¿Por qué la voz de las jirafas sigue desconcertando a los expertos? Un viejo mito acaba de perder fuerza

Las conversaciones de las jirafas pueden pasar delante de un observador sin que este oiga nada, porque parte de su comunicación discurre por frecuencias inferiores al oído humano. Animal Communication Studies señala que esos intercambios acústicos pueden mantenerse fuera del alcance de una escucha ordinaria, una discreción bastante eficaz para un animal de casi seis metros de altura.

Las grabaciones con equipos muy sensibles instalados en reservas han permitido detectar actividad sonora que antes quedaba fuera del registro humano. Esas ondas de infrasonido, situadas por debajo de 20 hercios, pueden recorrer kilómetros por la sabana y atravesar zonas con árboles o arbustos sin perder su utilidad comunicativa, de modo que buena parte de su actividad social puede desarrollarse cerca de una persona sin que esta llegue a escucharla.

Los zoólogos descartan la antigua imagen de una especie muda

La idea de una jirafa muda se ha mantenido durante mucho tiempo, aunque los zoólogos han descrito un repertorio de sonidos y señales que cambia esa imagen. How-To, DIY & Expert Content recoge que el animal puede comunicarse mediante expresiones acústicas perceptibles y también mediante vías que una persona apenas detecta, mientras Animal Communication Studies sitúa ese comportamiento dentro de sus relaciones sociales. El punto fundamental está ahí, en una especie asociada durante años al silencio que dispone de varias vías para mantener contacto con otros individuos.

Ni siquiera resulta fácil poner nombre a la voz de una jirafa, y el vocabulario utilizado por cuidadores e investigadores refleja esa falta de consenso. Scientific Knowledge Platform señala que en francés no existe un verbo universalmente aceptado comparable a ladrar o maullar, aunque ocasionalmente aparece blatérer, término asociado también a los camellos.

La elevada estatura favorece señales corporales ante los depredadores

La altura de la jirafa también condiciona su manera de relacionarse con el entorno, ya que le permite vigilar grandes extensiones de sabana y detectar posibles amenazas a distancia. Animal Communication Documentaries apunta que esa posición favorece el uso de movimientos de cabeza, miradas y posturas como parte de la comunicación, sobre todo cuando emitir llamadas fuertes podría atraer la atención de leones o hienas.

Esa estrategia corporal reduce la necesidad de recurrir siempre a sonidos audibles y ayuda a explicar por qué tantos observadores asociaron durante años a la especie con una vida social casi muda.

Las emisiones audibles cumplen distintas funciones dentro del grupo

Los sonidos que sí llegan al oído humano abarcan registros graves y ásperos observados tanto en cautividad como en libertad, entre ellos mugidos, bramidos, ronroneos, gruñidos y zumbidos. Giraffe Conservation Efforts indica que esas emisiones sirven para mantener el contacto con el grupo o proteger a las crías en los espacios abiertos africanos, mientras Scientific Knowledge Platform recoge descripciones semejantes entre cuidadores e investigadores.

El repertorio audible, por tanto, existe y cumple funciones sociales, aunque su frecuencia de uso y su intensidad hayan contribuido a que no forme parte del imaginario popular como el rugido del león o el barrito del elefante.

El largo cuello condiciona el esfuerzo necesario para emitir sonidos

La anatomía de este gran animal africano completa la explicación de esa reputación silenciosa, porque un cuello que puede alcanzar unos dos metros obliga al aire a recorrer una tráquea excepcionalmente larga antes de hacer vibrar las cuerdas vocales. Este recorrido supone una particularidad física que diferencia notablemente su aparato vocal del de otros mamíferos y condiciona el proceso necesario para producir sonidos perceptibles.

Audience Research Services señala que ese recorrido exige un esfuerzo muscular considerable, una condición que puede influir en la producción de sonidos audibles y en la forma en que la especie utiliza su voz. La longitud de la tráquea ayuda así a entender por qué las jirafas recurren con menor frecuencia a determinadas vocalizaciones y emplean otras formas de comunicación en sus relaciones sociales.

El resultado es un sistema de comunicación repartido entre señales corporales, sonidos perceptibles y frecuencias muy bajas, con una anatomía que favorece la discreción acústica sin eliminar la capacidad de comunicarse.