El Vesubio conservó durante casi dos milenios un raro ser mitológico que acaba de reaparecer en Herculano
Las vísceras de la penanggalan cuelgan bajo una cabeza voladora que recorre el folclore de Malasia y convierte la noche en territorio de amenaza. Los seres mitológicos más extraños suelen romper por completo la anatomía conocida: los blemias, descritos en textos antiguos y mapas medievales, tenían el rostro en el pecho; el asanbosam del folclore akan acechaba en los árboles de África occidental con dientes de hierro y pies curvados; y el baku japonés devoraba pesadillas con rasgos de elefante, tigre y buey.
Dentro del repertorio grecorromano, los ictiocentauros añadían torso humano, elementos equinos, cola marina y, en algunos casos, alas, una rareza que podía aparecer en mosaicos, pinturas y relieves ligados al mundo del mar. Aunque rara vez recibían el protagonismo reservado a dioses y héroes.
Villa Sora conservó una criatura marina bajo los restos del Vesubio
Eso ha sucedido en Villa Sora, una residencia romana de Torre del Greco sepultada por el Vesubio en el año 79 d. C. El Parque Arqueológico de Herculano presentó en junio de 2026 la recomposición de un ictiocentauro alado hallado entre fragmentos del techo del ambiente 22, una estancia de unos diez metros cuadrados.
La criatura, mitad hombre y mitad ser marino, pertenecía al repertorio grecorromano relacionado con divinidades acuáticas, aunque rara vez recibía una posición tan dominante dentro de una composición decorativa.
El techo situaba al ictiocentauro por encima de guirnaldas, grifos y otras figuras fantásticas, con una postura dinámica y fuertes efectos de claroscuro que daban volumen a su cuerpo. Los restauradores pudieron reconstruirlo a partir de numerosos fragmentos de yeso pintado que habían quedado bajo el derrumbe provocado por las coladas piroclásticas. Esa posición lo apartaba del papel accesorio que estas criaturas solían tener y lo convertía en la figura que gobernaba la mirada desde la parte superior de la estancia.
Su anatomía reunía rasgos humanos, marinos, ecuestres y alados dentro de un mismo cuerpo, una rareza incluso dentro de la imaginación grecorromana. Los ictiocentauros formaban parte del cortejo de las divinidades del agua y aparecían asociados al mundo del mar, pero esta versión añadía alas y una presencia pictórica mucho más ambiciosa.
La cercanía de Villa Sora al golfo de Nápoles ofrecía un contexto coherente para esa elección, ya que la residencia descendía hacia la costa mediante terrazas y mantenía el mar como fondo de su arquitectura.
Los fragmentos permitieron reconstruir la postura y el conjunto decorativo
El estado fragmentario de la pintura también explica el valor de la recomposición para estudiar al personaje y recuperar su apariencia original. El techo cayó antes que las paredes, de modo que sus restos quedaron enterrados bajo capas sucesivas del edificio y conservaron partes suficientes para reconstruir la postura, el sombreado y la relación con las figuras cercanas. Los arqueólogos continúan reuniendo las piezas y estudiando el programa pictórico completo, una tarea que permitirá precisar cómo se distribuía la composición alrededor del ictiocentauro.
Las pinturas fueron fechadas de manera preliminar hacia el año 50 d. C., lo que sitúa su ejecución unas tres décadas antes de la erupción. El trabajo pictórico mostraba una capacidad poco habitual para alterar repertorios conocidos y conceder protagonismo a una criatura secundaria.
Federica Colaiacomo, directora del Parque Arqueológico de Herculano, relacionó el hallazgo con la calidad artística de la residencia y con el rango de sus propietarios. La campaña permitió conocer mejor la arquitectura y la decoración de una de las villas de lujo del golfo de Nápoles: “Las investigaciones de esta campaña devuelven datos extraordinarios sobre la calidad arquitectónica y decorativa de la villa”.
La restauración confirmó el alto nivel artístico de la residencia
La criatura resume la audacia de un taller romano que escogió un ser poco habitual y le concedió el lugar dominante de una habitación destinada a impresionar. Su cuerpo alado, marino y humano quedó interrumpido por la erupción mientras la villa seguía en obras, pero los fragmentos recuperados han permitido devolverle la posición que tuvo hace casi 2.000 años.
Frente a otros monstruos mitológicos creados para encarnar peligros, este ictiocentauro cumplía otra función: transformar el techo en una exhibición de fantasía, riqueza y dominio técnico.