La localidad de Ciudad Real que llegó a contar con casi un centenar de chimeneas de más de 40 metros de altura
Tomelloso conserva todavía en su casco urbano una parte visible de los cambios que vivió con el crecimiento de la actividad vitivinícola. Entre viviendas, calles y plazas siguen sobresaliendo varias construcciones de ladrillo que pertenecieron a antiguas instalaciones industriales. Durante décadas formaron parte del día a día de las destilerías y acabaron creando una imagen muy ligada a la localidad y a la producción y transformación del vino. Su presencia ayuda a entender cómo una actividad económica terminó dejando también una marca reconocible en el propio desarrollo urbano.
El crecimiento del sector desde la segunda mitad del siglo XIX llevó a buscar nuevas formas de aprovechar una producción que no podía destinarse únicamente al consumo directo. Junto a las bodegas comenzaron a instalarse fábricas dedicadas a obtener alcohol mediante procesos de destilación, para los que eran necesarias instalaciones específicas y grandes calderas. A medida que esta actividad fue aumentando, también lo hizo el número de torres utilizadas para expulsar al exterior los gases producidos durante la combustión y mantener en funcionamiento el sistema.
En su momento de mayor expansión, llegaron a existir casi un centenar de estas estructuras repartidas por Tomelloso. Algunas superaban los 40 metros de altura y las mayores podían alcanzar los 45. Los avances técnicos terminaron haciendo innecesario este sistema y muchas desaparecieron, aunque actualmente todavía se conservan 19 grandes y 13 pequeñas. Ninguna mantiene ya su función original relacionada con la destilación, pero permiten localizar dónde estuvieron algunas de aquellas fábricas y conocer, a partir de su distribución, una parte de la evolución industrial de la ciudad.
Una industria que necesitaba ganar altura
La gran cantidad de chimeneas estaba directamente relacionada con el funcionamiento de las alcoholeras. Las calderas utilizaban leña o carbón para generar el calor necesario en los equipos de destilación, compuestos por columnas y diferentes conducciones metálicas. El humo producido durante la combustión tenía que salir de las instalaciones y estas torres servían como conductos de evacuación. Esa función determinaba tanto sus dimensiones como el lugar que ocupaban dentro de cada fábrica, ya que las instalaciones de mayor tamaño también necesitaban una mayor capacidad para expulsar los gases.
Las chimeneas más grandes, de más de 20 metros, se levantaban junto a los principales equipos de destilación y daban servicio a las calderas con mayor capacidad. Su altura facilitaba la aspiración y permitía llevar el humo a una cota más elevada, reduciendo así su presencia sobre calles, edificios y zonas cercanas. Algunas alcanzaban los 30, 40 e incluso 45 metros, unas dimensiones que respondían principalmente a las necesidades técnicas de cada instalación.
Las estructuras más pequeñas, por debajo de los 20 metros, estaban asociadas a aparatos más modestos utilizados para obtener holandas y aguardientes. En este tipo de procesos podía emplearse leña como combustible en lugar de carbón, lo que generaba un humo menos oscuro y denso. Esa diferencia hacía posible trabajar con conductos más bajos, adaptados a unas instalaciones que no tenían las mismas necesidades que las grandes destilerías.
Levantar las torres de mayor altura requería además la participación de profesionales especializados. No solo debían conseguir que resistieran las altas temperaturas y cumplieran correctamente su función, sino también garantizar la estabilidad de construcciones que podían alcanzar varias decenas de metros. El ladrillo fue el material más utilizado y cada chimenea podía presentar diferencias en su forma, proporciones o remates. Con los años, esas particularidades también han permitido distinguir algunas de ellas dentro del antiguo conjunto industrial de Tomelloso.
De las destilerías al patrimonio industrial
Entre los maestros que participaron en estas construcciones se encuentra José Goig Lorente. La primera que levantó en Tomelloso fue la chimenea de la destilería Casajuana, terminada en 1942 y con una altura de 35 metros. Nueve años después, Antonio Jareño construyó una segunda torre en el mismo complejo, formando un conjunto que continúa relacionado con aquella etapa industrial. Ambas permiten conocer también el trabajo de los especialistas que intervinieron en la expansión de estas instalaciones durante el siglo XX.
El crecimiento de la producción vitivinícola ayuda a explicar la importancia que alcanzaron las destilerías durante la primera mitad del siglo XX. Transformar el vino en alcohol permitía aprovechar una parte importante de la producción y obligó a crear numerosas instalaciones repartidas por el municipio. Junto a ellas aparecieron depósitos, conducciones, columnas y calderas, mientras que las chimeneas sobresalían por encima de los edificios y permitían reconocer desde distintos puntos dónde se encontraba cada fábrica.
Este modelo fue perdiendo importancia a medida que se incorporaron nuevos sistemas de producción. Los depósitos de acero inoxidable, el control de la temperatura y otras soluciones hicieron que las antiguas instalaciones vinculadas a las grandes calderas quedaran obsoletas. Muchas fábricas terminaron desapareciendo o cambiaron de uso y varias chimeneas fueron derribadas. Otras, en cambio, permanecieron en pie incluso después de que el resto del complejo industrial dejara de existir.
Las 32 que todavía se conservan permiten seguir una parte de esa historia desde diferentes puntos de la ciudad. Ya no tienen el uso para el que fueron construidas, pero continúan relacionadas con una época en la que Tomelloso desarrolló una importante actividad dedicada a producir alcohol a partir del vino. Su presencia por el casco urbano muestra hasta qué punto aquella industria estuvo integrada en el crecimiento de la localidad y dejó una huella que todavía hoy forma parte de su paisaje, décadas después de perder su función original.