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Por qué el neoludita rompe el iPad con un martillo

15 de agosto de 2026 22:37 h

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Ocurrió hace unas semanas en Nueva York. Cientos de personas se congregaron en el Festival Summer of Ludd, en homenaje a Ned Ludd. Según la leyenda fue el primer obrero que destrozó dos telares a martillazos al principio de la revolución industrial.

El festival neoyorquino estaba organizado por el movimiento neoludita, cuyos miembros defienden la vida con textura real, en la que nadie es esclavo de la tecnología. Fue una protesta contra los tecnoligarcas, que aseguran estar diseñando la IA mientras diseñan cómo explotar nuestras vulnerabilidades.

Los neoluditas realizan actos públicos por el placer de reunirse. Bailan, cantan, conversan, sin que nada de eso esté mediado por la tecnología: cultivan las relaciones humanas directas. Leí una crónica fabulosa del evento (aquí): nada de lo que hacen resulta extraordinario y a la vez todo lo es.

En su mayoría son jóvenes, aunque en los 120 eventos del festival se vio gente de todas las edades. Defienden una suerte de comunitarismo que rechaza el aislamiento derivado de la tecnología. Ocupan las calles, se miran a los ojos. No obligan a nadie a dejar el móvil en casa, pero cuando la cronista sacó su teléfono para hacer una foto, alguien le dijo: “Nosotros no hacemos estas cosas”. Le faltó añadir: puag.

Lo cierto es que resulta casi imposible encontrar información sobre los neoluditas en redes sociales. Apenas hay imágenes de sus actos. No tienen líderes ni organización centralizada: se inspiran en el feminismo. Consideran que el diseño de la tecnología ha erosionado el “bien común, el tejido social, las instituciones y el interés colectivo”. Se proponen impulsar la actuación colectiva frente a las grandes tecnológicas, y recuperar los espacios públicos para que la gente conecte. Quieren un mundo “asentado en lo local, los bienes públicos, el cuidado, la diversión, la democracia”.

Comparten experiencias sobre cómo apearse de la tecnología y ofrecen sus conciertos y lugares de encuentro como alternativa. Esto me parece inteligente: decir a la gente que esté menos tiempo en la pantalla no sirve de nada si no se ofrece algo mejor. A veces destruyen un iPad a martillazos, como los luditas históricos destruían telares.

Todo ocurre en el momento oportuno: mientras llegan noticias de agentes de IA que toman decisiones propias, los neoluditas nos recuerdan que los realmente autónomos somos los humanos. El mundo digital, tan iluminado, es angosto. Fuera de él corre la vida entera, que nos pilla más cerca en vacaciones.

Que los neoluditas hayan elegido ese nombre es una declaración de intenciones. Durante años se ha esgrimido el término “ludita” como acusación para quien no reverencia la tecnología. Estas gentes no quieren caer bien, sino buscar otro camino. Les inspira aquella primera respuesta organizada de los trabajadores ingleses contra las máquinas.

La destrucción de maquinaria textil de los luditas ingleses llegó a ser una amenaza para el establishment industrial inglés. Por eso en 1812 el Parlamento británico aprobó la pena de muerte para quienes recurrieran a esa forma de protesta. En su defensa intervino Lord Byron, propietario de tierras en el condado de Nottinghamshire, donde el brote ludita fue más potente: “¿No hay ya suficiente sangre en vuestro código penal, que aún debe verterse más para ascender al cielo?”, dijo a los parlamentarios. Cuatro años después escribió su Canción para los luditas.

Pese a todo el desprestigio que les ha caído encima, fueron el embrión del movimiento obrero. Si estás leyendo esto durante tus vacaciones pagadas, les debes algo. Y si trabajas en la economía de las plataformas o eres autónoma y no disfrutas de vacaciones pagadas, ya ves la alternativa.

Los tecnoligarcas se han apropiado de la idea del progreso pero ya no convencen a nadie: la revolución tecnológica ha desbaratado la protección social, ha precarizado el empleo y tritura la salud mental. Si nos transportan a los albores de la revolución industrial, sólo cabe hacerse neoluditas. Leyendo bien la historia, todo lo importante sucede cuando un grupo de gente comienza a organizarse en torno a sus problemas comunes. Entonces surge lo que Emile Durkheim llamó “efervescencia colectiva”. Está pasando.