El misterio de un cocodrilo prehistórico hallado cerca de la Esfinge de Guiza que la ciencia acaba de resolver

Un cocodrilo que habitó el actual territorio de Egipto durante el Eoceno medio ha recuperado su identidad científica casi un siglo después de haber sido descrito. Un equipo internacional de paleontólogos ha determinado que los fósiles atribuidos hasta ahora a Tomistoma cairense pertenecen a un género diferente, al que han denominado Herugavialis. La investigación, publicada en la revista Royal Society Open Science, resuelve así una antigua incertidumbre sobre su clasificación y aporta nuevas pruebas de la diversidad de estos reptiles en el pasado.

Los restos proceden de Gebel Mokattam, una zona situada al este de El Cairo, y fueron recuperados de la misma formación geológica de piedra caliza de la que se extrajo la roca utilizada para esculpir la Gran Esfinge de Guiza. La relación entre el fósil y el monumento es, por tanto, geológica y no implica que el animal fuera encontrado junto a la Esfinge. El cocodrilo vivió millones de años antes de su construcción. La especie fue descrita originalmente en 1927 y, desde entonces, su posición dentro del árbol evolutivo de estos reptiles había suscitado dudas.

La investigación, cuyo primer autor es Paul M. J. Burke, del University College London, ha revisado el cráneo utilizado para describir la especie y otros restos fósiles atribuidos al mismo animal. Mediante tomografía computarizada, los científicos han podido examinar estructuras internas que no resultaban accesibles mediante una observación convencional. El análisis se ha completado con comparaciones anatómicas y una reconstrucción de las relaciones evolutivas entre distintas especies de cocodrilos actuales y extinguidos.

La principal conclusión es que el reptil no pertenecía al mismo género que el falso gavial actual, Tomistoma schlegelii, como se había establecido inicialmente. Aunque ambos comparten determinadas características, el nuevo examen ha identificado diferencias anatómicas que justifican separarlos. Los análisis evolutivos tampoco sitúan al fósil egipcio junto a esa especie moderna, lo que ha llevado a los autores a establecer la nueva combinación científica Herugavialis cairensis. Se trata, por tanto, de la reclasificación de una especie conocida, no del descubrimiento de un animal fósil completamente nuevo.

Un cráneo que escondía las claves de su identidad

Entre los rasgos que han permitido distinguir a Herugavialis cairensis destacan la configuración de las órbitas oculares, la forma de varios huesos craneales y determinadas estructuras internas. Los investigadores han identificado unos márgenes elevados en los huesos lagrimal, prefrontal y frontal que delimitan las órbitas, así como una longitud de los lagrimales superior al doble de la de los prefrontales. Estas características, examinadas conjuntamente con otras particularidades anatómicas, permiten reconocer al animal como un género propio dentro de los gavialoideos, un grupo de cocodrilos que en la actualidad cuenta con solo dos especies supervivientes.

El cráneo presenta un hocico alargado y estrecho que, según las estimaciones de los autores, representaba aproximadamente el 64% de su longitud total. Para calcular esta proporción fue necesario combinar información anatómica de distintos ejemplares, puesto que el fósil principal ha perdido la parte anterior del hocico y presenta daños en otras regiones. Los investigadores también examinaron fragmentos de mandíbulas y restos craneales adicionales, algunos de los cuales podrían proceder de un mismo individuo debido a su tamaño semejante y a que fueron recuperados en una misma zona.

La nueva denominación incorpora una referencia directa a la cultura del antiguo Egipto. El término Heru alude al dios Horus, tradicionalmente relacionado con la Gran Esfinge de Guiza y considerado por algunos autores como una posible inspiración del monumento. Los investigadores también señalan una coincidencia entre la escultura y el cráneo fósil: ambos carecen de la parte anterior de la nariz o del hocico, respectivamente. La segunda parte del nombre, gavialis, hace referencia a su parentesco evolutivo con el gavial del Ganges. Además, el epíteto original cairense se ha modificado a cairensis para concordar gramaticalmente con el nuevo género.

Los cocodrilos que habitaron el antiguo Mediterráneo

La investigación también ha permitido diferenciar a Herugavialis cairensis de otros dos gavialoideos conocidos en depósitos del Eoceno egipcio: Eogavialis africanum y Paratomistoma courti. Las comparaciones muestran diferencias en la disposición de los dientes, las proporciones de determinados huesos y otras estructuras del cráneo. Los análisis filogenéticos indican, además, que las tres especies ocupaban posiciones evolutivas relativamente alejadas dentro de Gavialoidea, pese a proceder de una misma región y de intervalos geológicos próximos. Estos resultados refuerzan la interpretación de que representaban especies distintas.

Esta diversidad contrasta con la situación actual. Mientras que hoy solo sobreviven el gavial del Ganges (Gavialis gangeticus) y el falso gavial (Tomistoma schlegelii), ambos asiáticos, el registro fósil reúne más de 40 especies de gavialoideos distribuidas antiguamente por buena parte del planeta. Durante el Cenozoico, varios representantes del grupo ocuparon ambientes costeros y marinos poco profundos de la región mediterránea, a diferencia de las especies actuales, asociadas a ecosistemas de agua dulce. Los autores identifican al menos seis especies en los depósitos mediterráneos del Paleógeno y otras seis durante el Mioceno.

El estudio plantea, finalmente, que los cambios climáticos y del nivel del mar pudieron influir en la evolución de estos reptiles en el Mediterráneo. La ausencia de registros fósiles durante buena parte o la totalidad del Oligoceno podría reflejar una desaparición regional, aunque los investigadores reconocen que también puede estar condicionada por las limitaciones del registro paleontológico. El enfriamiento global y el descenso del nivel oceánico habrían reducido los hábitats adecuados, mientras que el aumento posterior de las temperaturas y del nivel del mar pudo favorecer una nueva expansión de la diversidad durante el Mioceno, sin que ello implique necesariamente la recuperación de los mismos linajes. Los gavialoideos terminaron desapareciendo de la región antes del Plioceno, posiblemente en relación con la crisis de salinidad del Mesiniense. Estas explicaciones siguen siendo hipótesis que deberán contrastarse con nuevas investigaciones y con la revisión de otras especies fósiles.