El valle de Gipuzkoa donde dos ríos desaparecen bajo tierra y han creado uno de los paisajes kársticos más singulares de España
El barrio de Olatz, en el interior de Mutriku (Gipuzkoa), esconde uno de los enclaves geológicos más singulares del País Vasco. Rodeado por montañas de perfiles casi piramidales y ocupado hoy por prados y caseríos, el valle llama la atención por un rasgo poco habitual: no tiene una salida superficial hacia el mar, pese a encontrarse muy cerca de la costa cantábrica. La explicación se encuentra bajo tierra. El agua ha modelado durante millones de años las calizas del macizo de Arno hasta originar un poljé, una gran depresión cerrada característica de los terrenos kársticos, donde buena parte de la circulación hídrica discurre por el subsuelo. Su valor geomorfológico e hidrogeológico ha motivado su inclusión en el Inventario de Lugares de Interés Geológico del País Vasco y forma parte del Geoparque Mundial de la UNESCO de la Costa Vasca.
Un valle excavado gota a gota
Aunque hoy presenta el aspecto de una amplia llanura dedicada principalmente a la actividad ganadera, el origen del paisaje se remonta a hace unos cinco millones de años. Fue entonces cuando las calizas, que hasta ese momento habían permanecido bajo el mar, quedaron expuestas a la acción del agua de lluvia. Al combinarse con el dióxido de carbono presente en la atmósfera y en el suelo, esa agua adquirió una ligera acidez capaz de disolver lentamente la roca. El proceso avanzó de forma casi imperceptible, pero constante. Primero aparecieron pequeñas depresiones circulares —las dolinas— que, con el paso del tiempo, crecieron y terminaron uniéndose entre sí hasta formar la gran depresión que caracteriza hoy al valle.
La evolución de ese modelado también explica uno de los elementos más llamativos del paisaje. Mientras las zonas más vulnerables de la caliza fueron rebajándose progresivamente, quedaron en pie elevaciones aisladas con formas casi piramidales. El monte Basarte constituye el ejemplo más representativo y domina visualmente el poljé, ofreciendo una imagen que permite comprender cómo la disolución de la roca fue configurando un relieve muy diferente al de los valles excavados exclusivamente por la acción de los ríos. Precisamente ese contraste entre la amplia depresión central y las montañas que la rodean permite comprender con claridad cómo la disolución de la caliza fue modelando este tipo de relieve a lo largo de millones de años.
Un sistema de agua que desaparece bajo tierra
La singularidad del poljé de Olatz no reside únicamente en su forma. También lo hace en la manera en que circula el agua. A diferencia de un valle convencional, aquí los ríos Añu y Olatzgoikoa no abandonan la depresión por un cauce superficial. Ambos avanzan hasta el punto más bajo del valle y desaparecen de forma repentina en el sumidero de Kobalde, situado junto a la ermita de San Isidro. A partir de ahí, el agua continúa su recorrido por el interior del macizo kárstico de Arno a través de un entramado de conductos, cavidades y grietas excavados en la roca caliza, una característica que convierte a Olatz en un valle endorreico.
El sumidero de Kobalde constituye el principal punto de entrada de este sistema subterráneo. Recoge las aguas de una cuenca de alrededor de seis kilómetros cuadrados, equivalente a aproximadamente el 37% de la superficie del macizo de Arno, y da acceso a una cavidad de unos 575 metros de desarrollo, la mayor conocida en este macizo. El entorno alberga además otras dolinas con cuevas-sumidero activas, como Kobeta, que alcanza unos 100 metros de desnivel y dispone de un río subterráneo en su interior. Durante los episodios de lluvias intensas, ambas cavidades incrementan su actividad hidráulica y canalizan grandes volúmenes de agua hacia el subsuelo.
El funcionamiento de este sistema comenzó a conocerse con detalle gracias a un ensayo hidrogeológico realizado en 1975. Los investigadores inyectaron fluoresceína en Kobeta para seguir el recorrido del agua y comprobaron que el colorante reaparecía varios kilómetros después en tres surgencias situadas junto al río Deba: Itxurisarra, Leiarteko iturria y Xoxuhaitzko iturria. El experimento confirmó que buena parte del caudal circula rápidamente por conductos subterráneos sin incorporarse a las reservas permanentes del acuífero, mientras otra parte se infiltra lentamente a través de fisuras más pequeñas. Estudios posteriores han estimado velocidades próximas a los 170 metros por hora en algunos de estos flujos, una muestra de la rapidez con la que el relieve kárstico puede conducir el agua bajo tierra.
