Del engaño, el autoengaño y el voto útil
Se ha hecho realidad lo que todos sabíamos: no hay pacto nacional de todas las izquierdas para intentar impedir un gobierno de Feijóo y Abascal. No hay que perder tiempo en atribuir culpas y responsabilidades, ya se encargarán las urnas. Y las matemáticas. Nos toca, por ciudadanos, hacer lo que ellos no han hecho. Es, sin embargo, triste que en este camino a ninguna parte se haya estrellado, a nivel nacional, el siempre prometedor y gran intérprete Gabriel Rufián.
El político catalán ha elegido el peor momento de su carrera para publicar un libro titulado Cómo ganar a los fachas, predestinado a las estanterías de autoayuda para dummies. Rufián habló de “espectáculo dantesco” para definir la negociación entre fuerzas más egocéntricas que concéntricas y, desde luego, el viernes parecía que acababa de explorar los tres reinos del ultramundo y la variada colección de desvíos espirituales y lacras morales de las izquierdas. De entre todos los pecados que puede cometer un hombre, Dante se obsesionó con la avaricia y ha sido la falta de generosidad lo que ha hecho fracasar la empresa que Rufián se había autoimpuesto, aunque todos sospechamos que su verdadero objetivo, reforzar su posición dentro de ERC y en Cataluña, lo ha conseguido con creces. El engaño comienza, casi siempre, con la predisposición a dejarse engañar.
Mientras algunos partidos de izquierda avanzan a paso ligero hacia la irrelevancia, Feijóo ha decidido hacer una campaña triste, acorde al tiempo triste que nos espera si semejante medianía llega a gobernar. En lugar de prometer ilusión, promete sacrificio, con esa obsesión de la derecha de convertir a los ciudadanos en penitentes. Tiene un prestigio asombroso la idea de que, cuanto peor lo pasen los ciudadanos, mejor irá el país. Como si un país fuera algo distinto a las personas que lo habitan. Así, si trabajas más horas, cobras menos, no te das alegrías y te fustigas regularmente, España irá como un cohete. Es falso, claro está. Pero la derecha no renuncia a hacer de este mundo un valle de lágrimas, con la notable excepción de Ayuso, que promete felicidad y cañas y solo pide un ático y que los rojos se duchen y no se solivianten. Que no protesten ni reivindiquen, y se dediquen a trabajar y consumir desaforadamente en el Madrid de los acentos y las experiencias.
Nosotros, el pueblo, sí hemos entendido que estas son las elecciones más importantes del siglo XXI porque el cambio de época va a estar marcado por el llanto y crujir de dientes. Como solo tenemos una vida, no la queremos malgastar sufriendo ni haciendo sufrir a otros. Feijóo, asentado en el siglo pasado, reivindica su momento, como si en estas elecciones estuviéramos hablando de alternancia y no de resistencia. Resistencia a las extremas derechas reaccionarias, racistas, desreguladoras, salvajes, protectoras de los ricos, antiintelectuales. Lilliana Mason, profesora de Ciencias Políticas en la universidad Johns Hopkins y autora de Radical American Partisanship: Mapping Violent Hosility, Its Causes, and the Consequences for Democracy habla de “desvinculación moral” de una parte de los ciudadanos que votan opciones de ultraderecha revanchistas que no consideran que todas las personas deben tener los mismos derechos y dignidad frente al poder del Estado. Mason no cree en la polarización: cree que hay ciudadanos que no respetan el progreso social y otros que se resisten a que los postulados racistas, misóginos y perpetuadores de la desigualdad triunfen. De esto van estas elecciones que no podemos dar por perdidas, pese a la codicia que Dante detestaba y la deshumanización a la que la derecha ha decidido entregarse.
Un último apunte. Pedro Sánchez, que sí ha entendido de qué van estas elecciones y por eso las ha adelantado, ha introducido el amor y a Begoña Gómez en campaña. Amor contra sufrimiento. Y con ese planteamiento emocional va a cosechar, sin rival y por incomparecencia de los demás, el voto útil, el voto racional que sirve, de verdad, para armar la resistencia que todos necesitaremos.