Un paseo con Alana S. Portero por los escenarios de 'Cosamala', la historia de las '17 rosas' de Guillena
La localidad sevillana de Guillena vivió en septiembre de 1937 escenas de pesadilla cuando 17 vecinas de entre 24 y 70 años fueron detenidas, humilladas de múltiples formas y finalmente fusiladas en el cercano municipio de Gerena. Allí permanecieron sus cuerpos hasta que el movimiento de recuperación de la memoria histórica logró devolverlos a Guillena y darles digna sepultura en el cementerio local. Noventa años después, Alana S. Portero (Madrid, 1978), que se dio a conocer con la novela La mala costumbre, recrea a estas mujeres a través de la ficción en la novela Cosamala, que acaba de ver la luz en Seix Barral.
“La madre de mi mejor amiga es de Guillena, y fue ella quien me contó la historia de las '17 rosas'”, explica la escritora mientras camina por las soleadas calles del pueblo, en lo que en pleno mes de octubre parece ser ya un verano eterno. “Me decidí a escribir sobre ellas por esa relación personal, pero también por el silencio que envolvió todo durante décadas. No quería hacer un ejercicio de novela histórica, sino explorar las posibilidades de la Historia. Seguir diciendo sus nombres y lanzando su eco al viento, mientras imagino una historia de venganza y restitución a través de la maravillosa tradición de las brujas”.
La primera parada es en la plaza del Ayuntamiento, donde junto a descendientes de aquellas mujeres y representantes de la asociación local que logró la exhumación y el traslado de sus restos. Allí recuerdan cómo aquellas campesinas y amas de casa, madres, esposas, hijas o hermanas de milicianos y republicanos, fueron arrancadas de sus hogares, fueron detenidas en septiembre de 1937, rapadas, obligadas a tomar aceite de ricino y sometidas a humillaciones públicas por no revelar el paradero de sus parientes huidos. E inciden en que el consistorio, por el que ahora deambulan pacíficos funcionarios, “fue entonces centro de detención, lo cual resulta elocuente: la Casa del Pueblo convertida en cárcel”.
Crueldad contra las mujeres
A unas calles de allí se levanta El Palomar, un centro de día que en la novela de Portero se transforma en La Paloma, local de ocio que le sirve para “rendir homenaje a la cultura de cabaret en España, que tras la guerra hubo de transformarse en otra cosa”, y donde aparecerá un personaje inolvidable de la novela, La Tórtola, “el mariquita del pueblo para el que la República, como para todas aquellas mujeres, era mucho más acogedora que lo que vendría después”: “Su historia es también la historia de España”.
Junto a la escritora, Blanca, la bisnieta de Manuela Méndez, una de las '17 rosas', recuerda que el movimiento de memoria histórica cristalizó en un colectivo cuando ella tenía 8 años. “Aquel crimen era algo que estaba ahí, acompañándonos hasta el punto de que lo habíamos normalizado, sin darnos cuenta de que este y otros episodios son pruebas de la crueldad del franquismo contra las mujeres. Lo que hicieron no se le hace ni a los perros”.
Algo debió de influir la memoria familiar, y el posterior proceso de restitución de las víctimas de aquellos turbios días, para que la joven acabara decantándose por estudiar Historia. “Ahora nos hace ilusión que se ponga en valor la figura de estas mujeres gracias a una novela”, añade. “El arte siempre deja algo abierto, siempre lanza la pregunta de qué habría pasado si las cosas hubieran podido ser diferentes”.
Lugares de recuerdo
Lucía Socam, cantautora guillenera, activista por la memoria y autora del libro Memoria de Guillena. Tierra de rosas silenciadas, recuerda camino del cementerio cómo fueron las tareas de exhumación, iniciadas en enero de 2012, y el traslado desde Gerena a Guillena, en diciembre del mismo año. “Fue muy emocionante el contraste entre el modo en que se las llevaron clandestinamente, subidas a un camión, y cómo regresaron, y cómo volvieron con una caravana interminable de coches de familiares, de amigos, de gente de asociaciones de otros pueblos enarbolando banderas republicanas, una por cada una de ellas”.
Para Alana S. Portero, “conviene reflexionar sobre qué nos pasa como pueblo cuando se nos amputa la posibilidad de despedirnos de nuestros muertos, y qué le hace a la tierra todo eso. Es algo que me obsesiona”, reconoce cuando se adentra en el pequeño camposanto de Guillena, que también sirve de escenario a uno de los episodios de la novela. Al fondo de la calle central, una pequeña capilla reconoce a las 17 rosas con sencillos azulejos que evocan sus nombres. “Aquí también se ejecutó a gente: los cementerios se convirtieron en lugares de muerte, cuando deberían ser de recuerdo. En Cosamala es el lugar en el que las almas no descansan y siguen señalando las injusticias”.
Visiblemente emocionada, Portero contempla los nombres pintados como “un símbolo de que no se pide tanto cuando se clama por enterrar a tantas víctimas del franquismo. Un azulejo y ya está. No creo que algo tan sencillo vaya a romper ningún país”, asevera. “Si no logramos que en el resto de España se resuelvan estas situaciones, va a seguir pesando esta fractura heredada de la Guerra Civil. Y hasta ahora, nuestro país no lo ha hecho bien. Hemos fracasado asquerosamente en esto”.
Sin odio ni revanchismo
Los vecinos muestran de lejos curiosidad por las cámaras y los periodistas que acompañan a la escritora. No resulta difícil imaginar entre ellos a los parientes de quienes sufrieron la represión del bando vencedor, pero también debe de haber descendientes de quienes ejercieron aquella violencia. ¿Cómo han convivido todo este tiempo unos y otros? “Es importante subrayar que no hemos guardado rencor”, dice Socam, “lo que hemos querido siempre es que se nos cuente la verdad. Los más jóvenes sabíamos que habían pasado cosas terribles en la guerra, que había recuerdos del ‘abuelo que se fue y no volvió’. Pero la convivencia se ha hecho con toda la normalidad posible. Hemos alentado el conocimiento y la investigación sin odio ni revanchismo”.
Por último, ya de vuelta a Sevilla, la autora de Cosamala explica que ha debido controlar ciertos impulsos porque “la ideología no escribe buenas novelas, aunque tiene que estar presente en lo que escribes”, y recalca que se ha quedado corta en algunos pasajes: “La historia real es más terrorífica de lo que una puede imaginar. Todo lo que cuento está rebajado. Si hubiera usado el cien por cien de lo que he aprendido sobre esta historia, no me habrían creído, me hubieran dicho que hacía propaganda y caricatura de los personajes. Y eso nunca me lo hubiera perdonado. Yo he intentado tener compasión de todo el mundo. Y ser compasiva con alguien como Queipo de Llano, por ejemplo, me ha quitado el sueño”.