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EL TIEMPO PASA PERO LAS HISTORIAS SON LAS MISMAS

Cumplir años, aparte de dolores de espalda, no te aporta mucho, salvo experiencia. De ahí que en nuestro país se diga que la veteranía es un grado, aunque yo añado que dicha veteranía, sin memoria, no sirve absolutamente para nada.

Y digo esto porque a pesar de llevar casi tres décadas trabajando, estaría encantando de no tener que escribir esta columna.

Alguno podrá decir, siendo columnista de opinión, que me encanta decirles a los demás lo que deben o no hacer. No negaré que algunas veces he tenido que ponerme en plan inflexible con determinadas actitudes, pero mi principal motivación a la hora de escribir un artículo no es sacarle los colores a nadie, sino tratar de analizar un determinado tema desde todas las perspectivas posibles.

Como suele ocurrir, de la teoría a la práctica va un largo camino y al final me toca ponerme serio, y contar aquello que creo que debe ser contado, aunque ello me acarree más de una recriminación por parte de quienes se vean agraviados por mi forma de pensar.

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Sea como fuera les voy a contar la historia de un sinsentido, desde la portada hasta la última página, en donde uno tiene la sensación de que todos los protagonistas de este vaudeville se pusieron de acuerdo para hacer las cosas como las normas dictan que NO se deben hacer.

Para empezar, una artista gráfica aceptó unas condiciones que eran lesivas para sus propios intereses. Para continuar, unas guionistas e investigadoras mostraron la cara más desagradable e inflexible de la creación artística, olvidando sus propias carencias. Y para terminar, un grupo de profesionales de los medios de comunicación de masas se dejaron en el tintero aquellas preguntas que te enseñan en la primera clase de Redacción Periodística, y se dejaron embaucar, como parvularios ante un bote lleno de caramelos.

Empecemos por el principio. Desde hace dos años, se le viene dando difusión a una novela gráfica escrita e ideada por una arqueóloga de la isla de La Palma, María Milagros Álvarez Sosa, y su compañera, la también arqueóloga italiana Irene Morfini. Ambas decidieron crear una colección de novelas gráficas, basadas en sus propias experiencias e investigaciones, como medio para financiar una excavación arqueológica en Egipto, y acercar el mundo de la Egiptología al común de los mortales. Hasta ahí, nada que objetar, porque iniciativas como ésta merecen todo el reconocimiento posible.

Debo admitir que, cuando leí por primera vez, la noticia de la publicación del primer número de dicha colección; es decir, La Reina del Valle del Desierto, publicada en el año 2012, pensé que dicha novela gráfica era una obra realizada en su totalidad por ambas investigadores.

Cuál no sería mi sorpresa cuando constaté que la parte gráfica de la novela –sí, es una novela gráfica, por lo que está sustentada sobre dos pilares, uno gráfico y otro literario- era obra de la dibujante e ilustradora Judith Gómez Martín, natural de la isla de Tenerife. Y digo sorpresa, porque ya de entrada el nombre de Judith no aparece ni en la portada, ni la primera página de dicha obra.

Como dije anteriormente, hay reglas que se deben respetar. Ofrecerle a un dibujante y/o ilustrador un acuerdo que empiece privándole de la oportunidad de que su nombre figure en la portada de la obra final es algo que va en contra de los intereses de dicho profesional. Es más, en este caso es aún peor, dado que la obra está disponible en cuatro idiomas, por lo que son cuatro mercados en los que, con este acuerdo, la dibujante no ha podido figurar como las reglas así lo marcan.

