El barco gaditano que naufragó hace más de medio siglo en Lanzarote y del que ahora se han recuperado los restos de tres de sus tripulantes

La tragedia del Domenech de Varó ha marcado el calendario de la memoria marinera de Cádiz durante más de medio siglo de silencio y misterio absoluto. El fatídico seis de febrero de 1973, este pesquero portuense desapareció en las bravas aguas de Lanzarote, dejando tras de sí un rastro de dolor e incógnitas que solo ahora, cinco décadas después, empiezan a despejarse finalmente para sus seres queridos. Tras cincuenta años de incertidumbre, la esperanza ha renacido al haberse recuperado los restos de tres de sus tripulantes que ya han podido ser localizados con certeza. La reciente intervención en el cementerio de Arrecife representa todo un paso para cerrar la herida.

Aquel invierno de 1973, el barco de casco de madera y 18 metros de eslora partió desde El Puerto de Santa María con doce tripulantes. Sin embargo, un fallo mecánico en la culata del motor obligó a la embarcación a buscar un refugio urgente en la costa de Lanzarote para realizar reparaciones. La fortuna les dio la espalda cuando un temporal de viento del este, acompañado de una densa niebla y calima, empujó al buque contra las afiladas rocas de Mala. A la una de la madrugada, el impacto seco contra el fondo marino selló el destino de diez de sus hombres, mientras el oleaje barría la cubierta con fuerza implacable. 

El Domenech de Varó se desintegró rápidamente bajo el océano. De la tripulación total, únicamente dos hombres lograron burlar a la muerte en aquella noche de espanto y caos absoluto. El patrón de costa Vicente Pérez Yáñez y el marinero José Manga Rodríguez fueron los únicos que alcanzaron la orilla con vida. Manga relató años después cómo el agua le llegaba a la barriga segundos después del choque y cómo las olas gigantescas se llevaron a sus compañeros. Exhaustos y en estado de shock, deambularon por la costa de Mala hasta encontrar auxilio en una casa habitada por residentes extranjeros. El resto de los marineros, hombres de Sanlúcar, Barbate, Cádiz y El Puerto, no tuvieron la misma suerte. Mientras los dos supervivientes eran atendidos, comenzaba la búsqueda de los cuerpos.

Durante los días posteriores al naufragio, las tareas de rescate permitieron localizar ocho cuerpos, pero la identificación resultó ser una tarea compleja y desigual. Solo tres de los fallecidos, José Bernal, Antonio Rodríguez y Manuel Valiente, pudieron ser reconocidos por sus compañeros antes de ser enterrados en Arrecife. Los otros cinco cuerpos recuperados presentaban un estado tan deteriorado que las técnicas forenses de la época fueron incapaces de ponerles nombre. Las autoridades nunca informaron a los familiares sobre la aparición de estos cinco cadáveres anónimos. En la península, a las familias se les dijo simplemente que estaban desaparecidos.

Hijos como José Manuel Pose y Ana Ladrón de Guevara crecieron con la sombra de esa ausencia y la pena de sus madres, que fallecieron sin llevar flores a una tumba. José Manuel, que perdió a su padre siendo adolescente, nunca se conformó con la versión oficial de la desaparición total en el fondo marino. La creación de la asociación de familiares fue el motor que unió a personas de distintas localidades gaditanas que compartían el mismo dolor y las mismas dudas. Gracias al uso de las redes sociales e internet, estos descendientes lograron tejer una red de contactos que les permitió descubrir la existencia de los nichos. Tras medio siglo de silencio, descubrieron que sus padres sí habían sido recuperados.

El impulso definitivo llegó de la mano de investigadores locales como Luis Moreno, quien buceó en los archivos municipales de Arrecife para confirmar las sospechas. Moreno descubrió que los registros del cementerio coincidían con las fechas del suceso y mostraban espacios en blanco junto a los marineros ya identificados. Con esta evidencia, la asociación emprendió un complejo camino legal y económico para solicitar la exhumación de los nichos 70, 72, 73, 75 y 76 del camposanto canario. Tras meses de gestiones y con el apoyo de instituciones como la Diputación de Cádiz, se consiguió la autorización judicial necesaria. Finalmente comenzaron los trabajos para extraer los restos de los cinco tripulantes.

Un anhelo cumplido

Para las familias, la probabilidad de que sus padres se encuentren en esos nichos es elevada, una cifra que prefieren arriesgar frente al cero absoluto inicial. Este esfuerzo ha requerido una inversión considerable, recaudada mediante subvenciones y donaciones de diversas entidades. No se trata de reclamar indemnizaciones, sino de cumplir con la responsabilidad moral que la administración tenía pendiente con los fallecidos.

Cerrar la herida del Domenech de Varó significa devolverle la paz a una generación de gaditanos que fue golpeada por la tragedia y por la ocultación de datos. Ana Ladrón de Guevara expresa el deseo común de llevar las cenizas de su padre junto a su madre, cumpliendo un anhelo que parecía imposible hace pocos años. El justo reconocimiento de estos marineros en sus pueblos de origen servirá para honrar su sacrificio y que su historia no se pierda en el olvido. Aunque dos cuerpos nunca serán hallados, saber que otros cinco pueden regresar a casa aporta un consuelo inmenso.