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Afganistán tumbó a Prodi

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Dos votos fugados del ala izquierda de la coalición culminaron una crisis temida desde el principio. Romano Prodi ganó con escaso margen las elecciones gracias a la confluencia de fuerzas dispares (desde demócratas cristianos a Refundación Comunista) aunque eventualmente unidas para aplicar un programa muy general de reformas, para sacar a Silvio Berlusconi del poder y a Italia de Irak. Estos dos últimos objetivos se cumplieron. Si esta vez el golpe procede de la izquierda, en ocasiones anteriores llegó por la derecha. Valgan dos ejemplos. El rechazo en noviembre de 2006 a la ley para despenalizar el consumo de drogas, por culpa del voto que emitieron miembros católicos de la coalición. Y la campaña iniciada por el mismísimo Benedicto XVI contra otra reforma, el proyecto de regular las uniones de hecho, incluso las homosexuales. Prodi venía, pues, tocado del ala. Pero su gran error consistió en creer que bastaba el certificado legal de la ONU para convencer a sus paisanos de que la presencia italiana en Afganistán era de paz y de reconstrucción, justo cuando la insurgencia afgana (talibán y no talibán) prepara las armas para la ofensiva de primavera y el país se encuentra todavía hoy sin horizonte de reconstrucción alguno, a pesar de las donaciones internacionales que ascienden a miles de millones de dólares. La tendencia parece clara. Desde el punto de vista del desarrollo frustrado mandan los señores de la guerra, la miseria, el opio y el mismo desmadre integrista de la época talibán. Estancamiento evidente, tras años de ocupación de la OTAN, que empezó protegiendo al cipayo Karzai en Kabul y ahora hace la guerra sin disimulos en todas partes. Militarmente, el contingente internacional tuvo mil bajas en 2005 y más de 4.000 el año pasado. Este conjunto de factores (la reconstrucción por ahora imposible y la reactivación de la guerra) hizo que Washington fracasara en su intento reciente de convencer en Sevilla a los aliados de la Alianza Atlántica para el envío de 5.000 soldados más que añadir a los 36.000 destacados en Afganistán, 14.000 de los cuales pertenecen al ejército estadounidense. Sucede que nadie tiene la menor confianza en el futuro de esta operación global, en el fondo norteamericana, iniciada en Afganistán y continuada en Irak. Los italianos no quieren que sus soldados participen en los combates ni que los gringos construyan otra base militar. Como dice un manifiesto de intelectuales, entre quienes se encuentra el Nobel de literatura Darío Fo, “hay quien piensa que de la base de Vicenza han de partir fuerzas de acción para todos tipo de guerra en Oriente Medio para exportar ‘un cementerio de paz y democracia’ a cambio de petróleo y masacres cotidianas; sin embargo, nosotros pensamos que de la guerra es mejor empezar a salir”. También de Afganistán. Pronto. Salvo que alguien esté pensando en convertir aquel país en otro infierno incontrolable, un miserable protectorado de Occidente por los siglos de los siglos. Y si la ONU sigue ciega, sin colocar fecha final a este despropósito, lo mejor que puede hacer cada país, España incluida, es retirarse ya de un plan neocolonial ajeno.

Rafael Morales

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