Un paisaje donde la geología también condiciona la vida
Más allá de su interés geológico, el relieve kárstico ha favorecido también la conservación de uno de los hábitats más singulares de la cornisa cantábrica: los encinares cantábricos. Aunque la encina suele asociarse a ambientes mediterráneos, en este sector de Gipuzkoa encuentra unas condiciones favorables gracias a las laderas calizas, donde los suelos son muy poco profundos y la disponibilidad de agua resulta reducida. El valor de estas formaciones forestales motivó la declaración en 2013 de la Zona Especial de Conservación (ZEC) de Arno, integrada en la Red Natura 2000, la principal red europea de espacios protegidos destinada a preservar los hábitats y las especies de mayor interés ecológico.
Las características del terreno también condicionan la fauna que habita el valle. El jabalí figura entre las especies mejor adaptadas a la espesura de los encinares, mientras que el alimoche puede observarse sobrevolando las laderas que rodean la depresión. La combinación de praderas, bosques, afloramientos calizos y cavidades subterráneas concentra una notable diversidad de ambientes en un espacio relativamente reducido y permite entender hasta qué punto la geología influye en la distribución de los ecosistemas. Precisamente esa relación entre roca, agua y biodiversidad constituye uno de los aspectos que la georruta del Geoparque pone en valor a lo largo de su recorrido.
Una georruta para interpretar el paisaje
El poljé es el eje de una de las rutas más representativas del Geoparque de la Costa Vasca. La georruta de Olatz, de 6,5 kilómetros, trazado circular y dificultad baja, comienza y termina en la ermita de San Isidro y recorre doce puntos interpretativos repartidos por el valle. A través de paneles informativos, el itinerario explica el origen de las dolinas, los sumideros y las montañas de perfil piramidal, al tiempo que incorpora otros elementos del patrimonio local, como antiguos hornos de cal, cuevas, estelas y referencias a la mitología vasca, mostrando cómo la geología ha condicionado históricamente la ocupación humana de este territorio.
Un paisaje que sigue transformándose
Recorrer hoy el valle de Olatz supone observar el resultado de un proceso geológico que todavía continúa. La depresión principal ocupa unas 35 hectáreas, mientras que el conjunto del fondo del poljé, incluyendo los valles de los ríos Añu y Olatzgoikoa, alcanza alrededor de 125 hectáreas. Sobre esa superficie se distribuyen numerosas dolinas de entre 25 y 75 metros de diámetro, cuya disposición, junto con la presencia de fallas que condicionaron la formación del valle, permite reconstruir la evolución del relieve. Los estudios realizados en este enclave muestran, además, que el descenso progresivo del nivel freático hizo que los ríos excavaran sus cauces varios metros por debajo de la superficie original del poljé, mientras la disolución de la caliza continúa ampliando lentamente grietas, cavidades y sumideros. Lejos de tratarse de un paisaje fósil, Olatz sigue evolucionando, aunque esos cambios resulten imperceptibles a escala humana.
La dimensión real de esa transformación solo se entiende cuando se observa desde la perspectiva del tiempo geológico. Los cálculos del Geoparque estiman que para formar la depresión central fue necesario disolver alrededor de 87,5 millones de metros cúbicos de roca caliza a lo largo de aproximadamente cinco millones de años. Traducido a una escala comprensible, la erosión media apenas alcanza unos 0,05 milímetros al año, una cifra prácticamente inapreciable que, mantenida de forma constante durante millones de años, ha sido suficiente para modelar un valle donde dos ríos desaparecen bajo tierra antes de reaparecer varios kilómetros más allá, junto al río Deba. Esa combinación de procesos geológicos todavía activos, un relieve excepcionalmente bien conservado y un elevado interés científico explica que el poljé de Olatz esté considerado uno de los ejemplos más claros y mejor conservados de relieve kárstico del País Vasco y uno de los enclaves geológicos más representativos del Geoparque Mundial de la UNESCO de la Costa Vasca.