Malas víctimas, malas desahuciadas, malos españoles
Maricarmen no era una “buena desahuciada”, como bien nos recordaron ciertos medios hasta justo antes de su muerte, y algunos incluso después: la mujer convertida en símbolo de la lucha por la vivienda no era pobre, no cobraba una pensión de miseria, vivía al lado del Retiro por un alquiler que ya querríamos todos, era un poco antipática con los vecinos, se quejaba del ruido que hacían los niños, iba al bingo… Para haber sido seleccionada en un casting por el gobierno (como sostienen algunos cafres), no eligieron a la mejor desahuciada, la verdad. Tampoco era fácil encontrar a una desahuciada modélica: ninguna de las miles que han perdido su casa resistiría el escrutinio de esa prensa que siempre encontrará fallas, contradicciones, malas decisiones, agujeros en el relato, imperfección humana. ¡No podía pagar el alquiler, pero iba a la peluquería! ¡Le vieron tomando una cerveza en un bar! ¡Usaba el taladro a la hora de la siesta!
Con la misma exigencia de ejemplaridad juzgan al Sindicato de Inquilinas (¡uno de sus portavoces es de buena familia!), a los actores y cantantes que apoyan sus reivindicaciones (¡todos millonarios, tienen varias casas, en las galas de premios visten trajes que valen varios salarios mínimos!), a los sindicatos que se unen a la huelga (¡subvencionados, se van de cañas al terminar las manifestaciones!) y a los propios acampados de Sol (¡no estarán tan indignados cuando hacen talleres de biodanza!).
La trampa de la “víctima perfecta”, bien conocida entre las mujeres que sufren una violación (¡llevaba la falda corta, tardó en denunciar, envió una foto graciosa a sus amigas por WhatsApp, fue a un concierto un mes después de la violación, no llora bastante!), se aplica hoy a cualquier persona o colectivo al que se quiera desactivar, deslegitimar, cuando no criminalizar: los inmigrantes de Ceuta (¡tienen teléfonos móviles, se cortan el pelo a la moda!), los inmigrantes que llevan años viviendo en España (¡no aceptan cualquier trabajo, no se integran sin rechistar, quieren derechos, cometen delitos!), los jóvenes precarios que se quejan de no poder comprar una casa “pero bien que van a festivales de música y tienen móviles caros” (el smartphone como acusación vale para todo), los políticos de izquierda que no hacen voto de pobreza, los periodistas críticos que son fotografiados en buenos restaurantes, los mendigos que se gastan la limosna en vino…
Y por supuesto, estamos los malos españoles, los que no encajamos en el viejo molde del español ideal: blanco, heterosexual, católico, castellanohablante… Cualquier mínima disidencia ya te convierte en “mal español”, la eterna acusación de ser la anti-España. Los buenos españoles celebrarán este 12 de octubre la Fiesta Nacional como Dios manda: abucheando al presidente en el desfile. Los malos españoles nos quedamos en la cama igual.
Tiene gracia que los mismos que presumen de ser políticamente incorrectos y practican el “malismo” más inclemente en sus mítines, intervenciones parlamentarias, tertulias conspiranoicas y columnas periodísticas, luego vayan expidiendo certificados de ejemplaridad. Nunca conseguiremos estar a la altura de sus listones inalcanzables y trucados. Así que, igual que hace unos años surgieron las “malas madres” contra las imposiciones de la crianza modélica, tal vez debamos proclamarnos con orgullo como malos activistas, malos manifestantes, malas desahuciadas, malos inmigrantes y, por supuesto, malos españoles. Y que digan.