Los científicos ponen sobre la mesa una base de cuarentena en la Luna por si aparecen formas de vida alienígena
Una cápsula de la misión OSIRIS-REx regresó con muestras del asteroide Bennu en 2023 y acabó en un laboratorio preparado del Centro Espacial Johnson de la NASA, donde los científicos trabajaron bajo controles destinados a preservar el material y evitar contaminaciones en ambas direcciones.
Ese precedente muestra hasta dónde llegan hoy los protocolos terrestres, pero dos investigadores creen que las próximas muestras con posible actividad biológica deberían detenerse antes de alcanzar el planeta.
Las especies invasoras alimentan la cautela ante posibles microorganismos
Frederick I. Moxley, director de Strategic Threat Analysis and Research Laboratories, y Anthony Ricciardi, profesor James McGill de Biología y director de la Bieler School of Environment de la Universidad McGill, han propuesto en la revista Ambio construir una instalación de cuarentena en una futura base lunar de la NASA. Su planteamiento traslada el primer análisis fuera de la biosfera terrestre y convierte la Luna en una barrera previa para material procedente de Marte y de otros destinos del sistema solar.
La preocupación parte de una posibilidad que todavía no se ha confirmado, ya que hasta ahora no se ha hallado vida extraterrestre, aunque las misiones espaciales buscan indicios biológicos cada vez más lejos. Ricciardi, experto en invasiones biológicas, utiliza la experiencia terrestre con especies invasoras para justificar la precaución y advierte que “décadas de investigación sobre especies invasoras han demostrado cómo un organismo introducido en el lugar equivocado y en el momento equivocado puede propagarse sin control con efectos potencialmente devastadores e irreversibles a largo plazo sobre los ecosistemas”.
El riesgo que describen los autores incluye accidentes de naves que transporten material contaminado y situaciones en las que astronautas hayan estado expuestos a entornos extraterrestres. Moxley y Ricciardi consideran que ninguna instalación terrestre puede garantizar por completo la contención, la eliminación o el control de un microorganismo desconocido si se produce un accidente, de modo que situar la primera barrera fuera del planeta reduciría la posibilidad de que una liberación alcanzara la biosfera.
El aislamiento lunar serviría como barrera previa para la biosfera
La Luna reúne varias condiciones que explican la elección, porque se encuentra a unos 384.000 kilómetros de la Tierra, permanece aislada de la biosfera terrestre y carece de una biosfera conocida. Moxley resume esa función al señalar que “la instalación propuesta actuaría esencialmente como un cortafuegos entre la Tierra y cualquier organismo vivo potencialmente peligroso que pudiera acompañar a futuras misiones espaciales de regreso”.
El proyecto prevé que las muestras sean manipuladas por sistemas robóticos avanzados dentro de la instalación, con el objetivo de limitar la exposición humana y evitar liberaciones accidentales. La actividad espacial añade presión a este debate, ya que agencias públicas y compañías privadas están ampliando sus misiones fuera de la órbita terrestre, mientras el programa Artemis de la NASA mantiene como objetivo el lanzamiento y alunizaje tripulado de Artemis 4 a comienzos de 2028.
Las normas de protección planetaria ya obligan a esterilizar cuidadosamente las naves antes de enviarlas a otros mundos y las misiones de retorno aplican protocolos específicos, aunque la nueva propuesta añade una barrera física fuera de la Tierra antes de autorizar el traslado final.
Moxley considera que las medidas actuales no han avanzado al mismo ritmo que los riesgos y afirma que “la humanidad está entrando en una nueva era de exploración espacial, pero nuestras estrategias de protección planetaria no han seguido el ritmo de los riesgos asociados al retorno de muestras extraterrestres a la Tierra”.
El hallazgo de vida obligaría a cambiar los planes de regreso
El planteamiento deja abierta una decisión que afecta a futuras misiones de retorno, porque detectar vida fuera de la Tierra tendría un valor científico extraordinario y, al mismo tiempo, obligaría a decidir dónde examinarla antes de acercarla a ecosistemas terrestres.
Si las agencias adoptan esta estrategia, la Luna dejaría de ser únicamente un destino de exploración y pasaría a desempeñar una función preventiva antes de cualquier entrada de material biológico desconocido en el planeta.