Explotada desde el siglo XIII, es una de las minas de sal activas más antiguas del mundo y sus túneles superan los 300 kilómetros

La legendaria mina de sal de Wieliczka, construida en Polonia, constituye una de las explotaciones mineras más antiguas y asombrosas de la humanidad. Sus orígenes históricos se remontan a la prehistoria, en el Neolítico, cuando los antiguos pobladores obtenían sal mediante la evaporación de salmuera extraída de manantiales superficiales. Este valioso recurso se hervía en vasijas de barro para conservar alimentos, sirviendo también como una importante moneda de cambio en los intercambios comerciales. Con el progresivo agotamiento de estos manantiales entre los siglos XI y XII, los habitantes se vieron obligados a excavar pozos profundos, lo que condujo al descubrimiento de los primeros depósitos de sal gema.

El descubrimiento oficial de la sal gema en el siglo XIII marcó un hito sin precedentes, dando inicio a una era de desarrollo dinámico para esta explotación. Según cuenta la leyenda, el hallazgo se debió a la princesa Cunegunda, esposa del soberano cracoviano Boleslao V. Se dice que la princesa arrojó su anillo de compromiso en un pozo de su tierra natal, en Hungría, y al llegar a Polonia ordenó excavar cerca de Cracovia. En el primer bloque de sal descubierto por sus sirvientes apareció milagrosamente el anillo real, sellando así el vínculo sagrado entre la soberana y la riqueza mineral polaca, marcando el inicio de una ininterrumpida actividad que llega a nuestros días.

Durante la Edad Media, la mina se convirtió en una de las fuentes de ingresos más importantes para el reino, especialmente bajo la sabia gestión del rey Casimiro III el Grande. Este monarca visionario organizó la administración salinera y utilizó los cuantiosos beneficios obtenidos para financiar grandes obras públicas en Polonia. En aquellos tiempos medievales, la extracción de sal era una actividad estacional que se realizaba en los meses de menor labor agrícola, llegando a emplear a cientos de personas que habitaban en el subsuelo y que lograron extraer miles de toneladas de mineral para sustentar la economía real.

Además de su enorme valor industrial, el yacimiento demostró desde muy pronto un innegable atractivo turístico, recibiendo a sus primeros visitantes ilustres ya en las postrimerías de la Edad Media. Entre las personalidades célebres que recorrieron estas galerías a lo largo de los siglos se encuentran el astrónomo Nicolás Copérnico, el escritor Johann Wolfgang von Goethe y el célebre músico Frédéric Chopin, quienes quedaron maravillados ante el espectáculo subterráneo. Para conmemorar estas históricas visitas, los hábiles mineros esculpieron hermosas estatuas de sal en honor a estos personajes, las cuales se pueden admirar hoy en las diversas cámaras y salas que componen el fascinante recorrido turístico.

A lo largo de los siglos XVI y XVII, la mina experimentó un crecimiento excepcional, adoptando tecnologías innovadoras y pasando a operar de manera continua todo el año. En 1772, tras la primera partición de Polonia, la mina pasó a manos de la dinastía de los Habsburgo, lo que supuso una gran inversión y nuevas técnicas, como el uso de la pólvora para la extracción salina. Bajo esta administración, se fomentaron las visitas guiadas de forma sistemática, incorporando paseos en barcos subterráneos y trenes tirados por caballos que facilitaban el tránsito de los viajeros por el interior de este asombroso y extenso laberinto de roca.

En el siglo XX, tras recuperar Polonia su independencia, la mina se erigió como un gran símbolo de orgullo patrio, renombrando sus pozos con nombres locales. Durante la Segunda Guerra Mundial, el complejo subterráneo fue utilizado por las fuerzas alemanas como almacén militar de armas antes de volver a manos polacas. Con el tiempo, las excavaciones alcanzaron una profundidad máxima de 327 metros distribuidos en nueve niveles distintos, superando una extensión total de 300 kilómetros de túneles. Ante el riesgo de inundaciones y para preservar su incalculable valor cultural, se tomó la decisión en 1996 de cesar definitivamente la producción de sal industrial.

Una capilla a 101 metros

Sin duda alguna, el rincón más impresionante de todo el complejo subterráneo es la monumental capilla de Santa Kinga, considerada la iglesia bajo tierra más grande del mundo. Esta asombrosa catedral de sal se ubica a 101 metros de profundidad y fue tallada íntegramente en bloques de sal gema a partir de 1895. Durante más de treinta laboriosos años, dos hermanos mineros extrajeron unas veinte mil toneladas de sal para esculpir los relieves de las paredes, entre los que destaca La última cena de Da Vinci. El templo cuenta con un altar mayor, una estatua de Juan Pablo II y cinco majestuosas lámparas colgantes, cuyos cristales de sal iluminan la sala con un brillo indescriptible.

El recorrido depara otras maravillas como la Cámara MichaÅ‚owice, famosa por su estructura de madera blanca, o la Cámara Weimar, que alberga un hermoso lago artificial donde suena la música de Chopin. Aunque la explotación comercial de sal industrial cesó, el legado continúa vivo gracias al incansable trabajo diario de cientos de mineros que se dedican en la actualidad a vigilar, mantener, ventilar y restaurar las galerías históricas de este tesoro polaco. Inscrita en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, la mina recibe hoy en día a miles de turistas que descienden asombrados a sus bellas entrañas.