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Operación a corazón abierto al Festival de Benicàssim

El público del Festival de Benicàssim en julio de 2022

Elena Cabrera


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Los festivales son uno de los grandes protagonistas culturales de los veranos, pero en este de 2022 lo están siendo especialmente, y no con buenas noticias. Han confluido unas condiciones laborales, una tensión del mercado, una oferta sobresaturada y un clima pospandémico que provocan cancelaciones de eventos —sea por la poca venta de entradas o por problemas administrativos—, devolución de tickets o problemas de producción en la gestión de un público masivo, un detalle ajeno al evento musical pero que acaba desmereciendo la experiencia, que es de lo que va, en realidad, un festival de música.

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“Ahora es un momento raro porque después de estos dos años de parón, mucha gente se ha buscado otros trabajos”, confirma el promotor, mánager y gestor cultural Joan Vich. “Falta gente y falta material, faltan furgonetas, faltan escenarios, porque hubo una desbandada pero eso se va a recuperar en poco tiempo”, aventura.

Vich es el autor de Aquí vivía yo (Libros del KO), un libro de sus 25 años de memorias como trabajador del Festival Internacional de Benicàssim (FIB), un evento que, tras los dos años de parón por la pandemia, tuvo lugar el pasado mes de julio con 180.000 asistentes, un éxito de asistencia equiparado al de sus mejores años.

Aunque el público puede no haberse dado cuenta, salvo por el uso de la llamada “fórmula low cost” y el precio asequible de los abonos (a partir de 60 euros), el actual FIB es muy diferente a todos los anteriores. De entrada, porque los nuevos propietarios, The Music Republic —organizadores del Arenal Sound— adquirieron la marca y el logotipo pero no la empresa que venía realizando el evento desde su fundación en 1994, la cual pasó por tres manos diferentes: los hermanos Morán, Vince Power y Melvin Benn.

Joan Vich fue su último codirector. “Cuando se acabó el festival el lunes por la mañana y todavía estábamos celebrando, nos enteramos de que se había vendido y nos despidieron a todos”, recuerda. “Allí había gente que llevaba con nosotros toda la vida pero también gente que llevaba pocos años, y una cosa que les quise dejar muy clara fue: ‘No vamos a hablar mal del FIB’. Ya no es nuestro festival, ya no estamos ahí, pero es el FIB y vamos a tener un respeto por toda la historia que hemos vivido ahí”.

Esa historia está contada en el libro, no la historia del festival sino la historia vivida por Joan. Ha podido escribirla porque él ya está fuera y un ciclo de su vida se ha cumplido. “En el libro todo es real hasta el punto en el que yo recuerdo las cosas así, lo cual quiere decir que igual no es así, pero yo las recuerdo así”, explica.

La nostalgia de algo que ya no existe, en conjunción con los festivales como uno de los grandes temas de conversación este verano, y esto unido al buen hacer editorial de Libros del KO explican la excelente, y en parte inesperada, gran repercusión de Aquí vivía yo.En honor a la verdad, las anécdotas que desvela Vich en el libro sobre cómo se vivió desde dentro la visita de Pedro Sánchez en el Falcon presidencial en 2018 para ver el concierto de The Killers, también forman parte de su éxito. “¿Cómo va a viajar el presidente del Gobierno? ¿En Ryanair?”, se pregunta Joan Vich en el libro al respecto de una polémica que considera “estéril y estúpida”.

No es la única anécdota política que se desvela en la obra. En ese capítulo, titulado Pedro, el autor ahonda en las visitas de Sánchez al festival. Sin poderlo confirmar, porque nadie de la organización se enteró, la primera visita sucedería en 2011, siendo diputado. Aquel fue el año en el que encabezó el cartel Arctic Monkeys, Arcade Fire, Portishead, The Strokes o Tame Impala que tocó en esa ocasión por primera vez en España; “Todo el FIB votando con los Strokes. Descubrí a Herman Dune, nos los conocía y me encantaron”, escribió Sánchez en un tuit.

Ese año, para presentar tan imponente cartel, se realizó una rueda de prensa en un hotel de Benicàssim, para la que se había anunciado la presencia del alcalde, Francesc Colomer (PSOE), actual secretario de Turismo de la Generalitat Valenciana y el presidente de la Diputación de Castellón, Carlos Fabra (PP), quien dos años después pasaría por la cárcel por defraudar a Hacienda. Lo que sucedió en esa mesa, Vich lo define como una “jugarreta”. Cuando llegó Fabra —“con sus características gafas oscuras, que no desentonaban tanto ni le hacían tan siniestro en aquel entorno soleado”—, los trabajadores del festival bromearon con acariciarle el lomo —“a este señor le ha tocado la lotería en siete ocasiones”— pero su “figura de cacique” imponía. Lo que sucedió esa mañana no lo vieron venir, pero fue una nueva puesta en escena del uso de los festivales como política cultural, en este caso no demasiado elegante.

