Una moneda británica de 1834 gravemente deformada revela un posible fallo durante su acuñación
Una moneda británica de seis peniques acuñada en 1834 durante el reinado de Guillermo IV conserva las huellas de lo que pudo ser un grave fallo ocurrido durante su fabricación. Un estudio publicado en la revista científica npj Heritage Science concluye que la particular deformación del ejemplar es más compatible con una anomalía durante la acuñación, provocada por fuertes fuerzas de compresión bajo restricción, que con el deterioro sufrido posteriormente. La investigación ha sido realizada por A. Ikraam, de IA Studio - Independent Heritage Science Research Initiative, en Londres.
El ejemplar presenta importantes daños en las zonas centrales de sus dos caras, mientras que buena parte del borde y de su estriado exterior permanecen relativamente bien conservados. En el reverso, la deformación ha borrado prácticamente la denominación SIX PENCE, de la que solo quedan rastros, mientras que el anverso mantiene parte de las inscripciones periféricas pese a la alteración del retrato. Esta combinación dificultaba determinar a simple vista si la moneda había salido defectuosa de la ceca o había sufrido daños después de entrar en circulación.
Para intentar reconstruir lo ocurrido, Ikraam recurrió a dos técnicas no destructivas. La moneda fue examinada mediante microscopía electrónica de barrido con espectroscopía de rayos X (SEM-EDX) en la Universidad Brunel de Londres y mediante perfilometría óptica de superficie en el servicio de caracterización de materiales de la Universidad de Oxford. El análisis permitió estudiar de forma diferenciada la composición del sustrato, las alteraciones presentes en la superficie y la geometría de las deformaciones para contrastar varias posibilidades, desde el desgaste y la corrosión hasta un golpe, una compresión posterior o un defecto producido durante la propia acuñación.
Los análisis químicos encontraron en las áreas relativamente intactas un material dominado por plata con una proporción menor de cobre, compatible con las aleaciones históricas empleadas en estas monedas. Las partes dañadas, en cambio, presentaban menos plata y mayores concentraciones de cobre junto a elementos como carbono, oxígeno, aluminio, silicio, fósforo, azufre, cloro, potasio, calcio y hierro. El investigador interpreta estas señales adicionales como productos de corrosión y partículas externas acumuladas en cavidades y depresiones alteradas mecánicamente. Los análisis no aportaron evidencias de la inserción de otro componente metálico, aunque, al tratarse de mediciones selectivas y superficiales, tampoco permiten excluir cualquier posible heterogeneidad existente bajo la superficie.
Una deformación de hasta 750 micrómetros
La topografía de la moneda aportó una de las principales pistas. La perfilometría detectó en las áreas centrales superficies escalonadas, desplazamientos superpuestos, depresiones de paredes pronunciadas y zonas elevadas alrededor de ellas. En el área estudiada del retrato, la diferencia entre la altura mínima y máxima alcanzó aproximadamente 750 micrómetros, mientras que la rugosidad de la región dañada se situó en unos 67 micrómetros para el parámetro Sa y 82 para Sq. Para el autor, el conjunto describe una deformación plástica intensa y localizada, difícil de explicar únicamente por una pérdida gradual de material debida al uso o a la corrosión.
Las características observadas también permiten acotar otras explicaciones. El desgaste provocado por la circulación debería haber generado un alisamiento más difuso de las zonas expuestas, mientras que la corrosión por sí sola no explica la magnitud ni la forma escalonada de los desplazamientos. Un único impacto posterior y sin restricciones tampoco encaja tan bien con la combinación de daños centrales y conservación de las estructuras periféricas. En cambio, los cambios bruscos de relieve, las deformaciones superpuestas y la relación entre la hendidura del anverso y los daños del reverso son compatibles con cargas de compresión repetidas mientras la moneda permanecía sometida a una restricción lateral.
Una pieza excepcional de la acuñación del siglo XIX
El seis peniques fue producido durante la etapa en la que la moneda británica ya se acuñaba mediante prensas accionadas por vapor. Los defectos graves generados por los sistemas mecanizados de acuñación solían ser detectados durante los controles de la ceca y las piezas eran fundidas de nuevo, especialmente cuando se trataba de metales preciosos. Por ello, los ejemplares defectuosos que han sobrevivido pueden conservar evidencias poco habituales de incidentes ocurridos durante el proceso de fabricación. El trabajo subraya, no obstante, que se trata del estudio de una única moneda y que sus resultados no permiten establecer con qué frecuencia se producían fallos semejantes.
Los resultados, por tanto, favorecen la hipótesis de una anomalía grave durante la acuñación, aunque no permiten reconstruir de forma inequívoca todo lo ocurrido ni descartar absolutamente una compresión posterior bajo condiciones similares. El estudio tampoco contó con análisis destructivos del interior del metal ni con documentación histórica directa del supuesto incidente. Ikraam sostiene que el caso muestra el potencial de combinar análisis químicos y mediciones tridimensionales de la superficie para investigar monedas y otros objetos metálicos históricos cuando su aspecto, por sí solo, no basta para explicar cómo se produjeron sus daños.