas solistas”, valoran a su vez, tras publicar un álbum que tiene por bandera precisamente lo contrario. Un canto a lo colaborativo, al poder de lo colectivo y su pertinencia dentro del universo que siguen conquistando con sus composiciones: “No es un disco enfadado, pero sí de sobrevivir en una época que claramente es jodida”.
Lo político lleva atravesando su música desde sus inicios y se mantiene en Mi catedral, ¿cómo eligen de qué quieren hablar en sus canciones?
Rodrigo Caamaño Díaz: Las canciones son siempre emocionales, nos atraviesan. No decidimos de qué queremos hablar. No decimos: “Vamos a hacer una canción política”, pero a la vez queremos ser muy permeables. Nuestras canciones hablan del mundo y del momento en el que vivimos. Con Trump, el genocidio palestino, el problema de la vivienda, con los magnates tecnológicos al borde del delirio. Y al final hacemos canciones románticas pero que obviamente invadidas por todo eso. Siempre fue nuestra base que nuestro entorno es lo que nos produce sensaciones y las sensaciones las escribimos en canciones.
Una de las canciones más contundentes del disco es Odio a mi generación, ¿de dónde nace querer poner ahí el foco?
Isa Cea: No es tanto un odio a la generación en sí, sino a lo establecido, porque ya la palabra generación es una clasificación de cosas en la que nosotros siempre estuvimos desclasificados a muchos niveles. Hay algo muy necesario de gritar y de hacer autocrítica.
RG: Está bien que ninguna generación acepte lo que te viene dado. Somos una generación que era pleno aznarismo, una época supermachista, en pleno pelotazo económico y después la crisis. Nuestra forma de encontrar nuestro sitio en el mundo fue esa pulsión post-adolescente de querer que lo que hagas no pase de largo. Y esa ansia es muy buena porque te permite encontrar tu lugar en el mundo y una forma de hacerlo es ese cierto punto de rebeldía.
En la canción Matar al Rey plantean si estaría bien hacerlo, también con un CEO. ¿A qué conclusión han llegado cuando se hicieron esta misma pregunta?
IC: Es una pregunta recurrente. ¿Por qué a María Antonieta le cortarían la cabeza? Podría pasar ahora.
RG: Estamos viviendo una especie de feudalismo en el que la gente ultrapoderosa tiene más poder que nunca en la historia. Ahora las compañías tecnológicas tienen más poder que los emperadores romanos, porque de estos te podías esconder. Están siendo muy perjudiciales para el mundo. No hablo de matarles porque es una canción, pero sí es una crítica al sistema que nos quieren intentar instaurar, que devalúa la democracia, al propio pueblo y que sea el pueblo sea dueño de su destino. Es un momento muy peligroso y es importante tomar conciencia y hablar de ello.
IC: Lo estamos viendo, pero también estamos siendo guiados. Hay una lucha de información y de ideas, y una normalización de que cualquiera puede decir cualquier burrada. Hace falta reflexionar sobre por qué estás ahí y por qué a veces no tienes otra opción. Nosotros mismos tenemos redes sociales porque si no, no existiríamos, pero las odio con toda mi alma. Me quita mucho tiempo y ojalá explotaran todas, pero tengo que estar ahí.
RG: Nuestra intención al empezar el disco era poner a la banda en el centro. Las bandas somos metáforas de la idea de la disolución del ego, que me gusta mucho, porque estamos haciendo algo que ninguno de nosotros podríamos hacer por separado. Los instrumentos y los arreglos los planteamos siempre así. La idea de banda se está perdiendo porque la industria discográfica está potenciando más a los artistas solistas. Me encantan los solistas, pero nos apetecía recuperar lo que era la banda clásica contracultural. Poder hablar de todo, pero desde un punto de vista visceral y emocionante. Son temas que salen porque están ahí y todo el mundo los está viendo. Tenemos muchos discos enfadados, pero no creo que este lo sea; sí sobre sobrevivir en una época que claramente es jodida.
La industria musical no se escapa a esta manera de estar siendo guiados que comentaban, ¿cómo se llevan con la imposición de tener que estar publicando todo el rato o contentar al algoritmo de Spotify?
RD: Lo de las estadísticas de Spotify es absurdo. No creo que tarden mucho en quitarlo porque cuando venga la IA se va a descontrolar por completo y creo que eso nos va a beneficiar, porque le vuelve a dar un poco el misterio a la música. Es inevitable que lo primero que mires son los números que aparecen ahí condiciona completamente lo que escuchas.
