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Unos berberechos Frinsa y unos mejillones Herpac

Constantine colocó en la nevera de Las Cosas Buenas de Miguel la caja de cerveza alemana que traía entre sus manos, regalo de su amigo Cipriano, que se la había dejado en El Quitapenas.

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Constantine colocó en la nevera de Las Cosas Buenas de Miguel la caja de cerveza alemana que traía entre sus manos, regalo de su amigo Cipriano, que se la había dejado en El Quitapenas, como venía siendo costumbre, todas las mañanas posteriores a las lunas llenas,  tras  dejarlo el submarino alemán de su amigo Otto, en la Punta del Muelle, al regreso de Hamburgo. 

Constantine y Gunther, la noche anterior, habían errado el camino de vuelta a casa, y emergieron en Casa Katia. No yerra, en toda una  noche, un submarino alemán desde la Punta del Muelle a Hamburgo y retornar, pero sin embargo erró el Mercedes Benz descapotable de Gunther, en un trayecto infinitamente más corto. 

Constantine dedicó parte de la noche, en Casa Katia, a poner en conocimiento del austriaco sus pesquisas acerca del venidero Crimen. Gunther confirmó  que aquel militar retirado y eunuco, con bigotito de carrera de hormigas, franquista, se la tenía guardada por motivos freudianos. Ellos dos iban juntos al Mayantigo a ligar con extranjeras, y se les daba bien, pero cuando tomaban el ascensor para ir con ellas a la habitación, el exmilitar desaparecía entre medio de la puerta del ascensor y la de la habitación de la guiri, o  entraba en el aposento, para luego, como por magia, desaparecer. Gunther no le preguntó nunca por aquel comportamiento que evidenciaba la carencia de aquel hombre, al que una bala republicana le hizo diana en sus testículos durante la Batalla del Ebro, dejándolo inservible para rematar la faena, sus ligues, en Territorio Mayantigo; aunque sí valioso para ser un bravo galán conquistador, pero solo hasta el interludio. 

Manolo y Miguel, que se habían encontrado en el Kiosco de Garrafón, cuando Miguel les estaba entregando el pedido, fueron juntos a Las Cosas Buenas, y coincidieron en la puerta, al entrar, con Constantine y Gunther. Manolo venía cargado de marquesotes, pan de manteca y puros, que había estado elaborando durante toda la madrugada. Era la primera vez que Manolo ponía sus pies en Las Cosas Buenas de Miguel. Comentó que el sitio era ideal para preparar unos churros de pescado y un cocido con bolas de carne, como él se los preparaba a Salvador Dalí, cuando eran buenos amigos. 

Ninnette, Lissette y El Chivato Tántrico, una vez escucharon que Constantine había puesto a Gunther en conocimiento de su implicación en El Crimen, le pidieron disculpas a Gunther por la pantomima que habían hecho en El Quitapenas; aunque sí le dijeron cosas reales de su pasado, familia y niñez, como luego reconoció Gunther, que les dijo también que estaba seguro de que habían acallado aún más cosas. Los auspiciadores del futuro y el pasado, sonrieron, y le dijeron a Gunther que otro día les seguirían adivinado. 

Manolo le preguntó a Gunther que si estaba preparado para pasar una noche en el talego, que si no, a él, a Manolo, no le importaba, por un buen amigo, ir a pasar esa noche en la cárcel. Gunther le respondió que si Manolo había aguantado, la noche anterior, que le rompiesen sesenta y nueve sillas en su espalda, con la misma parsimonia que un camello bebe un balde de agua más, o un balde de agua menos; y que si Fellini aguantó el ataque por la espalda de tres gatos de El Chupasangre, y el de Sobaco Ilustrado, con el mismo estoicismo que un tigre lleva en su cuerpo una raya más, o una raya menos; que cómo no iba él a aguantar una noche de calabozo, teniendo tan grandes maestros como los camellos y los tigres. Todos rieron a carcajadas, y Fellini sonreía, no podía gesticular, con su dolorosa cara tan rayada como la de un tigre, pues el humor y la elegancia con la que Gunther se estaba tomando el asunto, no era para mucho menos. 

Ninnette y Lissette aprovecharon las risas para descorchar más Cava Integral de Llopart, y al mismo tiempo, abrieron unas latas de berberechos Frinsa, de Ribeira, A Coruña,  lo mejor del Cantábrico; y otras de mejillones Herpac, de Barbate, Cádiz, lo mejor del Atlántico. Mientras servían, sonreían y decían que había que picar algo ligerito, porque si no, no se iban a comer toda la comida en El Kiosco de Garrafón. Todos rieron excepto Constantine, que se subía por las paredes al no poder fumar sus Águila Blanca en Las Cosas Buenas de Miguel , y que replicó amargamente: “¡Claro, como a ustedes tres, de sus vidas como  cabras y chivato, les quedaron los dos  estómagos, no tienen ese problema de llenarse,  porque les cabe todo lo que quieran comer y más!”. Ninnette, Lissette y El Chivato Tántrico, se rieron aún más, y le dijeron a Constantine que les cantase algunas  canciones  de Antonio Molina, como cuando subía al escenario del Teatro Pololo, para que se le fuese ese mal humorcito nicotínico. Y cosa que nadie esperaba, Constantine volvió a cantar como el Molina. 

Llegaron a pensar que Constantine los iba a dejar sin comer, porque a una canción le seguía otra, y otra, hasta que a Manolo se le ocurrió vociferar, a ver si Constantine dejaba de cantar y se podían ir a comer, que El Inductor y El Asesino, acababan de llegar al Kiosco de Garrafón, que estaban en la barra tomando Integral de Llopart, y que pronto iban a sentarse a comer. Aquel comentario de Manolo hizo diana en Constantine, que dejó de cantar a su pesar. Constantine hizo apología de que seguía llevando a Antonio Molina dentro de sí, y que no descartaba compatibilizar las dos tareas, la de excelso detective, y la de cantor. Se fue a fumar un Águila Blanca a la acera de la calle, y después de un pitillo, que dejó en la pava, de tres caladas, desde la puerta aulló, para que hicieran piña con él, que en El Kiosco de Garrafón, requerían urgentemente al sobrenatural Eddie Constantine.

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