Les gusta tanto nadar como tomar el sol, pueden vivir 100 años y se las conoce como tortugas de orejas rojas
La tortuga de orejas rojas, denominada científicamente Trachemys scripta elegans, es uno de los reptiles acuáticos más emblemáticos del mundo. Su apelativo más popular obedece a dos vistosas manchas de color rojo ladrillo situadas tras sus ojos, que tienden a oscurecerse con los años. Este distintivo galápago posee un caparazón ovalado verde aceituna ornamentado con finas líneas amarillas, mientras que su plastrón luce un fondo claro con manchas oscuras. Sus patas palmeadas le otorgan gran agilidad en el agua, convirtiéndola en una hábil nadadora dentro de estanques y ríos pacíficos.
Con un comportamiento marcadamente acuático, a esta especie le gusta tanto nadar en aguas profundas como tomar el sol sobre troncos emergidos. Al ser un animal de sangre fría, requiere la radiación solar constante para regular su temperatura interna, estimular su metabolismo y realizar adecuadamente la digestión. Durante las horas centrales del día, resulta sumamente habitual observar a varios ejemplares apilados sobre rocas para captar la mayor cantidad de calor. En invierno, cuando las temperaturas descienden de forma notable, se sumergen en el fondo fangoso para hibernar hasta la llegada de la primavera.
Respecto a su longevidad, estas tortugas cuentan con una notable capacidad de supervivencia que les permite alcanzar los treinta años en su hábitat natural. No obstante, cuando se crían bajo cuidado humano con agua tibia, iluminación ultravioleta y nutrición adecuada, pueden llegar a vivir hasta 100 años. Para asegurar su salud, necesitan acuaterrarios amplios con zonas secas de descanso y un filtrado eficiente del agua, dado que ensucian con rapidez su entorno. Mantener un gradiente térmico correcto resulta fundamental para prevenir graves afecciones respiratorias y estados de apatía.
Procedente de la cuenca del río Misisipi y del sureste de Estados Unidos, esta especie exhibe un dimorfismo sexual verdaderamente acentuado. Las hembras registran un tamaño superior, alcanzando entre 12 y 28 centímetros de longitud, con plastrones planos que facilitan el alojamiento de los huevos. En contraposición, los machos adultos son notablemente más pequeños y poseen garras alargadas en sus extremidades anteriores, que hacen vibrar frente al rostro de la hembra durante el ritual de cortejo, además de presentar una cola sensiblemente más ancha en su base.
La dieta de la tortuga de orejas rojas experimenta una transformación radical a medida que el ejemplar avanza hacia la madurez biológica. Durante su etapa juvenil, muestra hábitos esencialmente carnívoros, alimentándose con avidez de pequeños peces, renacuajos, insectos acuáticos y moluscos. Sin embargo, al alcanzar la edad adulta, la proporción de materia vegetal en su alimentación aumenta progresivamente hasta superar el 50%. En la naturaleza consume variedad de plantas acuáticas, algas e incluso carroña, demostrando una notable versatilidad omnívora que favorece su adaptación.
A partir de la segunda mitad del siglo XX, el comercio masivo de mascotas catapultó la popularidad de este reptil en hogares de todo el globo. Millones de crías de tono verde brillante fueron comercializadas en tiendas especializadas sin informar debidamente sobre su crecimiento final ni sus exigencias. Lamentablemente, la falta de preparación de sus dueños y la dificultad de mantenerlas en cautiverio provocaron frecuentes abandonos irresponsables en medio del entorno natural. Esta introducción reiterada en ríos y humedales originó poblaciones silvestres en múltiples continentes.
Prohibida la venta
La presencia de la tortuga de orejas rojas en ecosistemas ajenos a su origen geográfico representa una seria amenaza para la biodiversidad local. Su carácter agresivo, su rápido crecimiento y su voraz alimentación le brindan una clara ventaja frente a especies autóctonas, como la tortuga leprosa ibérica. Al arrebatarles los mejores puntos de asoleamiento e interceder en sus fuentes de alimento, altera gravemente el equilibrio del hábitat. Por estos motivos, organismos internacionales la clasifican oficialmente dentro de las cien especies exóticas invasoras más perjudiciales del planeta.
Frente al deterioro ecológico ocasionado por esta invasión, diversos países han promulgado estrictas leyes para prohibir su tenencia y comercialización. En España, el Real Decreto 630/2013 prohíbe formalmente la posesión, el transporte, el tráfico y la reproducción de este reptil en todo el territorio nacional. Diversos centros zoológicos y santuarios de fauna colaboran activamente en la recogida de ejemplares para evitar que sigan dañando los ecosistemas de agua dulce. La educación ambiental de la sociedad se perfila como la herramienta indispensable para proteger la fauna autóctona de nuestras cuencas.