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Pepín

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No es el caso de Pepín. Fue uno de los héroes de mi infancia; el de toda una generación "futbolizada" que alivió el tedioso recitado de la lista de los reyes godos con la más grata memorización de las alineaciones de la UD.

Recuerdo muy bien a Pepín. A pesar de no tener la estatura que muchos creen necesaria para jugar al fútbol de portero, cubría toda la portería con una agilidad asombrosa. Todavía recuerdo el golpe seco de sus blocajes a balones lanzados con fuerza y las peores intenciones. Al cabo de los años, permanece la imagen de palomitas increíbles, adornadas hoy, eso sí, con las ensoñaciones de la infancia. Como aquella en que, en pleno vuelo, un defensa desvió la pelota al lado contrario y giró Pepín en el aire para atraparla. Es posible que no ocurriera nunca, pero estoy seguro de que, de verse en semejante trance, hubiera sido capaz de hacerlo y con eso basta. Faltaría más.

A la misma categoría de ensoñaciones pertenece el golpazo que se dio en el costado contra el larguero en una formidable estiradas de un lado a otro de la portería, a agarrar la pelota en la mismísima escuadra. Seguramente tampoco ocurrió, pero, qué quieren, por alguna razón esa imagen permanece en mi memoria. Le metían goles, claro, pero sigo convencido de que era imposible burlarlo; a pesar de la contundencia de no pocos marcadores.

He visto a Pepín por Las Canteras y en el Club Victoria. No con la frecuencia de Rafael González Morera, que sale poco de aquellos alrededores. Verle me removía los recuerdos del viejo Estadio Insular envueltos en olor a cigarros puros. Soy de los que lamentan que el fútbol se fuera de allí, que la UD dejara de ser referente de buena parte de la vida cotidiana de Las Palmas de Gran Canaria, desde Alcaravaneras a Las Canteras. El fútbol hacía entonces ciudad. No sé lo que pensaba Pepín de semejante amputación con expectativas de especulación que felizmente no cuajaron. Aunque lo imagino, porque debe ser dura la desaparición de lo que fuera el escenario de los triunfos de su juventud; que ahí seguirán mientras haya quienes los recuerden. En la forma obligada de los cuentos del abuelo, por supuesto.

Por esas cosas que pasan, me entero ahora de que Victoria Casas, concejal de Santa Brígida, es hija de Pepín. Debe ser genético esto de parar goles.

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