La exposición que recuerda los globos, dirigibles o aeroplanos que surcaban el cielo de Barcelona el siglo pasado

La exposición “Barcelona y el cielo. Globos, aeroplanos y fotografía” en el Arxiu Fotogràfic de Barcelona propone un viaje extraordinario por la historia de la mirada aérea de la ciudad. La muestra, que puede verse hasta el próximo 1 de noviembre, reúne cerca de 200 piezas que recorren más de un siglo de fascinación celeste. Desde los globos aerostáticos del siglo XIX hasta la transformación preolímpica de 1992, los ciudadanos han buscado formas de elevarse sobre su propio suelo y redescubrir la capital catalana.

La muestra, comisariada por Rafel Torrella, exhibe valiosas fotografías de fotoperiodistas, aficionados y profesionales que documentan la relación de la ciudad con el espacio aéreo. Las imágenes abarcan técnicas diversas como copias a la albúmina, gelatinas de plata, impresiones en color y vistas en relieve. Cada una de estas piezas contribuye a narrar el crecimiento y las nuevas perspectivas de una capital en transformación constante.

La mirada aérea ha sido clave para proyectar Barcelona al mundo. El relato se inicia a finales del siglo XVIII con los primeros globos aerostáticos, que despertaban gran admiración. En el siglo XIX, estas elevaciones cautivaban al público en las fiestas populares con arriesgados espectáculos de trapecistas. El verdadero hito llegó con la Exposición Universal de 1888, cuando Antoni Esplugas tomó las primeras fotografías aéreas de la ciudad, marcando el nacimiento de una mirada moderna sobre el paisaje urbano que transformaría la representación del territorio.

Con la llegada del siglo XX se inició la era del motor. En febrero de 1910, el piloto Julien Mamet realizó el primer vuelo sobre la ciudad con gran expectación popular en Can Tunis. La ciudadanía se entusiasmaba ante aquellos asombrosos avances técnicos, retratados desde tierra por los primeros reporteros. Pruebas audaces y fiestas de la aviación llenaron los periódicos de la época, a pesar de los graves riesgos y accidentes de los pioneros, que hacían tangible el maravilloso sueño de volar.

En mayo de 1929, la Exposición Internacional trajo el paso del dirigible Graf Zeppelin, un coloso que causó sensación. La majestuosa silueta metálica sobrevolando el litoral barcelonés se convirtió inmediatamente en un símbolo de progreso y modernidad. Josep Badosa capturó imágenes espectaculares de este acontecimiento, mientras que las autoridades llegaron a plantear convertir la urbe en una escala regular de las rutas transcontinentales del zepelín. Aquel momento histórico quedó grabado para siempre en la memoria.

Durante las décadas de 1920 y 1930, la fotografía aérea se consolidó como lenguaje visual gracias a figuras como Joan Gaspar. Este célebre pionero desarrolló una mirada oblicua muy innovadora, colaborando con aviadores locales para retratar la urbe desde las alturas. En 1930 publicó su emblemático libro de vistas, un gran instrumento de promoción y propaganda que presentaba una Barcelona cosmopolita y europea ante los ojos del mundo entero. Sus imágenes adquirieron con el tiempo un incalculable valor.

Propaganda militar

La perspectiva aérea también se convirtió en una herramienta clave para los trabajos de cartografía y la planificación del urbanismo. A partir de 1925, las fotos verticales ayudaron a elaborar el Plano Magistral, impulsando la moderna expansión de la ciudad. Sin embargo, el cielo también se transformó en un trágico escenario bélico con los bombardeos de la aviación italiana en la contienda civil, donde las imágenes fotográficas se usaron como propaganda militar para documentar y validar el enorme poder de destrucción.

La posguerra trajo nuevas tecnologías, como los helicópteros de la VI Flota estadounidense que captaron excelentes vistas en 1960. El recorrido histórico de la muestra concluye con las masivas obras de la transformación olímpica de 1992, visibles desde el cielo. En la actualidad, con miradores y azoteas que democratizan las alturas, la relación con el espacio aéreo sigue viva. La exposición invita a contemplar cómo Barcelona se ha reinventado a lo largo del tiempo, descubriendo sus propios límites urbanos.