‘El acontecimiento’: cuando la literatura convierte el dolor en memoria
Hay libros que necesitan días, incluso semanas o meses para ser leídos. Otros, en cambio, parecen agarrarnos desde la primera página y obligarnos a permanecer dentro de ellos hasta el final. Eso me ha sucedido con El acontecimiento, de Annie Ernaux, Premio Nobel de Literatura 2022.
Esta obra, de apenas 119 páginas en la edición que cayó en mis manos, me la he podido devorar durante las escasas dos horas y veinte minutos que duraba mi trayecto en ferry desde Tenerife Sur hasta Santa Cruz de La Palma. Y digo «devorar» porque pocas veces una lectura tan breve consigue dejar una sensación tan prolongada.
Terminé el libro, pero el libro no terminó conmigo.
Annie Ernaux nació en Lillebonne, Francia, en 1940, y creció en Normandía. Estudió en la Universidad de Ruan y desarrolló posteriormente una extensa trayectoria literaria en la que su propia vida, la memoria, la condición femenina, las diferencias de clase y la vergüenza ocupan un lugar fundamental. En 2022 recibió el Premio Nobel de Literatura, reconocimiento que coronó una carrera ampliamente reconocida por la crítica internacional.
Entre sus obras encontramos títulos como Pura pasión, La vergüenza, El lugar o este extraordinario El acontecimiento. Ernaux posee una forma de escribir aparentemente sencilla, despojada de artificios, pero tremendamente incisiva. No necesita adornar el dolor para que el dolor nos alcance. Quizás precisamente ahí radique una de las grandes virtudes de su literatura: cuenta lo vivido sin esconderse detrás de la ficción y convierte su memoria individual en una experiencia que trasciende a quien la escribe.
El acontecimiento reconstruye un episodio vivido por la propia autora en 1963. Ernaux tenía 23 años y era estudiante cuando descubrió que estaba embarazada. El embarazo no era deseado y decidió interrumpirlo en una Francia en la que el aborto era ilegal. Comenzó entonces una búsqueda desesperada que la conduciría hasta un aborto clandestino y a una experiencia en la que llegó a poner en peligro su propia vida.
Y ahí comienza el verdadero descenso. Porque lo que más me ha impactado de este libro no es únicamente el aborto, sino la soledad.
La soledad de una mujer joven que sabe lo que quiere hacer, pero descubre que prácticamente todo el sistema que la rodea está construido para impedirle hacerlo. La soledad frente a los médicos, frente a los hombres, frente a las convenciones sociales y frente a una sociedad que convierte una situación íntima en motivo de vergüenza y clandestinidad.
Ernaux busca una salida mientras el tiempo avanza. Pregunta, tantea, intenta encontrar a alguien capaz de ayudarla. Y mientras tanto carga prácticamente sola con una situación que, evidentemente, no ha creado sola. Ese detalle resulta especialmente doloroso.
Hay una responsabilidad masculina que se difumina mientras sobre la mujer recaen el miedo, las consecuencias físicas, la mirada social y el peligro. El cuerpo que sangra es el suyo. El cuerpo que puede morir es el suyo. Y es ella quien tiene que atravesar puertas, silencios y negativas buscando desesperadamente una solución.
La escritora no convierte su experiencia en melodrama. No lo necesita. Su escritura es directa, casi quirúrgica. Y precisamente por eso resulta todavía más dura. El lector comprende que aquello no es únicamente la historia de una joven llamada Annie. Es también el testimonio de tantas mujeres que atravesaron situaciones semejantes cuando la interrupción del embarazo estaba prohibida y los métodos anticonceptivos y la educación sexual no tenían la presencia ni la accesibilidad actuales.
Y es inevitable cerrar el libro y mirar hacia nuestro presente.
Han pasado más de sesenta años desde aquel 1963. Las circunstancias legales y sociales han cambiado profundamente en países como España, pero determinadas preguntas siguen abiertas. Continúan existiendo embarazos no deseados, jóvenes aterradas ante la posibilidad de contárselo a sus familias, relaciones en las que una de las partes desaparece cuando llega el problema y personas que afrontan decisiones para las que emocionalmente no estaban preparadas. Por eso creo que la reflexión no debería limitarse exclusivamente al aborto. Tenemos que hablar también de educación.
Educación sexual, afectiva y emocional. Información sobre anticoncepción. Responsabilidad compartida entre hombres y mujeres. Capacidad para hablar de sexualidad sin convertirla en un tema prohibido. Confianza entre padres e hijos. Herramientas para que una adolescente pueda pedir ayuda antes de encontrarse completamente sola. Porque cuando una joven afronta aterrada un embarazo que jamás entró en sus planes, algo ha fallado antes. Y quizá sea demasiado sencillo buscar culpables individuales.
No creo que debamos convertir automáticamente a esas jóvenes en culpables, ni tampoco reducir toda la responsabilidad a los chicos. Existe una responsabilidad personal, naturalmente, pero existe también una responsabilidad colectiva. Una sociedad que evita educar sobre sexualidad y después juzga sus consecuencias incurre en una contradicción demasiado grande.
El acontecimiento también me ha llevado a pensar en uno de los debates morales más complejos de nuestra sociedad: el conflicto entre la protección de la vida que comienza y la libertad de una mujer para decidir sobre su cuerpo y su maternidad.
Aquí, desgraciadamente, no encuentro una respuesta sencilla.
Para mí existe un valor profundamente importante en la vida que comienza a desarrollarse en el vientre materno. Pero también existe una mujer, con una historia, unas circunstancias, unos miedos y una vida que le pertenece. Reducir semejante conflicto a consignas fáciles supone ignorar el enorme drama humano que puede existir detrás de una decisión así.
Y precisamente ahí encuentro uno de los grandes valores de este libro: Ernaux no nos permite observar el problema desde lejos. Nos obliga a entrar.
Nos hace acompañar a aquella estudiante de 23 años. Nos introduce en su miedo, en sus búsquedas, en sus silencios y en una experiencia física brutal que pudo costarle la vida. De repente, aquello que podría ser simplemente un debate ideológico adquiere un rostro, un cuerpo y una historia.
No estamos leyendo una estadística. Estamos leyendo a una mujer.
Quizá por eso El acontecimiento me ha conmovido tanto. Hubo momentos durante aquellas dos horas y veinte minutos de travesía en los que tuve que levantar los ojos del libro. Y hubo lágrimas. Porque, más allá de cualquier posicionamiento personal sobre el aborto, existe algo imposible de ignorar en estas páginas: el sufrimiento de una persona que se siente sola cuando más necesita ser escuchada.
La Academia Sueca concedió a Annie Ernaux el Premio Nobel de Literatura en 2022 destacando el coraje y la precisión con los que examina las raíces, los distanciamientos y las restricciones colectivas de la memoria personal. Esa definición cobra todo su sentido después de leer El acontecimiento.
Ernaux convierte aquello que durante años perteneció al territorio de lo íntimo y de la vergüenza en literatura y memoria colectiva. Escribe sobre su cuerpo, pero termina hablando de miles de cuerpos. Escribe sobre su miedo y termina rescatando el miedo de muchas mujeres que nunca pudieron escribirlo.
Cuando el ferry llegó a Santa Cruz de La Palma, yo había terminado el libro, pero seguía dentro de él.
Y quizá esa sea una de las mejores definiciones que puedo encontrar para una gran obra literaria: aquella que ocupa pocas páginas, se lee en apenas unas horas y, sin embargo, permanece muchísimo más tiempo dentro de nosotros.
El acontecimiento lo ha conseguido conmigo.
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