El festival como herramienta política

Fabra se acercó a la mesa de ponentes, giró sobre sus talones y se sentó entre el público. Mandó que su lugar lo ocupara la diputada de Turismo, Susana Marqués, que además era la candidata del PP a las elecciones municipales en Benicàssim. “Estaban en plena campaña electoral y las elecciones iban a celebrarse pocas semanas después”, apunta Joan Vich. La jugada le salió bien a Fabra: su candidata ganó las municipales. De hecho, ahí sigue desde entonces. Entre el “séquito” de Fabra estaba Ricardo Costa, como recuerda Vich: “Un gigantesco reloj de muñeca al que iba pegado un individuo con el pelo engominado y un traje cortado a medida”. Costa llevaba siendo diputado por Castellón en las Cortes valencianas desde 1995, precisamente el año en el que arrancó el FIB, y todavía lo sería durante cuatro años más, hasta que dimitió por su imputación en la rama valenciana del caso Gürtel.

Letizia Ortiz visitó el FIB en 2013 pero pasó relativamente desapercibida, no así la asistencia de Pedro Sánchez en 2016, en ese momento candidato socialista, por su “atrevida elección de vestuario”, vaqueros y una camiseta de manga larga que Joan Vich define como “ajustadísima” y que “le marcaba los pectorales con un estampado incomprensible, entre orientalista, satánico y las pinturas de Goya, que ya había pasado de moda hacía por lo menos quince años, si es que lo estuvo alguna vez”.

Ese fin de semana, Sánchez se encontró en el backstage con Andrea Levy (PP), hoy delegada de Cultura del Ayuntamiento de Madrid y que en ese año ya había dado el salto a la política nacional de la mano de Mariano Rajoy. Levy se hizo una foto delante de un escenario con dos chicos que llevaban camisetas que decían. “Andrea Levy, por ti me hago de derechas”, según cuenta Vich en el libro.

Dos años después, Pedro Sánchez ya era presidente del Gobierno y el mismo fin de semana del FIB concertó una reunión con Ximo Puig, presidente de la Generalitat Valenciana, lo que “algunos interpretaron como una excusa para poder asistir al FIB y ver a The Killers junto a su familia”, recuerda Joan Vich en el libro. Sanchez dejó en casa la camiseta psicodélica y la cambió por una camisa azul. Vich revela alguna interioridad sobre cómo se preparó el festival para la visita del presidente del Gobierno. Tuvieron una reunión con una persona de seguridad que quiso saber qué camino trazaría el presidente hacia el palco vip. Este responsable le dijo que probablemente usarían inhibidores de frecuencia, a lo que Vich contestó que por favor no lo hicieran porque “gran parte del sonido del festival va sin cables y podría pararse la música”. “Sería muy impopular que se parase un concierto por culpa del presidente”, agregó. Unas horas más tarde, Joan tuvo que pedirle que el helicóptero de la policía dejara de sobrevolar el recinto del festival a una altura tan baja, ya que el ruido de las aspas y el motor ahogaban el sonido de los conciertos.

Levantar un festival a pesar de la quiebra

Aquí vivía yo no es solo la memoria de Joan Vich sobre todos sus años de trabajo en el Festival de Benicàssim, es también un recorrido que acompaña la evolución de la música independiente a mainstream y de los pequeños negocios de amigos a la industria musical.

“El FIB tenía una atmósfera especial porque todos éramos amigos”, recuerda el autor. “Es un poco estúpido porque trabajábamos para unos empresarios pero eran tambien nuestros amigos, nos partíamos los cuernos por ellos. Pero, en realidad, nos los partíamos por el equipo, no podíamos dejar colgados a nuestros compañeros. Hacíamos jornadas loquísimas de 16 horas o más porque formábamos parte de algo que era más importante que nosotros, queríamos que eso saliera bien”, dice.

Cuando acabó y me di cuenta de que lo habíamos conseguido, me derrumbé y me eché a llorar como un niño pequeño

Joan Vich Exdirector del Festival de Benicàssim

El año más duro fue 2013, cuando el festival estuvo a punto de no celebrarse, bajo la presión de las deudas. Vince Power, un vendedor de muebles de segunda mano que acabó dirigiendo los festivales de Reading y Glastonbury, había comprado el festival a sus fundadores, José Luis y Miguel Morán. El FIB se convirtió en “el pulmón” de su grupo empresarial de festivales que generaban pérdidas. Aunque Benicássim era rentable, el grupo sangraba por los cuatro costados y eso acabó afectando al FIB, retrasándose en los pagos a los proveedores. El grupo de Vince Power se declaró en quiebra. “Ese año sacamos adelante el festival contra la opinión y la voluntad de prácticamente todo el mundo, excepto los que habían comprado la entrada. Cuando acabó y me di cuenta de que lo habíamos conseguido, me derrumbé y me eché a llorar como un niño pequeño. Era increíble, no me lo podía creer, habíamos hecho el festival ese año, fue muy bonito”, recuerda el promotor.

El libro, subtitulado como “una crónica emocional”, está dedicado a Ernesto González, músico y compañero de Joan Vich durante años al frente de la dirección de comunicación del festival, y uno de los personajes clave no solo del libro sino del porqué el Festival de Benicàssim mostró una imagen diferente a otros festivales: cercana, abierta, transparente y que proyecta una  pasión por la música que se anteponía al negocio. González falleció a causa de una enfermedad en mayo de 2020.

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