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La historia unificada

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La idea resulta tan paradójica en un continente compuesto por países constantemente enfrentados y desangrado por guerras y conflictos económicos y territoriales seculares, que hasta la noticia se me aparece en un contexto incongruente. En la página de un diario que lleva el encabezamiento de “El futuro de Europa” cuando de lo que se trata es de un asunto relativo al pasado común. La Unión Europea es hoy un conglomerado de intereses y un tótum revolútum de culturas, lenguas, tradiciones y hasta tópicos xenófobos difíciles de erradicar amalgamado por unas reglas del juego que se han dado sus propios integrantes y manejadas por una hipertrofiada burocracia que se encarga de complicar hasta extremos a veces inquietantes y casi siempre molestos, su funcionamiento práctico. Seremos teóricamente todos los europeos conciudadanos, pero cuando viajamos entre los países miembros de la UE seguimos yendo al extranjero, por mucho que ahora no tengamos que exhibir un pasaporte o cambiar de dineros antes de desplazarnos. Pasamos, en demasiados ocasiones, a territorios tradicionalmente enemigos transformados, eso sí, actualmente, en socios fiables. La historia más extendidamente aceptada la escriben los vencedores –y los estados europeos siempre batallaron entre sí-, pero los vencidos también manejan su propia historia de andar por casa que difiere sustancialmente de la redactada por el vecino. Resultará difícil, por ejemplo, explicar a un escolar parisino y a otro madrileño, la misma guerra de la Independencia española. Sencillamente, porque las perspectivas son distintas. Las rencillas y las suspicacias del pretérito entre ciudadanos de distintas naciones continúan ahí, aunque ahora vivamos un proyecto comunitario. Pero, nos quedan los campos de combate de los estadios futbolísticos donde ahora se dirimen las diferencias internacionales y se defienden y salvaguardan los orgullos patrios. No veo, en fin, muy factible la cosa, por muy interesante que parezca la sugerencia. Para acabar de contemplarla, además, desde una mirada pesimista, basta con reflexionar acerca de lo que sucede con los textos y clases de historia que se estudian y que se imparten en nuestras autonomías. La historia que se explica en las aulas vascas no es la misma que aquella a la que acceden los alumnos andaluces. Y lo mismo puede decirse de las respectivas historias que se enseñan a los escolares catalanes, gallegos o canarios. Si ni siquiera nos ponemos de acuerdo en la historia común de un país, ¿cómo vamos a ser capaces de hacerlo en la que se refiere a todo un continente perennemente convulso, plagado de leyendas bélicas y nutrido por la memoria de personajes que pasan de ser héroes a villanos en cuanto se cruza una de sus antiguas fronteras?... Complicada está la cosa, con toda sinceridad, señora Merkel.

José H. Chela

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