Catalina la Grande, la zarina de Rusia que orquestó un golpe de estado contra su marido para arrebatarle el poder
En un principio, parecía que el matrimonio entre Catalina y Pedro podía funcionar. Ambos eran jóvenes, de origen alemán y habían sido elegidos cuidadosamente para garantizar la continuidad de la dinastía Romanov. La unión entre ambos la había organizado nada menos que la emperatriz Isabel de Rusia, tía de él sin descendencia, para asegurar la sucesión al trono.
En 1742, Pedro fue llevado a San Petersburgo y reconocido oficialmente como heredero del imperio. Solo tres años después, contrajo matrimonio con la joven Catalina, pero el matrimonio comenzó a resquebrajarse casi desde el principio, especialmente por el carácter déspota de Pedro. Durante los casi dieciocho años que transcurrieron entre su boda y la muerte de la emperatriz Isabel, las diferencias entre ambos no hicieron más que crecer.
Ante este panorama, Catalina no desaprovechó la oportunidad y fue creando alianzas entre la nobleza y la Guardia Imperial, mientras observaba con atención el funcionamiento del poder en la corte. Todo ese conocimiento le serviría en un futuro, aunque en aquel momento nadie lo supiera.
La preparación del golpe
Cuando Isabel murió en enero de 1762, el marido de Catalina ascendió al trono y se convirtió en el zar Pedro III. Su reinado, sin embargo, sería uno de los más breves de la historia de Rusia. En apenas seis meses tomó decisiones que provocaron el rechazo y la enemistad con buena parte de sus aliados, incluyendo el ejército, la aristocracia y la iglesia.
“Pedro III no tenía mayor enemigo que sí mismo. Todas sus acciones rozaban la locura. Sentía placer al golpear hombres y animales”, llegó a escribir Catalina en sus memorias. El odio de Pedro hacia Rusia y su política de acercamiento a Prusia, gran enemiga del imperio, no hicieron más que servir de aliciente para que germinara una conspiración contra él en la que su esposa también estuvo implicada.
La Guardia Imperial, con la ayuda de los nobles de la corte, derrocó al zar, y Catalina no tardó en actuar: se nombró a sí misma como emperatriz de Rusia un 22 de septiembre de 1762 en la Catedral de la Dormición, en Moscú. Tras asumir el control del país con solo 33 años, la zarina revirtió inmediatamente las reformas que había impulsado su marido.
Lo que había comenzado como un matrimonio concertado para asegurar la continuidad de la dinastía Romanov terminó dando paso a uno de los reinados más largos e influyentes de la historia del país. Catalina la Grande gobernó durante 34 años, mucho más que el hombre al que había destronado, una etapa en la que consolidó a Rusia como una de las grandes potencias europeas del siglo XVIII.