Este museo polar abrió sus puertas en 1978 en una isla conocida como “la puerta del Ártico” y muestra la vida de cazadores y exploradores
Tromsø, vibrante ciudad noruega situada en el corazón del círculo polar ártico, es reconocida mundialmente como la puerta del Ártico por su posición geográfica estratégica. Desde sus históricos muelles partieron innumerables expediciones que buscaban desvelar todos los misterios de las tierras heladas e inexploradas del extremo norte del planeta. El Museo Polar de la ciudad se ha consolidado como una institución fundamental para preservar este legado, mostrando la fascinante relación entre el ser humano y la dura naturaleza de este entorno. Esta conexión no solo se limita a la exploración científica de alto nivel, sino que incluye la dura vida cotidiana de los esforzados tramperos locales, de ahí que visitantes de todo el mundo acudan cada año para entender la épica de la supervivencia.
El museo abrió oficialmente sus puertas el 18 de junio de 1978, una fecha cargada de simbolismo para la historia de la exploración nacional noruega. Y es que se eligió este día específico para conmemorar exactamente medio siglo desde que el legendario Roald Amundsen partiera en su fatídico viaje final de rescate polar. Aquel despegue desde Tromsø en un hidroavión Latham 47 marcó el fin de una era para el explorador que conquistó primero el lejano Polo Sur. La institución nació bajo la tutela de la Universidad de Tromsø para investigar y difundir la cultura ártica de toda la región septentrional de Noruega y hoy en día es considerada una de las atracciones más valoradas.
La sede del museo se encuentra en un antiguo almacén de madera construido a principios del siglo XIX en el puerto histórico conocido como Skansen. Este edificio, situado en el emblemático muelle de Tollbod, evoca por sí solo la época en la que Tromsø comenzó a prosperar gracias a la caza. Aunque la ciudad apenas tenía 80 habitantes en el siglo XVIII, su desarrollo se aceleró notablemente en 1830 con las campañas comerciales en el Ártico. Las expediciones cinegéticas llegaban hasta lugares tan remotos como Svalbard o Groenlandia. Este entorno portuario proporciona el marco perfecto para las diez salas actuales.
Una de las secciones más cautivadoras del museo está dedicada a los tramperos, aquellos individuos solitarios que desafiaban el crudo invierno para obtener valiosas pieles. Destaca la figura de Henry Rudi, un famoso cazador de osos polares que abatió más de 700 ejemplares a lo largo de su extensa carrera profesional. Rudi pasó 27 inviernos en el Ártico, demostrando una resistencia física casi sobrehumana. Pero la caza no era solo una actividad reservada para los hombres rudos. El museo también rinde homenaje a Wanny Woldstad, la primera mujer trampera. Woldstad realizó cinco invernadas en las Svalbard, incluso acompañada por sus hijos adolescentes. Sus habilidades en el campo de batalla ártico le valieron un gran renombre internacional.
La vida de estos pobladores se muestra a través de dioramas detallados que recrean las cabañas de madera donde pasaban los largos meses invernales. Estas réplicas ilustran las condiciones extremas de aislamiento y supervivencia al límite. El museo aborda sin tapujos la historia de la caza de focas y ballenas, mostrando los métodos tradicionales empleados en siglos pasados por los noruegos. Se exponen herramientas como el hakapik y se narra la presencia holandesa e inglesa en las expediciones de los siglos XVI y XVII por estas aguas. Aunque algunas imágenes pueden resultar crudas para la sensibilidad actual, la institución apuesta por una honestidad histórica necesaria para comprender el pasado real.
Las salas del piso superior nos transportan a la era dorada de los grandes exploradores polares y sus ambiciosas expediciones científicas hacia el norte. Ocupa un lugar privilegiado el intelectual y aventurero Fridtjof Nansen, pionero del Ártico. Se exhiben maquetas, fotografías y objetos de la primera expedición del buque Fram. Nansen zarpó en 1893 en un intento revolucionario de alcanzar el Polo Norte dejándose atrapar deliberadamente por la deriva del espeso hielo marino polar. Aunque no logró llegar al punto exacto, estableció récords de latitud muy importantes.
Barcos, aeronaves y un dirigible
El museo también reserva un espacio extenso para honrar la figura de Roald Amundsen. Él fue el primer hombre en alcanzar el Polo Sur y en sobrevolar el Polo Norte en una moderna aeronave motorizada para su época. La muestra incluye banderas noruegas que lo acompañaron en sus viajes y numerosos utensilios personales utilizados durante sus largas estancias en el hielo perpetuo. Amundsen tenía un vínculo especial con Tromsø, pues aquí reclutó gran parte de la tripulación para sus expediciones más importantes hacia la lejana Antártida. Incluso se pueden ver maquetas del barco Gjøa, con el que navegó. Su vida terminó trágicamente mientras intentaba rescatar a su gran rival Umberto Nobile.
Además de barcos, el museo explora la transición hacia la aviación polar pionera. Se exhiben modelos de aeronaves y del dirigible Norge, que realizó el primer vuelo transpolar entre los continentes de Europa y América del Norte. Estas máquinas representan el ingenio humano frente a los desafíos impuestos por la naturaleza más salvaje del planeta Tierra y sus climas más hostiles. La visita concluye ofreciendo una visión profunda de cómo la historia ártica ha moldeado la identidad cultural de la actual ciudad moderna de Tromsø. A pesar de la dureza de los relatos, los objetos expuestos poseen un interés innegable para cualquier viajero que desee conocer el verdadero norte.