¿Puede el calor extremo volver más agresivos a los animales? Los estudios apuntan que sí

Los experimentos detectaron ataques, persecuciones y enfrentamientos más frecuentes

Héctor Farrés

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Los rivales suelen retroceder cuando una especie territorial interpreta su presencia como una amenaza y convierte el encuentro en una disputa que puede acabar mal. Los animales que reaccionan con agresividad por instinto suelen hacerlo para defender alimento, crías, pareja o espacio, aunque cada especie activa esa conducta ante estímulos distintos.

Leones, hipopótamos, que son realmente peligrosos, y cocodrilos figuran entre los ejemplos conocidos, mientras que salamandras, hormigas alpinas, peces pequeños y aves tranquilas muestran respuestas menos famosas.

Esa predisposición tampoco actúa de forma aislada, porque el hambre, la reproducción, la competencia y la temperatura pueden elevar o reducir la intensidad del ataque.

Un estudio relaciona el calor con peores decisiones en las aves

El calor altera varias de esas respuestas, según investigaciones recogidas por ZME Science y Science News, que relacionan las temperaturas elevadas con mayor agresividad y peor rendimiento mental.

En este sentido, Amanda Ridley, ecóloga del comportamiento en la Universidad de Australia Occidental, estudió a los charlatanes bicolores meridionales del Kalahari y comprobó que necesitaban el doble de intentos para localizar un gusano bajo la tapa correcta.

Cuando el termómetro alcanzaba 35,6 grados, aquellas aves reaccionaban igual ante una gineta disecada que ante una caja, una pérdida de vigilancia que indicaba que les costaba distinguir una amenaza real de un objeto sin peligro y que facilitaba los ataques de depredadores al reducir su capacidad para detectar el riesgo a tiempo.

Las mordeduras de perros aumentan durante las jornadas calurosas

Los perros muestran una asociación parecida, aunque todavía queda por separar cuánto depende del animal y cuánto de las personas que lo rodean. Clas Linnman, neurocientífico que participó en un análisis de casi 70.000 mordeduras registradas en ocho ciudades estadounidenses, comprobó que los incidentes crecían durante jornadas calurosas.

A 32,2 grados, el riesgo era un 10% mayor que a 15,6, y Linnman considera probable que ambas especies sufran mayor tensión: “Es probable que tanto los humanos como los perros estén más estresados y más irritables con temperaturas altas”.

El estrés térmico afecta a la alimentación, la defensa y la reproducción

Las alteraciones descritas pueden extenderse desde cada individuo hasta poblaciones enteras cuando modifican la alimentación, la defensa o la reproducción. Kim Meidenbauer, neurocientífica ambiental de la Universidad Estatal de Washington, relaciona el calor estresante con procesos psicológicos y fisiológicos capaces de aumentar la agresividad.

Science News advierte de que bancos de peces menos cohesionados serían presas más accesibles, colonias de hormigas hostiles podrían expulsar a sus vecinas y anfibios más separados reducirían su densidad. ZME Science añade que polinizadores desorientados pueden olvidar flores o rutas de regreso, mientras las aves que encuentran menos alimento comprometen la supervivencia de sus crías.

Salamandras, peces y hormigas reaccionan con más hostilidad

Las dificultades para aprender y recordar también aparecen en aves, peces, insectos y mamíferos expuestos a temperaturas elevadas. Elizabeth Derryberry, bióloga evolutiva de la Universidad de Tennessee en Knoxville, observó que los diamantes mandarines seguían picoteando un tubo transparente en vez de buscar la abertura.

Emily Baird, neurocientífica de la Universidad de Estocolmo, comprobó que menos de la mitad de los abejorros aprendía a asociar el azul con sacarosa a 32,2 grados, mientras la mayoría lo lograba a 25. “Los cambios en la temperatura del aire afectarán a la temperatura del cerebro”, advirtió Baird, antes de señalar posibles daños en percepción, memoria y aprendizaje.

La agresividad aumenta en especies muy distintas cuando sube la temperatura, aunque los motivos cambian según el organismo. En el caso de las salamandras de vientre negro, Kristen Cecala, ecóloga de la Universidad del Sur, observó que tenían casi cuatro veces más probabilidades de atacar a 25 grados que a 15 o 20.

En los piscardos de hocico romo, Erin Francispillai, bióloga de agua dulce de la Universidad McGill, detectó más mordiscos y persecuciones cuando el agua se situaba entre 18 y 24 grados.

Algo parecido ocurrió con las hormigas Tetramorium alpestre, ya que Patrick Krapf, ecólogo de la Universidad de Innsbruck, comprobó que mostraban una mayor hostilidad hacia las obreras de otras colonias.

El gasto energético favorece conductas más agresivas

Una posible explicación de este comportamiento está en el metabolismo, sobre todo en los animales ectotermos, que dependen de la temperatura del entorno para regular su cuerpo. Cuando hace más calor, su organismo consume más energía y aumenta la necesidad de conseguir alimento, de modo que algunas especies defienden con mayor intensidad el territorio o los recursos de los que dependen.

En el caso de las hormigas, Krapf plantea además otra hipótesis. El investigador apunta que el aumento del melazo que producen los pulgones podría proporcionarles la energía suficiente para enfrentarse con mayor frecuencia a otras colonias.

En mamíferos y aves el mecanismo sería distinto, ya que mantener una temperatura corporal adecuada también exige un mayor gasto energético. Ese esfuerzo puede reducir la tolerancia frente a determinados estímulos y favorecer respuestas más agresivas.

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