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Una ciudad por y para las personas por Carlos Guitián Ayneto

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Sirva esta introducción de excusa para llevar a cabo una reflexión sobre lo que puede ser otra manera de vivir la ciudad, desde un punto de vista diferente al mayoritario, basada en el hecho de que todos tenemos una parte de responsabilidad en la mejora del tráfico y en la construcción de una ciudad más saludable y confortable en la cual las personas y no los vehículos sean los protagonistas principales. La expansión urbana a lo largo del siglo XX se ha caracterizado por haber aumentado las distancias físicas entre los principales usos del suelo: vivienda, trabajo, comercio o servicios públicos, favoreciendo de esta manera unas estructuras urbanas dedicadas a un solo uso y aumentando la fragmentación del territorio y la dependencia del vehículo particular. Se trata del modelo de ciudad en la que el Centro Comercial se convierte en el núcleo alrededor del cual gira la vida social de una comunidad. Suele estar situado en lugares alejados de las viviendas, con grandes superficies de aparcamientos y todos los servicios que la sociedad demanda, siendo casi obligado el desplazamiento en el propio coche. Esta realidad está cambiando en las ciudades modernas, que buscan una movilidad orientada más por unos criterios de proximidad en los que se persigue la sostenibilidad: es decir, se apuesta por potenciar un mejor transporte público, al tiempo que se fomenta el desplazamiento a pie o en bicicleta, según la distancia. Todos estos medios tienen en común características tan importantes como una menor ocupación del espacio público, una menor contaminación atmosférica y acústica y un estilo de vida más saludable. Parece un contrasentido que aumente el parque móvil particular cuando lo más razonable sería optar por el colectivo. Para eso el modelo urbano debe planificarse con unos criterios en los que se prime la cercanía a la hora de colocar los servicios. Las Palmas de Gran Canaria, en los últimos años ha ido configurándose como una ciudad en la que el primero de esos modelos ha sido el determinante. Han proliferado los Centros Comerciales al tiempo que se iban suprimiendo las características que podemos llamar más tradicionales en la construcción de su identidad urbana. La separación de la Ciudad Alta y la Baja, del Puerto y Las Palmas se ha ido incrementando y no parece que quien haya salido ganando haya sido la ciudadanía, y menos los niños, los mayores y los que tienen alguna discapacidad. Cada vez hay más coches en la calle, más humo, suciedad y ruidos. Cada vez hay menos respeto a los demás, sobre todo a los peatones que, con frecuencia, ven ocupadas sus vías naturales de desplazamiento, las aceras. El trasporte público ha ido perdiendo calidad y ya se percibe como normal la espera interminable en la parada de guaguas. Por no hablar de la práctica imposibilidad de acceder a determinados lugares de la ciudad en un servicio público rápido y barato al mismo tiempo. Por eso, al menos desde el punto de vista del transporte y la movilidad, en primer lugar, habría que reclamar un urbanismo que defienda la concepción de la calle como espacio de convivencia más que de confrontación, fomentando un reparto equitativo del espacio de tal manera que no se favorezca un tipo de transporte sobre el resto, sobre todo si consideramos que, al tratarse de una elección individual, ésta no puede anteponerse a las opciones que ofrecen soluciones colectivas. Si se aproximan los servicios a la ciudadanía, se evitan desplazamientos largos y costosos. En esta línea, habría que retirar al vehículo particular el papel principal que tiene en el paisaje urbano, reduciendo su presencia y, por tanto, las emisiones contaminantes, que suponen además un gasto energético poco compatible con los objetivos de defensa del medio ambiente. Esto facilitaría la puesta en marcha de una red de transportes públicos colectivos, amplia y en buenas condiciones, que pudiese gozar de privilegios como, por ejemplo, la prioridad semafórica para guaguas y taxis en las intersecciones, de forma que los semáforos se vayan abriendo a su paso para minimizar el tiempo de viaje en esos medios. Para quien opte por desplazarse a pie, podría incrementarse la anchura de las aceras; el derribo de las numerosísimas barreras físicas en nuestra ciudad; la moderación de la velocidad; la ejecución de actuaciones singulares para el peatón en todos los distritos o la mejora del tránsito de interconexión peatonal, con la construcción de pasarelas y de accesos peatonales. Estas actuaciones redundarían en la fortaleza del nuevo modelo con la consiguiente mejora ambiental y paisajística. Y sobre todo, se actuaría a favor de una concepción de la ciudad por y para las personas. (*)Profesor de Educación Ambiental de la ULPGC

Carlos Guitián Ayneto *

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