El siguiente error de bulto de la mencionada dibujante es aceptar un acuerdo que le llevó a dibujar, entintar y colorear setenta y nueve páginas en tan solo nueve meses. Para que se hagan una idea de cuál es la realidad del mercado editorial: un dibujante con experiencia –que no es el caso de Judith-, partiendo de un guión pensado para una novela gráfica y encargándose solamente del dibujo a lápiz tiene entre dieciséis y veinticuatro meses para hacer cuarenta y ocho páginas, máximo cincuenta y seis. Judith Gómez Martín tuvo que hacer el trabajo de tres personas y, además, trabajar partiendo de un guión tremendamente exhaustivo que puede ser válido para un libro de ilustraciones, pero no para un cómic, dado que las dos arqueólogas dejan claro, una vez leída la obra, que desconocen por completo las herramientas que rigen el lenguaje secuencial y la maquetación de página.

El tercer y último error de la dibujante fue el no cerrar por escrito la devolución de sus originales, por lo que, a día de hoy, los originales de Judith Gómez Martín permanecen en Italia, país donde se hizo la impresión de la obra. Esto puede parecer una cuestión baladí, pero en los últimos cincuenta años los tribunales de todo el mundo se han llenado de denuncias de dibujantes reclamando sus originales de las garras de distintas, y famosas, editoriales.

Además, debo decir que hay otro elemento que hace que la dibujante quiera tener el fruto de su trabajo por el cual se le pagó, pero eso no significa que el trato colme las necesidades y los legítimos derechos de autor de un dibujante gráfico, derechos que también tienen las guionistas, por la parte literaria de la obra. Y es que, si hay algo, que es mejorable en esta obra es la pésima rotulación, que abusando de espacios en blanco inútiles, no deja ver la parte gráfica de la obra. Sinceramente, no entiendo cómo se pudo dar por bueno un bocadillo de texto de tres centímetros, y no es el único caso, en donde dos centímetros están en blanco.

Dicho esto, ya he comentado que las guionistas demostraron una inflexibilidad que, según ellas, buscaba que la obra fuera un fiel reflejo de la vida, las costumbres y el ambiente del periodo histórico al que se hace referencia la obra. No obstante, cuando no se conocen los trucos de un determinado lenguaje es bueno, y saludable, tratar de llegar a un entente para que el trabajo final luzca de la mejor manera posible.

Yo solamente he podido ponerme en contacto con Judith Gómez Martín, la dibujante, dado que las guionistas, por medio de la representante de la editorial Ad Aegymptum, estimaron que había terminado el periodo de promoción de esta obra.

Admito que la respuesta no me sorprendió, aunque sí me privó de poder conocer su opinión sobre muchas de las cuestiones de las que estoy hablando, cuestiones que, por otra parte, no dejan de sorprenderme, dado que, en el mundo académico, la autoría es fundamental y necesaria, si se quieren sumar los puntos necesarios para llegar a tener un nombre dentro de un campo determinado. Con todos mis respetos, no entiendo de qué modo les perjudicaba el poner el nombre de la dibujante Judith Gómez Martín en la portada, dado que ninguna de las dos investigadores es, además, dibujante, ilustradora o diseñadora. Por lo menos no está especificado en ninguno de los artículos que he leído como fuente de documentación.

Es cierto que, en los títulos de crédito que se encuentran en la tercera página, ambas investigadoras aparecen como ilustradoras, pero da la casualidad de que, en la novela gráfica, aparte de los dibujos de Judith Gómez Martín, solamente se incluyen cuatro fotografías realizadas por las investigadoras. Es simplemente cuestión de hacer uso del diccionario para darse cuenta que una fotografía no es lo mismo que una ilustración.

Llegados a este punto, hacen acto de presencia los medios de comunicación, primeramente los insulares y más tarde los nacionales, y empieza la difusión de la obra omitiendo por completo el nombre de la dibujante. Solamente en uno de los artículos que está volcado en la web de la editorial una de las investigadoras llega a afirmar que le dieron el guión original a una dibujante para que hiciera la parte gráfica, pero de nombrarla, nada de nada.

Por decirlo claramente, ambas investigadoras de una forma más o menos consciente se dedicaron una y otra vez a hablar de las bondades y virtudes de su obra, pero en ningún momento hicieron mención a la persona que ayudó a que su idea se transformara en una realidad. Sus razones tendrían, aunque como autor, escritor de libros teóricos y defensor de los derechos de autor no pueda estar más en desacuerdo.

