En este pequeño pueblo barcelonés hubo una gran cosecha de cerezas en 1983 y desde entonces se celebra esta fiesta en torno a esta fruta

El Papiol, en la comarca barcelonesa del Baix Llobregat, ofrece a quien lo visita historia local y agricultura, que se entrelazan de forma armoniosa y constante. En 1983, una cosecha de cerezas excepcionalmente abundante cambió el destino de este municipio para siempre, marcando un hito. La Agrupación Sardanista decidió entonces agradecer a la tierra sus frutos, dando inicio a una tradición que ya suma décadas. Lo que comenzó como un sencillo agradecimiento se ha convertido en la actual y gran Fiesta de la Cereza que se celebra este fin de semana.

El paisaje agrícola del municipio no siempre estuvo dominado por el rojo intenso de los cerezos que ahora cubren sus montes. Antiguamente, las viñas eran el motor principal de la economía, pero la plaga de la filoxera a finales del siglo XIX obligó a los agricultores a buscar alternativas para subsistir. Fue entonces cuando la cereza emergió como el nuevo tesoro de la zona, adaptándose perfectamente al terreno y al clima. Este cambio histórico salvó buena parte de la economía del pueblo.

Este año, El Papiol celebra la 44ª edición de esta fiesta, consolidándose como un referente en la región. El evento ha evolucionado de ser una reunión de campesinos a una feria moderna que atrae a miles de visitantes curiosos. El Ayuntamiento y la Asociación de Pagesos trabajan juntos para ofrecer un programa que combina la tradición con el ocio. Se busca promocionar el turismo y los productos de proximidad sin perder la esencia humilde de la fruta que vio nacer este gran encuentro. Cada rincón de la villa se prepara para recibir la gran feria.

La Asociación de Pagesos del Papiol lleva ya 25 años liderando la organización de este evento con gran dedicación. A pesar de que el número de agricultores ha ido disminuyendo, su compromiso con la tierra de Collserola sigue muy firme: defienden un modelo de agricultura de proximidad que garantiza la calidad nutricional y el respeto al medio ambiente. La fiesta es el momento ideal para poner en valor su trabajo y agradecer el paisaje verde que mantienen para toda la gente. El apoyo ciudadano es vital para que esta labor no desaparezca.

El imponente castillo medieval del siglo XII preside los actos principales de la fiesta, ofreciendo unas vistas inmejorables. En su interior se organiza la exposición de cerezas, donde los mejores frutos de la temporada se exhiben con orgullo local. La cultura popular también tiene un papel muy protagonista, con el baile de las sardanas y los siempre espectaculares ‘castells’. La música llena las calles del casco antiguo creando un ambiente festivo que invita a pasear y a descubrir. El patrimonio histórico se fusiona así con la alegría del pueblo.

Para todos los gustos

El programa de actividades para las familias es muy variado e incluye el famoso concurso de lanzamiento de huesos de fruta. Los más pequeños disfrutan de talleres creativos y juegos que les enseñan la importancia del campo y de la cocina tradicional. Para los adultos, las catas de vinos y el maridaje son citas obligadas que resaltan los sabores más auténticos de la zona. La cena popular en la plaza de la Iglesia fomenta la unión de todos los vecinos en un ambiente relajado bajo las estrellas. La gastronomía local es, sin duda, la gran estrella de la cita.

Situado a los pies de la sierra de Collserola y cerca del río, El Papiol ofrece un entorno natural ideal para el senderismo. Los visitantes pueden explorar las famosas Escletxes o subir al Puig Madrona para contemplar las mejores vistas de la llanura. Este enclave privilegiado combina la tranquilidad de la montaña con una excelente conexión de transporte hacia la gran ciudad. El clima mediterráneo acompaña a los turistas, haciendo que cada paseo sea agradable. Es un destino perfecto para una escapada familiar de proximidad.

Mirando hacia el futuro, la Fiesta de la Cereza se enfrenta a los grandes retos del cambio climático y la evolución económica. Sin embargo, el amor de los papiolencs por su fruto más preciado asegura que la tradición continúe viva por muchos años más. Cada edición es una victoria para la agricultura local y para la preservación de la identidad histórica de este pequeño pueblo y su joya rojiza.