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Opinión - Hienas que vomitan odio, por Esther Palomera

Respeto

8 de octubre de 2026 22:34 h

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El nivel de insultos, chascarrillos, acusaciones gravísimas y tacos en la política española –y su entorno en redes y medios– llama la atención en Europa. Lo que pasa en España no es lo normal ni en el tono ni en las formas ni en el fondo. Y no es algo cultural ni inevitable en la era de las redes: en otros países hay reglas escritas y no escritas para evitarlo. Lo más parecido al bochorno diario en España en una democracia occidental probablemente se da hoy en Estados Unidos. 

La mezcla de lo burdo y lo mezquino queda a menudo como un trasfondo lejano en la vida de los ciudadanos de a pie, que en su gran mayoría no se comportan así en sus trabajos ni en sus relaciones personales. Casi el mejor escenario es que el discurso agrio no cale en la población, entre la costumbre y la atención de la mayoría a sus cuitas diarias. Pero por mucho que estemos acostumbrados a la zafiedad pública, es chocante la falta de respeto mínimo, aunque sea efímero, tras la muerte de Maricarmen Abascal, una madrileña que pasará a la historia como pocos vecinos de a pie lo han hecho. 

Que políticos del PP y Vox sean incluso incapaces de un gesto tan básico y universal como levantarse y guardar un minuto de silencio por una anciana que ha sufrido tanto en los últimos años y en los últimos días de su vida traspasa las fronteras más básicas de la decencia. Es un reflejo de cómo un político se puede convertir en autómata hasta perder cualquier rastro de empatía y normalidad. Pero también del estado del discurso público: más allá de la poca calidad personal, es muy inquietante que en la cabeza de estos políticos mostrar un momento de respeto y unanimidad les quite puntos frente a su electorado, sus jefes o sus colegas.

Está claro que guardar un momento de respeto es un símbolo de que nada cambia lo que ha pasado, pero incluso los gestos forzados son parte esencial de la convivencia. Los practicamos todos en nuestra vida social y profesional, y son esenciales para evitar el conflicto perenne. 

Maricarmen se merece respeto y un poco de silencio. Y eso es pedir muy poco. Poquísimo, de hecho.