¿Pedirías tres deseos si cada uno pudiera costarte una desgracia? El relato de W. W. Jacobs que convirtió una pata de mono en una pesadilla capaz de llamar a tu puerta
Un faquir había hechizado la pata para castigar los intentos de torcer el destino, según contó Morris a los White. El objeto, seco y encogido, había viajado desde la India hasta Laburnam Villa, donde la familia inglesa protagonista del cuento La pata de mono, del escritor británico W. W. Jacobs, escuchaba las explicaciones de aquel viejo militar.
Su promesa parecía irresistible, pues podía conceder tres deseos a cada uno de tres propietarios. La advertencia, sin embargo, llegaba de boca de un hombre que había utilizado el talismán y ahora quería destruirlo.
La advertencia de Morris anticipó las consecuencias del amuleto
Aquella noche fría y lluviosa, el señor White jugaba al ajedrez con su hijo Herbert mientras esperaban al sargento mayor Morris. También estaba en casa la señora White. El visitante, antiguo amigo del padre, había servido en el ejército británico en la India y llevaba consigo una pata de mono momificada. Según su relato, un asceta indio había querido demostrar con el hechizo que alterar el destino acarreaba desgracias. Pese a las advertencias, el señor White decidió quedarse con la pata
El militar había quedado tan marcado por su experiencia que arrojó la pata al fuego delante de los White. El patriarca la recuperó antes de que ardiera, pese a las protestas de Morris, que aconsejó prudencia y contó que un propietario anterior había pedido morir con su tercer deseo. Herbert recibió la historia con humor.
Si el amuleto funcionaba, sugirió, su padre podía solicitar las 200 libras necesarias para cancelar la hipoteca. El señor White levantó la pata, formuló la petición y creyó sentir que se retorcía entre sus dedos. La familia se rio y dejó de prestar atención al asunto
La fábrica indemnizó a los White con 200 libras
A la mañana siguiente, Herbert salió hacia la fábrica Maw and Meggins sin que la familia hubiera recibido ninguna fortuna. Por la tarde apareció un representante de la empresa, cuya gravedad anticipaba una noticia terrible. El joven había quedado atrapado en la maquinaria y había muerto con el cuerpo mutilado.
La compañía declinaba asumir responsabilidad legal, aunque ofrecía a los padres una compensación económica. La cifra era exactamente la solicitada la noche anterior, 200 libras. El deseo se había cumplido de una manera que convertía el dinero de la hipoteca en el precio de la vida de Herbert.
Una semana después del funeral, la señora White recordó que la pata todavía podía conceder otros dos deseos. La muerte de Herbert había dejado a su madre desesperada, que exigió recuperar al hijo. Su marido se resistió, consciente del estado en que había quedado el cuerpo tras el accidente y de los días transcurridos desde el entierro. Finalmente pidió que Herbert volviera a la vida. La pata cayó al suelo y durante un tiempo nada pareció cambiar en la casa.
La puerta abierta reveló una calle completamente vacía
Los golpes comenzaron más tarde, en plena noche, cuando la posibilidad de que alguien esperara fuera adquirió un significado aterrador. La señora White corrió hacia la entrada y empezó a retirar los cerrojos para dejar pasar a quien creía su hijo. El padre temía que el deseo hubiera devuelto a Herbert con las heridas de la fábrica.
Mientras ella luchaba por abrir, él buscó desesperadamente el talismán y pronunció su tercera petición. El cuento omite sus palabras, pero los golpes cesaron antes de que la puerta quedara abierta. Al otro lado solo había una calle vacía.
La desaparición de aquellos golpes deja al lector sin una imagen del visitante y sin confirmación de que fuera Herbert. Esa ausencia sostiene buena parte del terror del cuento, porque la imaginación debe completar aquello que el autor evita describir. No obstante, se desprende que el padre deshizo el deseo de su mujer.
El escritor inglés William Wymark Jacobs, conocido por sus relatos humorísticos y costumbristas de ambiente marinero, publicó esta historia en 1902. Apareció primero en septiembre en Harper’s Monthly Magazine y después en la colección The Lady of the Barge; en 1903 llegó al teatro. Frente a sus narraciones habituales, el autor convirtió una vivienda familiar, una deuda y tres peticiones en una historia de terror cuyo último gesto es abrir una puerta y encontrar la calle vacía.