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Frustración deportiva

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El panorama es desolador, francamente. La crisis se llevó por delante a clubes. Antes, unos cuantos dirigentes tuvieron que decir adiós. A algunos les costó la vida, por cierto. El deporte tinerfeño, ahora mismo está sumido en uno de sus momentos más atribulados. Lo peor es que el porvenir se escribe con las letras de incertidumbre y con las pesimistas que ustedes quieran añadir: el Gobierno ha anunciado restricciones en las ayudas para los desplazamientos, por lo que las opciones de ser competitivos, en cualquier disciplina y en el plano colectivo, se reducen al máximo. Los deportistas individuales también tendrán que redoblar sus esfuerzos para mantenerse y codearse con los grandes.

Todos tendrán que nutrirse de la cantera, como primera medida de adaptación a la realidad, pero sus progresos y el espíritu de superación que debe distinguirles será difícil contrastarlos en ámbitos insulares o exclusivamente autonómicos. Se trata de un trabajo arduo, duradero, que requiere paciencia? hasta que cuaje una generación o un bloque que favorezca un salto cualitativo.

Queda el consuelo de las aficiones, de su constancia, de su fidelidad. La respuesta del mediodía de ayer en el Heliodoro, mientras unos descerebrados arrojaban botellas y objetos, otros coreaban el nombre del equipo o de algún jugador y hasta le sacaban a hombros, es significativa a del ansia que se tiene para codearse, hasta en los gestos y en las formas, con el ambiente de las categorías más altas. Habrá que esperar.

Lo cierto es que la frustración deportiva se suma a la social. Más descontento, más malestar. Ese desahogo y ese escapismo que es el fútbol, principalmente, se complican cuando los fracasos culminan los proyectos y echan por tierra los trabajos de los despachos. Dicen que de los fiascos hay que aprender pero las supuestas enseñanzas hacen todavía más dura la realidad.

La frustración deportiva vive en las canchas y en las sedes sociales de las entidades tinerfeñas. Y se contagia a decenas, a miles de seguidores que han vivido un año horroroso que ni el más optimista de los decepcionados es capaz de mitigar pensando en el futuro inmediato.

Vendrán tiempos mejores. Bueno, cabe esperar.

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