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Para que otro mundo sea posible

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Estamos profundamente equivocados si creemos que el mundo en el que vivimos es y será posible indefinidamente. El saqueo de los recursos naturales al que estamos sometiendo al planeta, la indiferencia suicida con la que contemplamos los efectos letales de nuestra acción contaminadora sobre la atmósfera y el clima de la Tierra, la resignación con la que aceptamos el aumento de las desigualdades sociales en el mundo, con su secuela inevitable de empobrecimiento y sufrimiento para la mayoría, y de enriquecimiento banal e innecesario para la minoría no son, precisamente, las mejores credenciales para afrontar el futuro de otro mundo posible, habitable y más justo para todos.

Si no miramos de frente esta realidad, la imposibilidad ecológica y social del mundo en el que vivimos, si no reconocemos el error de posponer sine die el encaramiento de la solución de estos problemas, atendiendo a sus raíces primigenias, ese otro mundo cada día más necesario que precisamos será más difícil de construir.

Se impone una revolución de la conciencia, la comprensión de que tenemos un tiempo limitado para dar una alternativa decente a unos problemas resolubles que, de no solucionarse, convertirán en un infierno, incomparablemente peor que el actual, la vida de la gran mayoría de las generaciones futuras.

Y para eso lo mejor es descartar, por imposible y nocivo, el actual modelo de producción y de vida que domina el mundo. Un modelo para el que solo cuenta el enriquecimiento de unos pocos y que minimiza y niega los costes ecológicos y sociales que todos debemos pagar por ello.

Poner fin a este modelo depredador e injusto es más que una obligación una necesidad perentoria para la humanidad actual y, sobre todo, para las jóvenes generaciones que inauguraron el siglo XXI.

Se trata de reconocer que se puede y se debe pensar y vivir de otra forma. Que otro mundo mejor es posible y se puede construir, partiendo de la base de que ni sus recursos son ilimitados, ni se puede consentir que para que unos pocos puedan satisfacer sus caprichos más extravagantes, la inmensa mayoría no pueda o sufra lo indecible para dar satisfacción a sus necesidades más elementales.

Si no llegamos pronto al convencimiento, y a la acción consecuente con ese convencimiento, de que este mundo además de equivocado es cada día que pasa más imposible de sostener, pagaremos un precio de sufrimiento innecesario que no ya la historia sino nuestro propios descendientes tendrán derecho a demandarnos.

Estamos en un callejón sin salida, cuanto antes lo abandonemos antes podremos hallar el camino de un futuro mejor para toda la humanidad.

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