IC: Condiciona lo que escuchas y hacia donde va la música, porque muchos programadores y programadoras de salas también ven primero los números. Lo escuché de gente alternativa y es un error, porque una banda que no escuchó nadie no quiere decir que no vaya a ser buena o que no vaya a desarrollarse por un lado más interesante que otras que salen con una estrategia de marketing brutal, desde donde es mucho más fácil dirigir el arte, y entonces el arte acaba siendo otra cosa.
RD: Se dice por ahí que incluso hay sitios que programan sin escuchar el grupo, solo con los números.
IC: Y por eso también cada vez suena más parecida la música. Pones la radio y dices, ¿dónde está la diferencia? Está todo que si te sales, no suenas. Bienvenido al mundo alternativo. No hay posibilidades en la industria.
La idea de banda se está perdiendo porque la industria está potenciando más a artistas solistas
Hace dos semanas tocaron en las Fiestas de San Isidro, donde hubo quejas sobre el volumen de los conciertos. ¿Cómo les afectó? ¿Se les informa sobre los estándares de sonido que va a haber o se lo encontraron por sorpresa?
RD: Es un agobio y estrés considerable, porque normalmente te encuentras con estas cosas con el concierto anunciado. Que haya limitadores en las plazas suele ser normal por normativa de ruido, pero aquí era absurdo porque había un limitador de 89 decibelios, que son una escala logarítmica. Esto quiere decir que 90 DB es el doble que 89. Y claro, tú llegas y no puedes hacer tu trabajo; y el público se encuentra con una problemática que no entiende y piensa que es culpa tuya. Nosotros no cancelamos conciertos casi nunca. Supongo que a alguien a quien no le importaba se le ocurrió sin consultar a ningún técnico. Muchas veces pasa eso, que sea un cargo político y no escuche a alguien que sepa un poco del tema.
Apuntaban que hay situaciones en las que el punto de mira se pone sobre los artistas, como ocurrió el año pasado con la cancelación de actuaciones en festivales participados por el fondo de inversión con intereses en Israel KKR. ¿Cómo lo vivieron?
IC: La música siempre estuvo muy en el foco de las cosas chungas. Siempre hay algo que decirle al músico, a la música, a los festivales. Como músicos no vamos a tener un análisis tan exhaustivo ni de los decibelios que hay ni de quién patrocina. Vamos a tocar. Pero muchas veces me pregunto si en muchos trabajos saben realmente quién está detrás o cómo lo hacen. Hay cosas que se te escapan y nosotros siempre, evidentemente con el discurso marcado que tenemos, vamos a tener coherencia en lo que hacemos.
RD: Cuando disponemos de la información total, siempre escogemos. A veces se sitúa como un eslabón débil. Es más fácil atacar a la música que a un deporte famoso. También es en cierta parte porque la música es más incómoda. No todos los artistas, pero sí que hay cierta incomodidad del poder a determinado tipo de música. También hubo en Madrid por las protestas contra los desahucios que hubo ese mismo día, a las que nos sumamos. Protestas que deberían entrar en la libertad de expresión.
Eso de que los artistas no pueden decir nada, mira no. Cualquier persona puede decir lo que le dé la gana, y más si tiene un micrófono, ¿quién es nadie para decirte tú a tocar y cállate, que solo pueden hablar los políticos? A los políticos los escogemos el pueblo, y si el pueblo no se ve representado por determinados políticos, puede hablar.
Nuestra forma definitiva de hacerlo son las canciones, porque en todas nos posicionamos. Eso de que los artistas tenemos que estar en un determinado punto es del artista medio de la época del franquismo que era la España de pandereta. Creo que claro que nos podemos posicionar y los políticos tendrían que tener un poco más de lomo y respetar las declaraciones.
Este año molestaron a un medio católico que les acusó de “amplificar consignas violentas y de estética satánica” por un concierto que dieron en una iglesia de Bilbao, donde gritaron “puto Vox”. Les respondieron con un comunicado, ¿cómo gestaron su respuesta?
IC: Fue una maravilla (ríe).
RM: A mí me fascina que lo que molestase fuese decir “puto Vox” en vez de muchas otras cosas que podría haber en las letras. Era por algo que tampoco era eclesiástico.
RD: El líder de ese partido está diciendo burradas todos los días y hay cosas mucho más agresivas. Y que además, con todo el respeto, fue un concierto que nos encantó hacer. No hubo ninguna polémica hasta que de repente salieron de una catacumba unos de una web. Lo que no me gustó del artículo es que aparecía nuestra cara en una foto recortada de la sesión, que le faltaba la diana. Era como buscar un poco un linchamiento y por eso decidimos hacer un comunicado.
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Vídeo: Álex Corral
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