Lo que no entiendo es como ninguno de los “supuestos periodistas” que fueron a entrevistar a las dos investigadoras no fueron capaces de preguntar quién había dibujado. Una pregunta sencilla y, hasta casi diría que obvia, dado que se estaba hablando de una novela gráfica. Si ahora me cuentan que se dejaron embaucar por el encanto de las guionistas esbozaré una sonrisa, pero eso no me quitará el monumental enfado que tengo desde que me enteré de todo este embolado.

¿Es que no vieron que había dibujitos, señores? Me parece algo tan obvio, aunque debo reconocer que he asistido a salones de cómic donde ni los enviados por parte de prensa y algún que otro intérprete tenían la más mínima idea de lo que era un cómic. El problema viene cuando lo que se quiere a toda costa es promocionar el trabajo de una persona, sin caer en la cuenta de que en ese trabajo hay más de un protagonista.

Y no me vengan con que, por que una guionista es canaria, se deba recordar la inmortal frase de César Manrique “En el Archipiélago se cae muy fácilmente en el patriotismo histérico.” La historia tiene más delito, si cabe, porque la dibujante también es canaria. Si lo que se quiere promocionar es la valía de la gente de Canarias, ¿no mola más promocionar a dos personas, en vez de a una sola? ¿Y si lo que se quiere es vender el esfuerzo de un profesional español, no sería mejor el de dos? Esto último viene a colación, porque los dos últimos artículos que se han publicado, el pasado mes en medios nacionales, obvian igualmente que se estaba promocionando una novela gráfica, aunque sí hicieron buen uso de los dibujos de Judith Gómez Martín para ilustrar sus artículos…

La conclusión que yo saco de todo esto es que se sigue cayendo en una deliberada omisión de quienes son una pieza fundamental para que un determinado proyecto vea la luz. Judith Gómez Martín era una neófita dentro del mundo gráfico, pero sí que conocía cómo se debe narrar una historia visualmente. Si las guionistas querían que su idea fuera lo más fidedigna, rigurosa, pero no por ello menos amena, deberían haber tenido en cuenta el terreno en el que se estaban moviendo. Ellas podrán argumentar que la dibujante no respondió a sus expectativas, pero lo cierto es que Judith Gómez Martín hizo sola el trabajo de tres personas, en la mitad de tiempo que lo hace un dibujante profesional, y sin ella –o sin cualquier otro dibujante- nunca hubieran podido promocionar esta novela gráfica.

Para el año que viene, según fuentes de la propia editorial, está previsto la llegada al mercado del segundo número, contando con un nuevo dibujante. Ignoro cuáles habrán sido las condiciones, pero por lo pronto quien haya asumido la parte gráfica de ese segundo número habrá tenido dos años para poder hacerlo, algo que Judith Gómez Martín no tuvo.

No me interpreten mal, la obra merece ser tenida en consideración por el trabajo que tiene, tanto a nivel conceptual como a nivel gráfico y por ello les invito a que hagan lo que hice yo; es decir, solicitar una copia directamente en la web de la editorial. Lo que sí les pediría es que, una vez que empiecen a leerla, sean conscientes de que La Reina del Valle del Desierto es el trabajo de cinco personas, teniendo también en cuenta al diseñador gráfico de la portada –Vincent Oeters- y a la colorista que tuvo que echar una mano a Judith Gómez Martín para poder terminar a tiempo,  Bárbara Vizcaíno Hernández. Si reparan en esto, por lo menos se paliará un poco el enorme sinsentido al que se le ha dado carta de naturaleza durante estos dos últimos años, por unos y por otros.

 

La ilustración que aparece en este artículo ha sido proporcionada por Judith Gómez Martín, quien atendió a mi solicitud de facilitarme una muestra de su trabajo para poder mostrarla como ejemplo de todo lo dicho anteriormente.

© Judith Gómez Martín, 2014

    

  

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