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El chico de los recados viene a España ¡otra vez!

17 de octubre de 2026 22:11 h

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Los líderes de partidos pequeños, minúsculos e ínfimos de izquierdas han alcanzado un acuerdo: no se soportan entre sí y eso les importa más que cualquier otra cosa. Muy bien. No voy a escribir sobre ello: la espuma que me sale por la boca anegaría mi sintaxis y le tengo aún respeto.

Entretanto, las encuestas otorgan unos 14-15 puntos de ventaja al bloque de la derecha que, pese a la holgura, no da nada por ganado. En los próximos días una de las glorias de la ultraderecha mundial, Javier Milei, aterrizará en España para movilizar el voto ultra. Veremos al presidente argentino haciendo campaña en nuestras elecciones. Participará en actos de Vox y es previsible que se reúna con Ayuso. La sintonía con Milei no ofrece dudas: él lo llama “motosierra”; Vox, “desregulación”. Él habla de los “zurdos hijos de puta”; Ayuso lo concreta en una persona. Los tres son fabricantes de odio.

Hace años que la ultraderecha se coordina de forma global en cuestiones políticas, electorales y, en algunos casos, financieras. Se prestan apoyo mutuo, comparten estudios, programas, lemas, objetivos. Pero sobre todo comparten adversario político y eso les motiva suficiente para actuar coordinados.

La pasión de Milei por España resulta conmovedora: somos el segundo país del mundo al que más veces ha viajado desde que es presidente, siete incluyendo esta. Paradójicamente, nunca ha hecho una visita oficial. Ahora tampoco. Solo hay un país que Milei haya visitado más que el nuestro, Estados Unidos. Allí sus viajes son perrunos, con perdón para los perros: cuando al partido de Milei le auguraban una derrota en las elecciones legislativas de 2025, firmó un rescate financiero con EEUU. Al momento, los bonos y las encuestas se dieron la vuelta. Es una de esas deudas que Milei no terminará nunca de pagar.

Ahora los argentinos lo llaman el che pibe de Trump, o sea, su chico de los recados, pero yo me confieso admirada de la capacidad de coordinación de la ultraderecha global. Aplican a cualquier problema una mirada de apisonadora sin matices. Cuando hay elecciones, en cambio, su sutileza es florentina: dado que la mayor parte de la opinión pública española y europea juzga mal a Trump, nos manda al che pibe. Así crece y se perfecciona el bucle de la coordinación y el apoyo mutuo: yo te salvo unas elecciones, tú me haces campaña en España y Brasil.

Ah, que no se me pase lo de Brasil: país con gobierno progresista, hay que observarlo bien. En la primera vuelta el presidente argentino hizo campaña activamente por Flavio Bolsonaro o, mejor dicho, contra Lula. Lo llamó “ladrón”, “corrupto” y “presidiario”. Que un presidente insultara a otro era una práctica insólita, pero Milei la ha convertido en costumbre. Podemos esperar lo mismo, y no será la primera vez. Por eso Ayuso quiere también recibirle: no puede quedarse atrás en el ranking de insultadores de Pedro Sánchez. Y ella es la más interesada en que la alianza ultra global la identifique como socia preferente.

Milei no fue el único que actuó en la campaña brasileña: Meta, la tecnológica de Mark Zuckerberg, ha sido obligada por el Tribunal Electoral brasileño a proporcionar información en pie de igualdad de los dos candidatos, después de la denuncia de que su IA era más generosa con Bolsonaro. O es un despiste muy tonto o es una prodigiosa unidad de acción -formal o informal- de la ultraderecha y los magnates tecnológicos. El domingo que viene veremos si en Brasil triunfan Trump y Peter Thiel, que dan por difunta la democracia y el Estado de bienestar. En realidad, el Estado sin más.

En estos momentos, Milei tiene más predicamento en España que en Argentina. Y trae dinámicas electorales inducidas desde Washington contra cualquier gobierno que se vea como enemigo. También son previsibles en nuestras elecciones injerencias rusas, como en otros países de los que hablé hace un par de semanas. Pero siempre serán opacas y con ese aire carbonario que tiene todo lo que hace Putin. Nunca nos ofrecerá el insuperable espectáculo del che pibe.