El año en que la Vuelta a España acabó un martes 13 en esta ciudad andaluza y su ganador se impuso también en la crono de la última etapa

Aquel histórico martes 13 de mayo de 1986 quedó grabado para siempre en la memoria colectiva del ciclismo español. En esa fecha singular, rodeada de mitos y supersticiones, la Vuelta a España culminó en Jerez de la Frontera, un final anómalo para una ronda de tres semanas que habitualmente concluía en Madrid. El gran protagonista de aquella jornada inolvidable fue el gallego Álvaro Pino, corredor que no solo desafió a los elementos y a la mala suerte de un día tan temido, sino que se alzó con una corona monumental tras una exhibición portentosa frente al cronómetro en las calurosas avenidas jerezanas. Esta gesta sin precedentes se convertiría, por méritos propios, en uno de los episodios más recordados del deporte de las dos ruedas.

Nadie contaba con el ciclista de Ponteareas en la línea de salida de Palma de Mallorca, donde las grandes figuras del ciclismo acaparaban los pronósticos de la prensa especializada. Hombres de la talla de Laurent Fignon, el gran favorito Sean Kelly, el escocés Robert Millar y el alemán Raymond Dietzen se presentaban como los candidatos lógicos al triunfo. Incluso dentro de su propio equipo, el Zor-BH, Álvaro Pino compartía filas como un gregario de lujo a las órdenes de Javier Mínguez, con el colombiano Pacho Rodríguez designado originalmente como el jefe de filas de la escuadra española para disputar la clasificación general. Los analistas consideraban que el pontevedrés estaba destinado únicamente a realizar labores de apoyo.

Sin embargo, el gallego demostró una solidez insospechada y comenzó a consolidar su candidatura en las etapas más exigentes de la península. Tras un gran desempeño en la subida a los Lagos de Covadonga, donde se colocó tercero en la general, llegó el momento clave de la contrarreloj de Valladolid, donde desbancó al escocés Robert Millar del primer puesto de la clasificación. A partir de ese momento, vistiendo el codiciado maillot amarillo con una ventaja de 33 segundos, el corredor español asumió la responsabilidad con una asombrosa serenidad. El de Puenteareas demostró estar plenamente capacitado para asumir el liderazgo absoluto de la ronda española en momentos de máxima presión.

La etapa reina con final en el imponente coloso andaluz de Sierra Nevada se presentaba como el escenario definitivo para la venganza de Millar, quien lanzó un ataque a veinte kilómetros de la cumbre. El escocés logró enjugar su desventaja y convertirse en líder virtual, mientras Pino mantenía la calma y ascendía a su ritmo en un reducido grupo de favoritos. A siete kilómetros de la cima, el pontevedrés tomó el mando en persona, dejó atrás a Kelly y comenzó a recortar la diferencia con una fuerza descomunal, alcanzando a su rival a pocos kilómetros de la meta para salvar de manera magistral su liderato. Esta heroica defensa en las rampas de la estación invernal granadina demostró que su amarillo no era una casualidad temporal.

Antes de la batalla final en Jerez de la Frontera, un inesperado plante de los corredores en la penúltima etapa sacudió la carrera en señal de protesta por el pésimo estado de las carreteras gaditanas. No obstante, en el trayecto previo de Benalmádena a Puerto Real, Álvaro Pino sufrió una dolorosa rotura de fibras en su pierna que amenazó con arruinar por completo toda su gesta. A pesar del intenso dolor físico y de correr bajo condiciones extremadamente adversas, el líder gallego decidió ocultar su lesión a sus rivales y continuar adelante, demostrando un coraje excepcional propio de los ciclistas de época.

22 kilómetros

Este percance físico añadió una enorme dosis de épica y drama a una carrera que ya estaba al borde de su desenlace definitivo. Este doloroso imprevisto puso a prueba su inquebrantable fuerza de voluntad. La última etapa de 22 kilómetros de esfuerzo individual se disputó en Jerez y con un trazado exigente entre el circuito de velocidad y el corazón de la ciudad. El pontevedrés, lejos de amedrentarse por su lesión muscular, voló literalmente sobre el pavimento jerezano para rubricar la contrarreloj de su vida. Álvaro Pino no solo defendió con uñas y dientes su maillot amarillo ante los mejores especialistas del pelotón internacional, sino que se adjudicó la victoria de etapa superando al mismísimo Laurent Fignon por siete segundos y a Sean Kelly por veinticinco, confirmando que era el justo campeón de la ronda de aquel año.

Su extraordinario registro contra el reloj disipó cualquier duda sobre su merecido triunfo. De este modo, el pontevedrés consiguió su único y memorable triunfo de etapa en la ronda. La entrada triunfal en las calles jerezanas desató el delirio de la multitud y las banderas gallegas tiñeron de fiesta el podio final de la Vuelta a España. El modesto gregario de Puenteareas había conseguido la gesta más importante de su trayectoria profesional, superando a Millar por un minuto y seis segundos en la general. Entre los gritos apasionados del público que coreaba su nombre y la profunda emoción de su director Javier Mínguez, Álvaro Pino dedicó este inolvidable triunfo a la memoria de su fallecido compañero Alberto Fernández, consagrando para siempre su nombre en la historia de oro de este deporte.