Con triple muralla y una torre con gárgolas, este castillo soriano del siglo XIV estaba unido a un río por un pasadizo subterráneo
El imponente Castillo de Ucero disfruta, en lo alto de un cerro, de una privilegiada situación para dominar con autoridad la histórica villa homónima en la provincia de Soria. Este enclave fortificado destaca no solo por su valor defensivo, sino también por estar situado en un entorno natural de incomparable belleza, justo en la entrada del Parque Natural del Cañón del Río Lobos. La silueta del castillo y su esbelta torre del homenaje se recortan contra el cielo soriano, ofreciendo una de las estampas más espectaculares de la comarca de Tierras del Burgo.
En la actualidad, esta joya de la arquitectura medieval ofrece un acceso completamente libre para todos los visitantes que deseen contemplar de cerca las ruinas y la grandeza de sus viejos muros que aún se conservan y cuya historia hunde sus raíces en la Alta Edad Media, sobre un asentamiento donde se superponen restos desde la Edad del Hierro. Las primeras menciones documentales de Ucero aparecen a mediados del siglo XII, en un privilegio del emperador Alfonso VII de León.
Desde sus inicios, la zona mantuvo una estrecha vinculación con la mística Orden del Temple y el desaparecido convento de San Juan de Otero, cuyo litigio con la Orden de Calatrava está documentado en el año 1170. En 1212, el castillo conoció a su primer señor, don Juan González de Ucero, un noble caballero que participó activamente en la célebre batalla de las Navas de Tolosa, consolidando la importancia militar del territorio en la frontera. Tras la muerte de su primer señor, la fortaleza pasó por herencia a manos de María de Meneses y posteriormente a su hija Violante de Castilla.
En 1302, el obispo de Osma, Juan Pérez de Ascarón, adquirió el señorío de Ucero y sus trece aldeas por una suma casi simbólica, lo que desató largos pleitos de propiedad. Bajo el control del obispado, el recinto tuvo diversos usos, sirviendo tanto de residencia señorial para los prelados como de cárcel para miembros del clero. El patrimonio que hoy contemplamos se debe principalmente a la reconstrucción realizada a mediados del siglo XV por el obispo Pedro de Montoya, mientras que en el siglo XVI el obispo Honorato Juan mandó colocar su escudo de armas en la puerta principal de la fortaleza.
La imponente arquitectura militar del castillo estaba perfectamente diseñada para resistir prolongados asedios gracias a su formidable triple recinto amurallado. El cordón exterior, desprovisto de torres, se reforzaba con un foso profundo en varios de sus tramos y disponía de una barbacana artillera avanzada. El sistema de acceso era deliberadamente complejo y disuasorio, compuesto por una serie de rampas dispuestas de tal forma que exponían a los atacantes a los defensores de los adarves. Estas rampas culminaban en un puente levadizo que conducía a una gran puerta flanqueada por dos robustos cubos cilíndricos. Esta entrada no daba acceso directo al interior, sino a un patio de armas previo que quedaba totalmente dominado por la imponente presencia de la gran torre.
La majestuosa torre del homenaje representa el elemento más espectacular y mejor conservado de todo el conjunto monumental de Ucero. Ubicada estratégicamente en un flanco, justo sobre el foso de entrada, presenta esquinas reforzadas con sólida sillería de piedra. En su parte superior se pueden observar las hileras de ménsulas que antiguamente sostenían el desaparecido almenado. En estas estructuras se aprecian gárgolas talladas con sugerentes figuras de temática fantástica. Destaca una ventana de arcos ojivales adornada con dos gárgolas asimétricas de gran valor artístico, entre las que destaca la célebre escultura de La Diablesa, que representa a un águila atrapando con fuerza a una serpiente entre sus garras. Además, el edificio contaba con ajimeces volados del siglo XIII que completaban su imponente estética medieval.
Una leyenda local
El interior de la torre del homenaje esconde detalles arquitectónicos de una gran finura, como la magnífica bóveda de crucería de su última planta. La clave de esta bóveda muestra esculpida la figura del agnus dei o cordero de Dios, un elemento heráldico estrechamente vinculado con los caballeros templarios. En el patio de armas se encuentran los restos del aljibe fortificado, una cisterna que se cubría con una bóveda de lajas de piedra para asegurar el suministro de agua durante los asedios. Sin embargo, el elemento más misterioso del castillo es su legendario pasadizo subterráneo. Esta galería subterránea descendía serpenteando por la roca desde el interior del recinto hasta el cauce del río Ucero, conservándose todavía un tramo transitable de unos treinta metros de longitud.
El entorno que rodea el castillo es igualmente interesante, con senderos como la Senda del Castillo que discurre en paralelo al curso del río Ucero. Este camino permite a los excursionistas contemplar los restos de un antiguo canal romano que conducía el agua hasta la histórica ciudad celtíbera de Uxama. La magia del lugar se ve completada por la popular leyenda local que narra el trágico destino de las tres hijas del último señor del castillo. Según el relato popular, durante el solsticio de verano, las jóvenes se refugiaron en el templo de los caballeros de la Orden del Temple para resguardarse de una tormenta, perdiendo la cordura tras presenciar una escena aterradora, cuyos ecos y cantos fantasmales dicen algunos que aún se escuchan en lo alto del barranco.